Los últimos meses me he visto forzado a abandonar temporalmente mi papel de enseñante, y estoy aprovechando para volver al papel de alumno todo lo que las circunstancias me permiten. Esto me ha hecho reflexionar sobre los atributos que considero importantes en un profesor de meditación, y aquí voy a comentar tres de ellos. En realidad, al igual que la anterior entrada, creo que se pueden aplicar a profesores de cualquier disciplina.

Experiencia propia

Es muy útil que la persona que nos enseña haya llegado al lugar dónde queremos llegar nosotros, o al menos lo suficientemente cerca. Lo voy a plantear de dos maneras.

La primera, a riesgo de que suene a materialismo espiritual, en cuanto a alcanzar un objetivo concreto. ¿Quiero experimentar Nibbana? ¿Profundizar en mi práctica de vipassana? ¿Calmar y concentrar mi mente, entrar en jhana? Sobre todas estas cosas y cómo acercarnos a ellas podemos leer en libros y escuchar a gente que haya estudiado mucho el tema, pero creo que nada se puede comparar a la guía que es capaz de ofrecer una persona que lo haya experimentado de primera mano.

Para conocer el camino que tienes delante, pregunta a aquellos que vienen de vuelta.

Por otro lado, puede que no tengamos unos objetivos tan definidos; simplemente queremos tener más paciencia, mayor tranquilidad, ser más generosos… Pasar tiempo con personas que encarnan esas cualidades es una muy buena manera de desarrollarlas en nosotros mismos, porque hay cosas que no se aprenden a base de estudio.

Esto último me recuerda a un cuento jasídico que habla sobre el alumno de un rabino que con el paso del tiempo se convierte él mismo en rabino y maestro. Se va a vivir a la gran ciudad, alcanzando gran fama y renombre. Aún así, periodícamente hace un largo y arduo viaje para visitar a su antiguo maestro. Alguien le pregunta, «¿Por qué sigues yendo a visitar al viejo maestro cuando ahora tú eres un maestro mucho más relevante y afamado que él? ¿Para ver si ha cambiado su comprensión de la Torah o la manera de enseñarla?» Y él contesta: «Para ver como se ata los zapatos.»

Es capaz de escucharnos y vernos en nuestra totalidad

En mi experiencia, cuando he consultado a alguien sobre algún problema que me ha surgido en meditación, he visto dos patrones repetidos cuando me han dado una respuesta útil o no.

A no ser que la pregunta y lo que la envolvía estuvieran muy definidos, siempre que alguien me ha dado una contestación útil me he sentido escuchado y reconocido. ¿Cómo se ha expresado esto? La manera más simple es que me hicieron alguna pregunta antes de responderme, ya fuera para asegurarse de que habían entendido bien mi pregunta o el problema que les planteaba, o bien para recabar más información sobre mí, mi contexto o circunstancia.

Cuando las respuestas no me han sido útiles, he percibido que la otra persona se ha llevado directamente la cuestión a su mundo para contestarla, en lugar de intentar entender el mío. A veces, simplemente no me ha ayudado. En otras ocasiones, además de no serme de utilidad la respuesta, me he sentido frustrado, juzgado y hasta despreciado (por si no tenía suficiente con mi problema inicial).

No se aferrará a nosotros

En la anterior entrada os invitaba a no aferraros a ningún maestro, y eso mismo debe cumplirse por la otra parte. Todos somos humanos y tenemos apegos, pero dejar de ser alumno de alguien no implica no volver a verlo nunca más, que disminuya el afecto mútuo o que haya un problema. Es natural evolucionar, y que el papel de determinadas personas en nuestra vida cambie con el paso del tiempo.

Un claro ejemplo de esto es la relación con nuestros padres o cuidadores. Cuando somos pequeños necesitamos que cuiden de nosotros. Al hacernos adultos abandonaremos su hogar para crear el nuestro propio, y nos volveremos más independientes unos de otros. Al final, cuando se hagan mayores y se acerquen sus últimos días, muy posiblemente seamos nosotros los que nos convirtamos en sus cuidadores.

Los profesores que conozcamos en nuestra infancia espiritual nos ayudarán y darán soporte a medida que vamos creciendo, y en algún momento nos independizaremos de ellos, queramos o no. Un buen profesor será capaz y estará dispuesto a guiarnos hasta el momento en que ya no le necesitemos.