Seguramente, la mayoría de la gente que lea estas líneas me habrá conocido entre 2014 y 2019, cuando mi «estudio de yoga» era un trozo de césped junto al templo de Debod. Al llegar, desenrollaba mi esterilla y dejaba delante de ella mi mochila, un bote y una caja con caramelos, que se convertirían minutos después en el centro de un círculo de esterillas. Círculo que se fue multiplicando con el paso de los años.
No había puertas ni paredes, nadie tenía que darte permiso para unirte, y tampoco nadie te iba a pedir nada al terminar. La mayor parte de los asistentes me encontraban a través de esta misma web, donde explicaba el sistema de dāna. Muchos otros se enteraban por el boca a boca, siendo así mejor o peor informados de cómo funcionaban las clases. También había unos pocos que se unían sin tener ni idea, al menos de inicio, de quién era yo, de dónde había salido, qué hacíamos exactamente o cuándo nos daba por ponernos ahí.
Al finalizar la clase, cada uno a su ritmo iba enrollando su esterilla y acercándose al centro del círculo para recoger su mochila, dejar algo en el bote y/o coger algún caramelo. Desde el principio intuí que era muy buena práctica no preocuparme de quién o cuanto dejaba en el bote.
Algunos de mis alumnos no tuvieron esa misma intuición. Eso, sumado a que para ellos seguramente era más difícil mirar para otro lado si justo también iban al bote, desembocaba en un amplio abanico de emociones. Tengo todavía en mi mente las imágenes nítidas de dos de esos alumnos, ya convertidos en amigos, expresándome en diferentes momentos su enfado e indignación. Uno, porque no conseguía explicarse lo poco que veía dejar a algunos. Otra, porque la gente como ella hacía viable las clases, mientras otros se iban sin dejar nada. Y también molesta conmigo, por no decir nada al respecto. Sus protestas surtieron un leve efecto; recuerdo que al poco tiempo di uno de esos discursos que tanto me rechinan y que caracterizan la parte final de muchos eventos que no tienen precio. Fui incapaz de dar otro, a pesar de comprender perfectamente su enfado por lo que ella entendía como una injusticia.
Generosidad anónima
Una de las cosas que más frecuentemente me han agradecido las personas con las que he coincidido los años posteriores a dejar de dar clase en el parque, es el haber hecho posible que vinieran a practicar cuando estaban sin dinero, sin trabajo, y algunos hasta sin casa propia o en una situación mental complicada. Me imagino que, en un contexto así, tener la opción de ir casi todos los días de la semana a un entorno natural, formando parte de un grupo, a ejercitar y escuchar a tu cuerpo y dar un descanso a tu mente, debe ser un verdadero regalo. Me están agradecidos a mí, pero en realidad la mayor parte del mérito no es mío.
En 2013, cuando regresé de Asia a Madrid, comencé a dar clases en un espacio donde no se podía recibir dinero a cambio de las actividades ofrecidas, ni siquiera en forma de donativo. Durante seis meses dií una clase semanal; ocasionalmente dos. Además del tiempo de la clase en sí, invertía una hora en ir y otra en volver a casa, más el dinero del transporte. Estaba encantado de darlas, pero no me podía permitir hacerlo con mayor frecuencia.
En la primavera de 2014 las clases se mudaron al templo de Debod. También con una o dos clases a la semana inicialmente, pero ya con el bote presente; abriendo la puerta a recibir. Al cambiar de lugar, la asistencia bajó, pero pronto comenzó una firme tendencia ascendente. El bote empezó a llenarse, y ambas cosas me invitaron a ir aumentando el número de clases. Sin el compromiso y la generosidad de los que venían, nunca me hubiera podido permitir ir cinco días a la semana a dar clase. Habría tenido que emplear mi tiempo y energía en conseguir dinero de otra forma y, con suerte, continuado dando una clase a la semana en caso de haber disfrutado del suficiente ánimo y energía para ello.
De manera que, aunque yo sea el receptor de la gratitud de aquellos que pudieron venir a clase cuando no se lo podrían haber permitido de otra forma, en realidad deberían estar agradecidos a todos los que asistían regularmente y depositaban dinero en el bote sin que nadie les incitara a ello.
A este último grupo pertenecían esos dos alumnos que mencioné anteriormente; los que se quejaban de lo poco (o nada) que dejaban algunos. Desde luego que habrá venido gente con ganas de aprovecharse, de llevarse lo máximo a cambio de dar lo mínimo. Al igual que asistieron también otros en una genuina mala situación, lo cual otorga incluso más mérito a que tuvieran el ánimo de participar. Sin conocer la situación personal de cada uno, no podemos medir su generosidad o falta de ella. Pero, de todos modos, lo que hagan los demás no es nuestra responsabilidad; solo somos responsables de nuestros actos e intenciones. Eso es a lo que debemos prestar atención, porque eso es lo que va a determinar la calidad de nuestra mente; nuestra felicidad o sufrimiento.
El cuenco de otro
Originariamente, los monjes budistas dependían de las ofrendas de la gente laica para alimentarse, ya que la vinaya (código monástico) les prohibía tanto el uso de dinero como cultivar su propia comida. Aún hoy muchos de ellos siguen observando estas reglas, y para recibir y consumir dichas ofrendas utilizan su cuenco reglamentario, cuyo uso tiene a su vez también una serie de normas, una de las cuales me viene frecuentemente a la cabeza:
No miraré al cuenco de otro con la intención de encontrar alguna falta: esto ha de ser practicado.
Ajahn Cha, uno de los maestros budistas más importantes del siglo xx, decía:
No es apropiado observar a otros con una mente que busca encontrar faltas. Esto no te ayudará en tu práctica de ninguna manera. Si quieres sentirte molesto, observa esa molestia en tu corazón. Si la conducta de otros no es perfecta, o no se comportan como buenos monjes, no es tu trabajo juzgarles. No te vas a volver más sabio vigilando y acusando a los demás. La vinaya es una herramienta para ayudarte a desarrollar samadhi (atención estable). No es un arma para descubrir defectos o juzgar quién es bueno o malo. Nadie puede practicar por ti, y tú tampoco puedes practicar por otra persona. Así que sé consciente de tu propio comportamiento. Ese es el camino a seguir.
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