Cuando conocemos a una persona y empezamos a establecer una relación con ella, solemos construir esa relación a base de encuentros programados. Tanto una relación de pareja, como de trabajo, aprendizaje o amistad.

Ya sea para una cita romántica, una jornada laboral, asistir a una clase o quedar con un amigo, lo que hacemos es encontrarnos a una hora y en un lugar preacordados. Si vemos que la relación no cuaja, ya no acordamos más citas, o dejamos el trabajo o de asistir a clase. Pero si todo va bien, continuamos con el compromiso de seguir encontrándonos. Si estamos aprendiendo algo, puede que aumentemos el número de clases a las que asistimos o las actividades relacionadas con la materia. Y si es en una relación afectiva, seguramente aumentemos la frecuencia y duración de los encuentros.

Aunque ahora vivamos en la época de Tinder y aplicaciones similares para ir directos a una intimidad muy grande, creo que lo natural es ir poco a poco en cualquier ámbito. Entregar lo suficiente para que la relación pueda crecer, pero no tanto como para que me pueda suponer un gran perjuicio.

Puedo ir a una clase de prueba, o acordar una primera cita. A lo mejor esa primera cita es algo tan inocente como dar un paseo por un parque de la ciudad, o ir a una cafetería. Y a partir de ahí, si conecto con la otra persona y me siento suficientemente seguro, empezar a abrirme y a conocer más al otro.

Todo tipo de práctica espiritual, en mayor o menor medida, supone un encuentro con uno mismo. De manera más superficial en algunos casos, al menos en los comienzos, y de manera más íntima a medida que pasa el tiempo; a lo mejor incluso para trascendernos.

Para que ese encuentro con uno mismo se produzca, es posible que debamos seguir unos pasos similares a los de cualquier otra relación. Comenzando con encuentros concertados, teniendo claros la hora y el lugar donde hemos quedado. En un entorno y realizando una actividad con los que nos sintamos seguros. A lo mejor acompañados de otras personas, evitando un exceso de intimidad al principio. Y luego aumentando la frecuencia, duración e intimidad de esos encuentros.

Camina lento, no te apresures, que el único lugar a donde tienes que llegar es a ti mismo.

En realidad, resulta irónico tener que reservar un tiempo para ello, porque siempre estamos con nosotros mismos, seamos conscientes o no.

Podemos elegir no invertir ni un solo momento en conocernos verdaderamente. En ese caso puede que pasemos toda la vida conviviendo con un desconocido, o como mucho con alguien a quien solo conocemos superficialmente; sin escucharnos de verdad, sin reconocernos y aceptarnos por completo, y sin poder sentirnos realmente seguros en nuestra propia presencia.

Para convivir en paz con nosotros necesitamos darnos lo mismo que le daríamos a otra persona: tiempo, escucha, compasión, aceptación, amabilidad, seguridad… Es muy probable que ahora mismo no seamos capaces de todo eso y tengamos que aprenderlo, y que la manera de hacerlo sea tanto en relación con otros como cultivándolo a solas.