Aprendiendo de las clases de yoga

Todos aprendemos de las personas que nos rodean, es algo natural; es la primera forma en la que aprendemos cuando somos pequeños, cuando no sabemos hablar, ni leer ni escribir, y nos queda todo por aprender.

Cuando vamos a clases de yoga, también aprendemos. Aunque no queramos. Porque en cualquier materia hay alumnos que tienen un especial interés en aprender, en absorber conocimiento, y otros cuyo interés es practicar y no le dan muchas vueltas a quedarse con la teoría. Pero aun así, con la práctica, esta se vuelve conocimiento integrado, sin apenas esfuerzo y casi sin darnos cuenta.

Hoy os propongo un ejercicio que os puede ayudar especialmente si queréis ser profesores en el futuro, aunque también os puede aportar para desarrollar vuestra propia práctica personal, aunque no tengáis intenciones de enseñar, y es igualmente útil para elegir un profesor de yoga si estás en el proceso de buscar uno, ya sea para ir a clase regularmente o para hacer un curso de formación.

Si practicáis un estilo o linaje determinado de yoga y/o meditación, tomad 5 clases con profesores diferentes dentro de ese estilo o linaje. Además, tomad 5 clases con profesores diferentes de otros estilos o linajes. Al finalizar cada una de esas clases, mientras tomáis un café tranquilamente, sentaos a escribir lo que os ha gustado, tanto de la clase como del profesor o profesora, y lo que no os ha gustado y cómo se podría mejorar. Cómo el profesor entró en el espacio, cómo recibía y trataba a los alumnos antes de la clase, la secuencia, los ajustes, su lenguaje, cómo gestionaba el espacio; ¿se movía por la sala?, ¿demostraba las posturas?, cómo te sentías mental y físicamente antes y después de la clase… Apunta cualquier cosa que te llamara la atención o resonara especialmente contigo, con tus gustos, estilo, personalidad y valores.

Este ejercicio nos puede ayudar a ser más conscientes tanto de las cosas que valoramos y queremos que siempre estén presentes en nuestros profesores, como de aquellas que no queremos imitar, que insultan nuestros principios. Porque, al igual que cuando somos pequeños aprendemos de manera automática por imitación, de adultos esto puede pasar también sin que nos demos cuenta, y que no todo lo que aprendamos de esa manera sea bueno.

Nos ayuda a darnos cuenta de las cosas concretas que queremos añadir a nuestra práctica, de los efectos que tienen en nuestro cuerpo y nuestra mente determinadas secuencias, ejercicios o posturas. Y hace que, poco a poco, cogiendo de aquí y de allá, vayamos completando el puzle de nuestro propio yoga. Porque yoga, para ti, solo hay uno: el tuyo.

Espero que te sirva.

Cómo mantener la práctica en nuestra vida diaria

Para mantener la práctica en nuestra vida diaria, lo primero que debemos tener en cuenta es nuestro nivel de dedicación y compromiso, la prioridad que le damos a la práctica en comparación con el resto de cosas que ocupan nuestro tiempo y atención. Para llevar nuestra práctica al 100 % a la vida cotidiana y con la máxima efectividad, la práctica tiene que ser la cosa más importante en nuestra vida. Como dijo Richard Hamming en una famosa conferencia, «La mayoría de los grandes científicos están completamente comprometidos con su problema. Aquellos que no se comprometen, raramente producen trabajo sobresaliente, de primera clase». Él hablaba de ciencia, por supuesto, pero es igualmente cierto para cualquier otra cosa, incluida la práctica del Dharma.

Pero no llegas a ese punto de repente, tienes que empezar donde estés y cultivar ese grado de dedicación. Richard Hamming habló de eso también. Da igual donde estés cuando empiezas este proceso, lo más probable es que tu conocimiento y entendimiento del Dharma, tu práctica del Dharma y la meta del despertar no estén todavía combinados para formar un único objetivo cohesionado. No pasa nada, se fusionarán con el paso del tiempo. Y como prioridad, serán solo una (o tres) entre muchas prioridades que compiten entre sí. Al principio ni siquiera serás consciente de todos los otros apegos y prioridades con las que lucharán. Pero esa es una de las cosas que se volverán evidentes mientras cultivas el mindfulness en la vida diaria.

Sé plenamente consciente de tu motivación. Revísala con frecuencia. Penétrala profundamente. Si te descubres a ti mismo pensando «quiero experimentar el despertar», pregúntate por qué. ¿Despertar de qué? ¿Despertar a qué? ¿Qué sé realmente sobre cómo hacerlo? Investiga lo que Buda y otros han dicho al respecto, y después mira dentro de ti. ¿Qué es lo que realmente quieres y por qué lo quieres? Y especialmente, ¿por qué lo quieres antes que cualquier otra cosa que el mundo te pueda ofrecer? Cuando haya presiones para que hagas otras cosas con tu tiempo, algo que siempre sucederá, nunca pierdas la oportunidad de revisar y preguntarte, «¿cómo de importante es en realidad esto para mí?, ¿qué estoy dispuesto a cambiar o sacrificar?». Uno de los grandes peligros a los que nos enfrentamos en nuestra vida es la toma inconsciente de decisiones, el funcionamiento de nuestro karma habitual. Cada vez que surge este tipo de situación, es una oportunidad para la aplicación de la consciencia plena y la generación de un nuevo tipo de karma.

Busca inspiración de otros. Asiste a eventos inspiradores y escucha charlas inspiradoras. Lee libros inspiradores. Relaciónate con personas que estén entusiasmadas con el Dharma. Cuando otros comiencen a describirte como un obseso, entonces sabrás que estás en el camino al 100 %. Incluso el 50 % es admirable, pero no te conformes. ¿Quieres admiración o iluminación? ¡Pues a por ello!

Lo segundo a tener en cuenta para mantener la práctica en nuestra vida diaria son los cambios que debemos hacer en nuestras vidas para tener tiempo y energía disponibles para nuestra práctica formal y estudiar, para reducir o eliminar las preocupaciones que nos roban energía y motivación, y para eliminar las fuentes de agitación mental que obstruirán nuestra práctica. Richard Hamming también tenía mucho que decir sobre esto: «Los grandes científicos, cuando surge una oportunidad, se lanzan a por ella y la persiguen abandonando todo lo demás». Esto es absolutamente necesario. ¿Lees el periódico? ¿Ves la televisión? ¿Lees ficción? ¿Juegas al golf? ¿Vas al cine, a eventos deportivos, conciertos u otros entretenimientos? ¿Haces de voluntario para proyectos sociales, políticos, medioambientales, caritativos o humanitarios? ¿Socializas con gente que no está involucrada en el Dharma? No estoy sugiriendo que no debas hacer esas cosas, pero si despertar es tu máxima prioridad, verás todas esas actividades desde otra perspectiva, te darás cuenta del tiempo que consumen, del efecto que tienen en tu mente, y probablemente hagas algunos cambios importantes. Cualquier cosa que quede debe convertirse en parte de tu práctica si quieres practicar al 100 %.

Convertirse en un practicante del Dharma a tiempo completo tiene un efecto radical en la vida social de una persona. Esta descubre que tiene cada vez menos en común con su familia y amigos, y que muchos de los intereses y actividades que compartía con ellos dejan de ser importantes. Las relaciones que mantiene y el tiempo que invierte en esas relaciones se convierten más en un asunto de amor bondadoso, de compasión, y de la práctica de la consciencia plena aplicada al entendimiento del deseo, la aversión, la ilusión* y el dukha. En otras palabras, las relaciones que continúen se convertirán en parte de tu práctica. Seguramente te encontrarás con que muchas de tus antiguas amistades se disuelven y son reemplazadas por otras nuevas más conectadas al Dharma. Esto puede resultar difícil para algunas personas, y puede existir un periodo de aislamiento y soledad antes de unirnos a una shanga que nos dé apoyo junto a otros compañeros practicantes.

Es muy probable que termines simplificando tu vida enormemente. Buda sugirió a la gente que dejara todo atrás —familia, trabajos, posesiones— a cambio de una túnica y un cuenco, la camaradería de otros monjes, y un lugar bajo un árbol para dormir y meditar. Las inclemencias del tiempo, los insectos y animales salvajes iban de regalo. Esto no es muy práctico hoy en día. Por supuesto que podrías dormir debajo de un puente y alimentarte en comedores sociales, pero probablemente descubrirías que no te lleva al tipo de práctica que quieres tener. Pero aun así podemos aprender mucho de los renunciantes. Los monjes de Buda tomaban solo una comida al día, que se obtenía pasando, cuenco en mano, por las casas de la gente. ¿Cuánto tiempo inviertes cada día en comer y preparar la comida? ¿Realmente necesitas comer tres veces al día? Durante muchos, muchos años, comí solamente una vez al día. Descubrí que llevaba mucho tiempo el comer tres veces. Buda tampoco permitía a los bikkhus acumular comida y guardarla para otro día. Parece que sería más eficiente para un monje pasar por más casas y conseguir más comida para no tener que ir otra vez al día siguiente. Pero entonces existirían los problemas de almacenar y proteger la comida, de cómo repartir los remanentes, y todo el tiempo, la energía y agitación que eso supondría. Creo que era una sabia norma.

mantener la práctica en nuestra vida diaria
Monjes en pindabat (la ronda diaria para recibir comida)

¿Cuánto posees (¿o te posee a ti?) y cuánto necesitas en realidad? Decidir qué hacer con tu trabajo o carrera puede ser duro, pero no puedes evitar dejar de preguntarte «¿cuánto dinero necesito realmente?, ¿cuánto me cuesta este trabajo en términos de tiempo y energía, estrés y agitación?, ¿cómo contribuye mi trabajo a mi práctica y mi eventual despertar?». ¿Dónde y cómo vives? ¿Es realmente necesario que sea así? Por razones éticas y morales, no puedo condonar el abandono de parejas, hijos o padres ancianos. En su lugar, cuidar de ellos y el tiempo que pases con ellos deben convertirse en parte de tu práctica. Pero observa el efecto que tu sentido de la responsabilidad hacia ellos tiene sobre ti y tus apegos a las cosas mundanas. Aunque no debas abandonarlos, probablemente debas renegociar las expectativas que tienen de ti.

No estoy sugiriendo que lo abandones todo. Estas son decisiones que deberás tomar por ti mismo, y necesitas tanto cuidar de ti ahora mismo como proveer para tu futuro. Pero sea lo que sea que decidas no dejar a un lado, debe convertirse en parte de tu práctica si aspiras al 100 %. No hay otra manera. Lo cierto es que el abordar estas preguntas es una práctica de mindfulness en sí misma, una que debe ser constante.

Por último, existen diferentes técnicas que podemos utilizar para convertir las actividades de la vida diaria en una práctica significativa, y, muy importante, hay cosas que podemos hacer para recordarnos el aplicar dichas técnicas. Me centraré en cómo recordar practicar mindfulness a todas horas. Aprender a tener consciencia plena de manera continua tiene un paralelismo exacto con ser plenamente consciente de nuestro objeto de meditación cuando meditamos. Al principio te olvidas totalmente del objeto de meditación con frecuencia y tu mente vaga durante largos periodos de tiempo. Del mismo modo, al principio habrá largos periodos, de hecho, la mayor parte del día, donde habremos olvidado ser deliberadamente conscientes. Tras un tiempo, solo te olvidas del objeto de meditación brevemente antes de darte cuenta de que la mente se ha visto atrapada por otra cosa. Igualmente, tras un tiempo hay lapsos en nuestro mindfulness durante el día, especialmente cuando surgen aflicciones mentales fuertes, pero rápidamente reconocemos el lapso. Es entonces cuando podemos reflexionar en lo que acaba de suceder mientras está reciente, y continuar nuestra práctica de mindfulness a partir de ahí. Finalmente, al igual que tu atención plenamente consciente se vuelve eventualmente ininterrumpida durante tu meditación sentada, así también eventualmente en la vida diaria tu mindfulness tornará continuo.

He descubierto que una reflexión y un repaso diarios son muy útiles a la hora de cultivar la continuidad en nuestra consciencia plena. Otro profesor que conozco hace que sus alumnos lleven consigo una libreta en la que escriben seis veces al día para ayudarles a mantenerse plenamente conscientes. Ya lo hagas una o seis veces al día, la idea es recordar cómo de consciente has sido desde la última vez, y felicitarte por tus éxitos (regocijarte en ellos incluso). Entonces reflexionas sobre las ocasiones en las cuales tu mindfulness se ha visto interrumpido, y haces una resolución o te imaginas siendo más capaz de mantener esa consciencia plena en el futuro. Sugiero que una persona comience utilizando los preceptos y las perfecciones de generosidad, virtud y paciencia como herramientas. Elige una cosa para empezar: irritabilidad e ira, deseo, mentira, etc., lo que sea particularmente significativo e importante para ti. Usa el repaso diario de las ocasiones en las que esos estados mentales surgieron, en los que eras o no eras plenamente consciente, para que eso te lleve a un punto en el que siempre seas consciente del momento en que esos estados están surgiendo. Cuando tengas éxito con eso, construye sobre ello añadiendo más ítems a tu lista de cosas específicas de las que quieres ser consciente. No te limites a superar aspectos negativos, cultiva los positivos también. El resultado será un poderoso hábito de mantener consciencia plena a lo largo del día.

No pretendía meterme en técnicas específicas para la práctica del mindfulness, pero te sugeriré una. En el Dvedhavitakka Sutta («Dos clases de pensamiento», Majjhima Nikaya 19) Buda describe como, siendo un bodhisattva, practicó la atención plenamente consciente de los pensamientos y estados mentales beneficiosos y perniciosos cuando fuese que estos surgían. Examinando minuciosamente cómo los pensamientos y estados mentales perniciosos hacen sentir a uno física y mentalmente, las palabras y acciones a las que dan lugar, y el efecto que tienen sobre uno mismo y los demás, uno reconoce que llevan a «mi propia aflicción o a la aflicción de otros o a la aflicción de ambos. Obstruyen el discernimiento, promueven la contrariedad y no llevan a la liberación». Por favor, date cuenta de que se trata solamente de observar, no de juzgar, sentirse culpable o analizar. Todo lo que se necesita para ver aquello que debe ser visto es una consciencia plena, abierta y no discriminatoria dirigida a aquello que está sucediendo ahora según sucede. Las conclusiones descritas por Buda se tornan obvias, no necesitas indagar para encontrarlas, y el pensamiento analítico solo creará confusión. Buda continúa diciendo: «Cuando me di cuenta de que llevaba a mi propia aflicción, aminoró. Cuando me di cuenta de que llevaba a la aflicción de otros… a la aflicción de ambos… que obstruye el discernimiento, que promueve la contrariedad y que no lleva a la liberación, aminoró».Este es el efecto deseado, e ilustra el poderoso efecto que la consciencia plena tiene en el surgimiento y el cese de los pensamientos y estados mentales habituales.

El sutta continúa contándonos que Buda, quien entonces era solo un bodhisattva, hizo lo mismo con los pensamientos y estados mentales beneficiosos, observando que: «eso no me lleva ni a mi aflicción ni a la aflicción de otros ni a la aflicción de ambos. Fomenta el discernimiento, promueve la falta de contrariedad y lleva a la liberación. Si yo fuese a pensar y reflexionar en esa línea durante una noche… durante un día… durante un día y una noche, no imagino ningún peligro que pudiera venir de ello, excepto que pensar y reflexionar durante mucho tiempo cansaría el cuerpo. Cuando un cuerpo está cansado, la mente está inquieta; y una mente inquieta está lejos de la concentración. Así pues, calmé mi mente internamente, la tranquilicé, la unifiqué y la concentré. ¿Para qué? Para que mi mente no estuviera inquieta.

Lo que un monje sigue buscando con su pensamiento y su reflexión, eso se convierte en la inclinación de su consciencia. Si un monje sigue buscando el pensamiento impregnado de renunciación, abandonando el pensamiento impregnado de sensualidad, su mente está doblegada por ese pensamiento impregnado de renunciación».

«Una energía inagotable surgió en mí, y se estableció una atención nítida. Mi cuerpo estaba calmado e indiferente, mi mente concentrada y unificada».

Espero que estas reflexiones te sean de ayuda, y que tu práctica te lleve a la meta final.

* las tres causas raíz del dukha; el sufrimiento o insatisfacción inherente a la existencia.

Traducción propia de <https://dharmatreasure.org/practice-in-ones-daily-life/>

Contar respiraciones

Un método muy antiguo y extendido para ayudarnos a mantener la atención en la respiración cuando meditamos es el de contar respiraciones. Al igual que hay muchas maneras de observar la respiración, también hay numerosas formas de contar respiraciones para conseguir estabilidad mental. A continuación os explico dos de ellas.

Contar la duración de la respiración

Un método es contar la duración de los movimientos de la respiración: la inhalación y la exhalación:

  • Inhalando: «Uno, dos, tres…» (hasta lo que dure la inhalación); exhalando: «Uno, dos, tres…».
Contar respiraciones

También podemos añadir algo antes del número que contamos para que nos ayude a no acelerar la cuenta y hacer que contemos con un ritmo constante, de más o menos un segundo por número:

  • «Y uno, y dos, y tres…».
  • «Om uno, om dos, om tres…».

Si estamos utilizando la respiración natural para meditar, debemos recordar que el objetivo de contar es ayudarnos a mantenernos conscientes de las sensaciones de la respiración, y que no nos van a dar una medalla por forzar la respiración al extremo para llegar a contar hasta un número muy alto.

Contar el número de respiraciones

Otro método es contar el número de respiraciones. Para ello conviene determinar dos cosas:

Elegir el momento de la respiración en el que vamos a contar

Hay personas que cuentan en la pausa que se produce al terminar la exhalación y eso les ayuda a no distraerse durante ese vacío, mientras que a otras les produce el efecto contrario. También podemos contar al inicio de uno de los movimientos de la respiración (por ejemplo, de la exhalación), o al inicio de ambos movimientos (de manera que contaríamos: 1, 1, 2, 2, 3, 3, etc.).

Poner un límite a la cuenta

Si contamos de forma lineal sin poner un límite, es muy posible que el conteo se vuelva automático y que notemos que nuestra mente se ha distraído aunque siga contando en un segundo plano, lo cual no nos ayuda a concentrarnos. Un método clásico mencionado en el Visuddhimagga es elegir un número entre 5 y 10, y contar hasta ese número de respiraciones. Cuando llegamos al número establecido, o si descubrimos que nos hemos distraído, volvemos a contar desde 1.

Si tenéis dificultades para estabilizar vuestra atención en la respiración al meditar, espero que le deis una oportunidad a estas técnicas. Si habéis usado algún método diferente para contar respiraciones que os haya resultado efectivo, os invito a compartirlo en los comentarios. Y si solo quieres usar la ayuda del conteo al principio de tu meditación, hace tiempo publiqué una forma de contar gradual, en la que nos vamos deshaciendo de esta ayuda poco a poco: diez minutos de atención en la respiración.

Leer, estudiar, practicar

Hace tiempo escuché una anécdota en la que el Dalai Lama era invitado a bendecir un monasterio en el sur de India con motivo de su inauguración. Los lugareños, que estaban muy emocionados con su presencia, organizaron una gran ceremonia y una visita guiada para mostrarle las fantásticas instalaciones. En un momento de la visita, tras haber mirado por todos lados, el Dalai Lama les preguntó: «¿dónde está vuestra biblioteca?», «¡oh!, no tenemos biblioteca, pero tenemos esta preciosa sala de meditación» contestaron los organizadores. A lo que él respondió: «mmm, no, no voy a bendecir este centro».

Me encanta leer. Y he tenido la suerte de disfrutar de fantásticas bibliotecas en los templos donde he estado. Los libros nos permiten recibir el conocimiento de maestros de otras épocas, pueden servirnos de inspiración, brindarnos nuevas ideas o dar soluciones cuando nos encontramos con un problema o un obstáculo en nuestro camino.

Pero los libros también pueden convertirse en un simple medio de escape de la realidad; pueden proporcionarnos una excusa para no tener que esforzarnos de verdad en analizar y experimentar por nosotros mismos las cosas.

En varias ocasiones me he encontrado con cierto arquetipo de meditador empachado de teoría y con una carencia evidente de práctica. Empeñado en mostrar a todo el mundo todo el conocimiento que ha acumulado, tan solo hay que rascar un poco para ver que debajo de esa aparente erudición no hay nada que respalde sus palabras.

El conocimiento teórico nos puede resultar muy interesante y estimulante. Podemos pasar horas hablando sobre él, usando palabras grandilocuentes y términos en lenguas antiguas y exóticas, intentando iluminar al principiante, impresionar al que no sabe de tecnicismos o tratando de convencer a otros de la teoría que hemos leído. Pero con todo, sigue siendo solo teoría.

A veces nos emociona tanto la lectura que casi podemos sentir que el conocimiento y la teoría han adoptado la forma de la experiencia. Pero no debemos engañarnos; lo principal es llevar el conocimiento a la práctica, y verificarlo en nuestra propia experiencia, contrastarlo con la realidad. La acumulación de conocimiento no debe convertirse en algo para presumir ante los demás, ni hay que volverse adicto a la teoría, sino aplicar lo aprendido cuando surja la oportunidad.

Está bien leer, estudiar y desarrollar desde ahí nuestra inspiración. Pero hay un límite, y cuando uno ha desarrollado una especie de inspiración general y de confianza en sí mismo, debe dejar de leer.

Un maestro de meditación decía que a la práctica hay que llevar solo nuestro cuerpo, nuestra palabra y nuestra mente, dejando a un lado nuestros pensamientos, las escrituras y toda la teoría aprendida. La práctica no es lugar para la teoría o los libros, porque muchas veces lo que hemos leído en ellos no es exactamente igual a cómo lo experimentamos nosotros: el mapa no es el territorio. Y, si nos empeñamos en que lo sea, es muy probable que nos dirijamos directos al fracaso. Es por este apego a la teoría y a los libros que mucha gente que estudia mucho, que sabe mucho, no tiene éxito en la práctica de la meditación.

Y esto es así porque, al final, el corazón es el único libro que merece la pena leer.

El corazón es el único libro que merece la pena leer
marzo 1st, 2020|Tags: , , |

Las partes de la respiración

Si observas tu respiración, ¿cuántas partes distingues?, ¿cuáles son esas partes?

Partes de la respiración

Aunque la respuesta a la primera pregunta sea evidente para algunas personas, no creo que todo el mundo conteste «cuatro». Las partes más obvias de la respiración son los movimientos de ida y vuelta del aire, la inspiración y la espiración. Pero estos dos movimientos están ritmados por tiempos de pausa llamados apneas, que también son partes de la respiración.

Una apnea es cualquier momento de pausa del flujo respiratorio, pero hay dos apneas que se producen de forma natural en la respiración cotidiana, una después de la inspiración y otra tras la espiración. De forma general, la segunda suele ser más larga que la primera. Esa apnea más larga, el tiempo de pausa posespiratoria, tiene unas características fisiológicas particulares, que hacen que suponga un tiempo de descanso general para el organismo.

En hatha yoga, cuando realizamos pranayama, entre otros factores modificamos las duraciones y proporciones de esas cuatro partes de la respiración, según los efectos que estemos buscando. Puraka es el término para referirse a la inspiración, rechaka para la espiración, y khumbaka para las apneas; antar khumbaka cuando la apnea se produce con los pulmones llenos de aire y bahir khumbaka para la apnea que se produce después de la espiración.

Según la tradición hindú, tras practicar pranayama durante largo tiempo y de manera adecuada, el yogui puede suspender completamente la inhalación y exhalación a voluntad. Esta apnea extrema es llamada kevala khumbaka, y muchos la relacionan directamente con el estado de Samadhi, el último de los ocho miembros del yoga.

Cuando usamos la respiración como objeto de meditación, las sensaciones de los dos movimientos respiratorios suelen ser bastante tangibles. Sin embargo, en las apneas, ante la ausencia de sensaciones, es fácil que la mente aproveche para ir a buscar cualquier otro estímulo y distraerse. Permanecer conscientes de nuestro objeto (o de su ausencia) en esas pausas es fundamental.

Si practicamos para desarrollar nuestra concentración, es posible que, por el camino, en algunas fases, no seamos capaces de sentir que estamos respirando. Al principio será porque nuestra respiración se ha vuelto muy sutil y nuestra sensibilidad no se ha desarrollado lo suficiente para percibirla. Las primeras ocasiones en que esto suceda, es muy probable que el miedo y la falta de mindfulness hagan que, en lugar de dejar que todo se desarrolle naturalmente, realicemos una inhalación profunda que nos sacará del estado de concentración que habíamos alcanzado. Cuando parezca que hemos dejado de respirar, simplemente debemos esperar en el último punto donde hemos notado la respiración y esta, tarde o temprano, volverá a aparecer.

Posteriormente, si llegamos a desarrollar lo suficiente nuestra concentración, algunos textos y maestros nos dicen que, efectivamente, la respiración pulmonar cesará. Esto sucederá cuando alcancemos la cuarta jhana o nirodha·samāpatti*.

* La suspensión temporal de la consciencia, así como de la materialidad producida por esta y sus factores mentales asociados.

La intención de tu práctica

Tu intención va a influir inmensamente no solo en aquello que decidas que sea tu práctica personal, sino también en la manera en que lo practicas. Y aunque este blog trate más sobre el yoga y la meditación, en realidad es algo aplicable a cualquier práctica, a cualquier actividad vital.

Creo que la mayoría de las personas que comienzan a practicar yoga y/o meditación en los países occidentales, suelen hacerlo por motivos más bien mundanos: ganar flexibilidad, aliviar el dolor de espalda (este fue mi primer motivo), la ansiedad (¡el segundo!) o el estrés, ser más productivos en el trabajo, perder peso… Y seguramente no haya nada de malo en ello. Mientras nos ayude a solucionar nuestro problema, no tendremos inconveniente en cantar un Om, poner las manos como si fuéramos a rezar, decir Namaste o escuchar alguna enseñanza de Buda. Incluso se nos hará natural el mencionar los nombres de las posturas de yoga en sánscrito.

Para algunos, el yoga será una práctica que trasciende lo meramente físico y se convierte en espiritual. Otros cuantos, aún conscientes de que hay un no sé qué aparte del puro ejercicio físico, seguramente no encuentren un calificativo con el que se sientan cómodos para definirlo. En cualquier caso, es bastante frecuente que una persona descubra que el motivo principal por el cual continúa practicando al cabo del tiempo difiere de aquel por el que se animó a empezar a practicar en un principio. Donde antes solo había una motivación «terrenal», ahora hay algo más.

Me resulta curioso que no solo difieran los objetivos de las personas que asisten a una clase de yoga, sino que es muy probable que la intención principal del profesor al dar la clase también sea diferente. Y no resulta infrecuente que la misma clase de yoga satisfaga razonablemente las diversas expectativas de los distintos implicados.

Pero a pesar de que lo anterior es posible, también es muy probable que la intención existente detrás de nuestra práctica haga que nos decantemos por ciertos tipos de yoga y evitemos otros, que elijamos cierto perfil de profesores o que comencemos a incluir en nuestra práctica la meditación u otros elementos aparte de las posturas. A medida que nuestra intención cambie, no solo cambiará la forma o disciplina que practiquemos; también cambiarán los principios que rijan nuestra práctica, y seguramente llegará un momento en el que el fin no justificará los medios, sino que estos se habrán convertido en parte del propio fin.

Considero que es de vital importancia ser conscientes de la intención que subyace en nuestra práctica. A lo mejor llega el día, tras haber probado todos los yogas, las distintas tradiciones, haber cantado en varios idiomas orientales, recorrido todo el mundo visitando numerosos maestros y llevar muchas horas de meditación en tus posaderas, en que no sabes por qué practicas. Y es posible que aun así sigas practicando sin saber el motivo, y que lo hagas lleno de alegría.

Pero también puede ser que, desencantado, abandones la práctica. Si tienes «suerte», volverás a la «normalidad» y todo será un lejano recuerdo. Pero, si a pesar de no estar aún despierto, has dejado de estar dormido, y decides enrollar la esterilla, ¡ay!, lo siento por ti. Porque en la vida real no puedes elegir tomarte la pastilla azul y volver a dormir sin recordar nada. Y aunque tu práctica no sea el camino de rosas que creías en un principio, y tu «Yo» no sepa por qué practicas (porque el yo no puede saberlo, ni tiene ningún motivo para despertar), hay algo dentro de ti, un impulso subyacente que te empuja a practicar y te ha llevado donde estás, aunque no te guste. Simplemente sé consciente de ello y recuerda que, al no haber pastilla azul, solo te queda la opción de la pastilla roja, la elijas en esta vida o esperes a otra para tomarla.

La intención de tu práctica
febrero 11th, 2020|Tags: , , , |