Generosidad, gratitud, reciprocidad
Dāna es una palabra sánscrita y pali que suele traducirse como generosidad, ofrecimiento o regalo. Desde hace miles de años, mucho antes de los tiempos del Buda, los buscadores que abandonaban sus posesiones, profesiones y familia para dedicarse de pleno a la práctica espiritual han dependido de la generosidad de otros para su sustento.
El Buda no fue una excepción, tanto siendo alumno como a la hora de enseñar. Dado que él como asceta no usaba dinero, dudo que tuviera que pagar materialmente a sus maestros Ālāra Kālāma y Uddaka Rāmaputta. No satisfecho con las enseñanzas de estos, y continuando por su cuenta la búsqueda de la extinción del sufrimiento, fue una ofrenda de alimento lo que le recondujo desde la extrema e infructuosa práctica de mortificación a la revelación del Camino Medio que culminó en su iluminación.
Tras ella, comenzó a enseñar el Dhamma. Muchos de los que se convertían en sus seguidores lo hacían ordenándose como monjes. Cuando sesenta de ellos lograron también iluminarse, les envió a enseñar a aquellos que pudieran beneficiarse de su doctrina. Eran monjes mendicantes; vivian de los alimentos que la gente les ofrecía. Pero no era un intercambio «dame comida y te enseñaré el Dhamma«, sino un ofrecimiento basado en la generosidad. Enseñaban a cualquiera que pudiera beneficiarse de ello y tuviera interés en escuchar, sin importar que les hubiera dado comida o no. El hecho de poder vivir gracias a los regalos de algunos, significaba que podían ofrecer las enseñanzas gratuitamente a todos.
Esta manera de funcionar, que a mucha gente le resulta inconcebible en nuestros días, ha continuado de forma ininterrumpida durante más de 2.500 años hasta llegar a nosotros. Los monjes de ciertas tradiciones siguen obligados por sus preceptos a vivir de los alimentos que reciben diariamente de otros, y a continuar enseñando cuando se lo soliciten sin esperar nada a cambio. Pero no solo los monjes lo hacen; también hay seguidores laicos que enseñamos bajo el mismo principio. Y tampoco es algo único del budismo; la generosidad es una cualidad universal que no pertenece en exclusiva a ninguna religión, sistema de creencias o grupo de personas.
Cuando nos regalan algo que consideramos valioso, es natural querer agradecer el regalo y reciprocar. La mejor manera de agradecer las enseñanzas es ponerlas en práctica, y compartirlas de la misma manera que llegaron a nosotros.
«El verdadero culto no consiste en ofrecer incienso, flores y otras cosas materiales, sino en esforzarse por seguir la misma vía de aquel al que se venera».
Ayya Kehmma