Leer, estudiar, practicar

Hace tiempo escuché una anécdota en la que el Dalai Lama era invitado a bendecir un monasterio en el sur de India con motivo de su inauguración. Los lugareños, que estaban muy emocionados con su presencia, organizaron una gran ceremonia y una visita guiada para mostrarle las fantásticas instalaciones. En un momento de la visita, tras haber mirado por todos lados, el Dalai Lama les preguntó: «¿dónde está vuestra biblioteca?», «¡oh!, no tenemos biblioteca, pero tenemos esta preciosa sala de meditación» contestaron los organizadores. A lo que él respondió: «mmm, no, no voy a bendecir este centro».

Me encanta leer. Y he tenido la suerte de disfrutar de fantásticas bibliotecas en los templos donde he estado. Los libros nos permiten recibir el conocimiento de maestros de otras épocas, pueden servirnos de inspiración, brindarnos nuevas ideas o dar soluciones cuando nos encontramos con un problema o un obstáculo en nuestro camino.

Pero los libros también pueden convertirse en un simple medio de escape de la realidad; pueden proporcionarnos una excusa para no tener que esforzarnos de verdad en analizar y experimentar por nosotros mismos las cosas.

En varias ocasiones me he encontrado con cierto arquetipo de meditador empachado de teoría y con una carencia evidente de práctica. Empeñado en mostrar a todo el mundo todo el conocimiento que ha acumulado, tan solo hay que rascar un poco para ver que debajo de esa aparente erudición no hay nada que respalde sus palabras.

El conocimiento teórico nos puede resultar muy interesante y estimulante. Podemos pasar horas hablando sobre él, usando palabras grandilocuentes y términos en lenguas antiguas y exóticas, intentando iluminar al principiante, impresionar al que no sabe de tecnicismos o tratando de convencer a otros de la teoría que hemos leído. Pero con todo, sigue siendo solo teoría.

A veces nos emociona tanto la lectura que casi podemos sentir que el conocimiento y la teoría han adoptado la forma de la experiencia. Pero no debemos engañarnos; lo principal es llevar el conocimiento a la práctica, y verificarlo en nuestra propia experiencia, contrastarlo con la realidad. La acumulación de conocimiento no debe convertirse en algo para presumir ante los demás, ni hay que volverse adicto a la teoría, sino aplicar lo aprendido cuando surja la oportunidad.

Está bien leer, estudiar y desarrollar desde ahí nuestra inspiración. Pero hay un límite, y cuando uno ha desarrollado una especie de inspiración general y de confianza en sí mismo, debe dejar de leer.

Un maestro de meditación decía que a la práctica hay que llevar solo nuestro cuerpo, nuestra palabra y nuestra mente, dejando a un lado nuestros pensamientos, las escrituras y toda la teoría aprendida. La práctica no es lugar para la teoría o los libros, porque muchas veces lo que hemos leído en ellos no es exactamente igual a cómo lo experimentamos nosotros: el mapa no es el territorio. Y, si nos empeñamos en que lo sea, es muy probable que nos dirijamos directos al fracaso. Es por este apego a la teoría y a los libros que mucha gente que estudia mucho, que sabe mucho, no tiene éxito en la práctica de la meditación.

Y esto es así porque, al final, el corazón es el único libro que merece la pena leer.

El corazón es el único libro que merece la pena leer
marzo 1st, 2020|Tags: , , |

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