Treinta minutos es una cantidad de tiempo significativa cuando comenzamos a desarrollar nuestra práctica de meditación. Es la duración que muchos profesores alientan a alcanzar en las sesiones sentadas, y tienen buenas razones para ello.
Al empezar a practicar, es muy probable que no tengamos una vida muy alineada con la meditación, de manera que nuestra mente llegará al cojín considerablemente acelerada y desordenada. En treinta minutos hay el tiempo suficiente para que nuestra mente vaya perdiendo la inercia del resto del día, y su contenido se asiente. A medida que esto sucede, permanecer con nuestro objeto de meditación se vuelve más fácil; la mente se estabiliza y crecen la calma y la concentración.
Si mantenemos una práctica regular, notaremos que los estímulos externos van perdiendo relevancia, y las distracciones internas comienzan a tomar otra dimensión. Empiezan a aflorar contenidos que permanecían disimulados entre la vorágine de la rutina diaria; algunos de ellos asuntos que sabíamos que estaban ahí, pero que preferíamos ignorar, y otros de los que desconocíamos su existencia o magnitud.
Cuando esto suceda, habrá personas que puedan navegar estos territorios simplemente siguiendo el método de meditación que ya venían usando, y otras que necesitarán recursos más allá de su técnica principal de meditación: escucha, confirmación de que van por el buen camino, prácticas suplementarias que les equilibren, o herramientas para gestionar su mundo emocional, de manera que este no les sobrepase. Todos somos diferentes, y hay muchos factores que influyen en lo que cada uno necesita: nuestra personalidad, el momento en que nos encontramos, nuestro estilo de vida…
Con una práctica constante de al menos treinta minutos, también es posible que se empiecen a manifestar otras experiencias que no esperábamos. Gran parte del auge de la meditación en Occidente viene dado por una reformulación de prácticas orientales desprovistas de los contextos, modelos y mapas de los que surgieron, y habitualmente diluidas o aplicadas en dosis más pequeñas de las tradicionales. Esto, sumado al énfasis exclusivo en los aspectos de la meditación percibidos como «beneficiosos» en nuestra sociedad, puede hacer que nos preocupemos cuando aparezcan fenómenos que son totalmente normales, pero de los que nunca habíamos oído hablar. A medida que intensificamos nuestra práctica y accedemos a etapas avanzadas, es más fácil que surjan experiencias de diferente naturaleza (perceptivas, somáticas, afectivas, cognitivas…) que resulten desconcertantes para quienes no las esperaban ni saben cómo interpretarlas ni gestionarlas. Es importante tener el conocimiento o acompañamiento adecuado si esto sucede. Carecer de dicho soporte puede provocar que surja miedo o inseguridad, y que abandonemos una práctica que en realidad es beneficiosa para nosotros, que nos quedemos atascados sin saber cómo progresar, o que empecemos a cultivar lo que no debemos con las correspondientes consecuencias negativas.
Con el paso de las sesiones será más fácil mantener la misma postura de meditación durante largos periodos, no solo por la adaptación de los tejidos, sino también porque la tranquilidad mental hará que percibamos en el cuerpo menor incomodidad, y comenzará a producir sensaciones de bienestar físico. Una vez nos acostumbramos a sentarnos durante treinta minutos, una sesión de cuarenta y cinco minutos o una hora, que podría parecer una tortura y algo muy remoto al principio, de repente se vuelve fácilmente accesible. Esa capacidad de ir alargando nuestras sesiones nos permitirá continuar alcanzando estados cada vez más profundos de calma y estabilidad mental, lo que nos abrirá las puertas a una felicidad interior que, en mayor o menor medida, nos acompañará también fuera del cojín, y a la posibilidad de ir percibiendo aspectos cada vez más sutiles de la realidad, trascendiendo la percepción mundana a la que estamos habituados.
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