Las cinco facultades espirituales (pali: panca indriya) son un conjunto de factores mentales que, desarrollados adecuadamente, conducen a la Iluminación. Al igual que el Noble Óctuple Sendero, las cinco facultades espirituales tiene un desarrollo lineal, en cuanto que unas preceden a otras, y también un desarrollo simultáneo cuando ya están presentes. De hecho, no basta solo con desarrollarlas, sino que, como veremos más adelante, deben estar en correcto equilibrio.
Las cinco facultades espirituales son: fe ( saddha), energía (viriya), mindfulness (sati), concentración (samadhi) y sabiduría (pañña).
Fe
La fe es la primera de la facultades espirituales porque es la que nos hace querer meditar y poner en práctica las enseñanzas del Buda. No sé trata de una fe ciega, sino en la aceptación (o al menos el no rechazo) inicial de que las enseñanzas sobre el sufrimiento y el camino que lleva al final del sufrimiento son potencialmente ciertas, de manera que nos permitan practicar con confianza. Engloba la confianza en nuestro profesor, en las enseñanzas, incluída la técnica de meditación, y en nuestra capacidad de meditar.
Energía
Una vez tenemos confianza en las enseñanzas y queremos llevarlas a la práctica, surge la energía para encarnar nuestra fe. Esa energía es la que nos hace sentarnos a meditar y perseverar en nuestra práctica a pesar de las dificultades. Está relacionada con el «recto esfuerzo» del Noble Óctuple Sendero. De hecho, también se traduce en ocasiones como «esfuerzo» o «vigor».
Mindfulness
Es la capacidad de darnos cuenta de nuestra experiencia en el momento presente, y recordar lo que se supone que debemos hacer en nuestra práctica. En el caso de que estemos meditando, nos recuerda nuestro objeto de meditación. Esta es la única facultad que no necesita equilibrarse con otra; nos permite saber cómo orientar y equilibrar las otras cuatro.
Concentración
La concentración, entendida como estabilidad de atención, es una facultad que también tiene su equivalente en el Noble Óctuple Sendero. Cuando nuestra atención se estabiliza, surgen la calma y la tranquilidad mental, la mente es capaz de percibir aspectos cada vez más sutiles de la realidad, penetrando la realidad mundana y permitiéndonos experimentar de forma directa aspectos de la realidad última, lo que hace que se desarrolle nuestra sabiduría.
Sabiduría
Podemos adquirir conocimiento escuchando a otros, analizando o sopesando algo nosotros mismos, o mediante la experiencia directa. Este último tipo de conocimiento sería la verdadera sabiduría, y esa experiencia directa de la realidad última es a lo que nos lleva la práctica de la meditación. A medida que vamos desarrollando nuestra sabiduría, aprendemos qué cosas no merecen la pena y debemos soltar, y cuales son beneficiosas y debemos cultivar. Hace que cada vez comprendamos mejor cómo funcionan el mundo en general y nuestra experiencia humana en particular, y consecuentemente cada vez sufrimos menos.
Equilibrio de las cinco facultades espirituales
A medida que cultivamos las cinco facultades espirituales, debemos prestar atención también a su equilibrio: nuestra energía debe estar equilibrada con nuestra concentración y nuestra fe con nuestra sabiduría.
Cuando hay un exceso de energía, nuestra mente se agita y es difícil de calmar. Incluso puede llegar un punto en el que pongamos tanto empeño y esfuerzo en nuestra meditación que lleguemos a matar la alegría meditativa. Estamos acostumbrados en otras facetas de la vida a creer que, cuanto más esfuerzo, mejor, y puede resultarnos muy confuso cuando vemos que en nuestra práctica de meditación esa premisa no solo no se cumple, sino que incluso parece funcionar al revés.
En el caso de que la concentración predomine, podemos experimentar lo que se llama «mente hundida»; nos encontramos en un estado relativamente apacible y tranquilo, pero la mente no tiene la suficiente nitidez y precisión para percibir con claridad el objeto de meditación, que permanece en un segundo o tercer plano. Nos quedamos en una especie de trance que mucha gente confunde con meditar, pero al que debemos tener cuidado de no acostumbrarnos.
Si tenemos un exceso de fe, comenzaremos a confiar y creer en cosas en las que no debemos e invertiremos tiempo de práctica en cosas que no lo merecen. Cuando necesitemos aumentarla para generar el deseo de meditar, puede servirnos leer, escuchar o visitar a algún maestro o amigo meditador al que respetemos y admiremos. Si hemos practicado y meditado con buenos resultados en el pasado, también podemos recordar que ya hemos experimentado los beneficios de la meditación en nosotros mismos, y que merece la pena seguir practicando; que los frutos llegarán si perseveramos con diligencia.
Por otro lado, un exceso de sabiduría puede hacer que nos volvamos demasiado técnicos tanto con nuestra meditación como con respecto a las enseñanzas, que sobrepensemos nuestra práctica, juzguemos sobremanera la práctica de los demás, y seguramente nos haga creer que sabemos más de lo que en realidad sabemos.
Cuando las cinco facultades espirituales se desarrollan y equilibran, son los principales factores mentales que «hacen» la meditación.
En la siguiente entrada os presentaré otro grupo de factores mentales que son los que evitan que consigamos meditar con éxito: los cinco obstáculos o impedimentos.
Deja tu comentario