Cuando la meditación sienta mal

Me da la impresión de que en los últimos años nos han vendido, primero el yoga y más tarde la meditación, como panaceas; capaces de curar o mejorar cualquier problema que tengamos. No solo eso, sino que además de exponer sus incontables beneficios, no se suele hablar, e incluso en ocasiones se niegan, sus posibles efectos secundarios, ya sea por interés o por simple ignorancia.

Nos han vendido esas ideas los que quieren sacar beneficio económico y se ganan la vida con ello. Si tengo un producto que vale para todo y sin ningún efecto negativo, tendré muchos clientes potenciales y a lo mejor no necesitaré crear, desarrollar ni vender otro producto. Y también nos lo han vendido desde algunos sectores más tradicionales que funcionan mediante dana o generosidad, los cuales en principio no deberían tener grandes ambiciones económicas, pero en ocasiones pecan de orgullo: «el método que enseñamos es la forma original de meditación usada por Buda, que se había perdido. Si no te funciona o te sienta mal, es que lo estás haciendo de manera incorrecta; no estás haciendo lo que te hemos dicho».

En realidad, creo que no solo nos lo han vendido así, sino que lo hemos querido comprar de esta manera. Igual que cuando vamos al médico y queremos que nos dé una pastilla para solucionar nuestro problema, sin tener que hacernos responsables de nuestra salud, ni realizar ningún otro esfuerzo, ni preguntarnos qué otros efectos o consecuencias puede tener aparte de quitarnos el malestar que nos aqueja en ese momento.

Entonces, si vale para todo, solo tiene beneficios y se da el caso que a mí no me funciona o que incluso creo que la meditación me está haciendo mal, será que no valgo, o no soy lo suficientemente listo, o que hay algo malo o algún problema inherente a mi persona. ¿O no?

Meditación sienta mal
Ilustración cedida por Irene Izquierdo

Creo que el primer paso para entender la situación es ser conscientes de que ambas prácticas, el yoga y la meditación, nos han acabado llegando en su forma actual desde un contexto original muy diferente, en el que no eran prácticas para simplemente estar menos estresados, sino para liberarnos, para Iluminarnos, con mayúscula. Y el camino hacia esa Liberación no suele ser un camino de rosas, como podemos leer en las biografías de muchos personajes históricos supuestamente iluminados de muy diversas tradiciones, incluida la cristiana, que seguramente nos resultará más cercana pero no por ello necesariamente más conocida.

El segundo paso es reconocer que cada persona y circunstancia es diferente, y nada es absolutamente bueno y perfecto para todo el mundo. Es normal que un alimento, por muy saludable que sea en teoría, no nos siente igual a todos. O que un medicamento, por muy efectivo que sea, no tenga el mismo efecto en el 100 % de las personas. Del mismo modo, no podemos esperar que una técnica de meditación resulte igual en todos los que la practican. Un alimento muy sano nos puede dar una reacción alérgica, un medicamento hecho para sanar puede no solamente no hacerlo, sino provocar un efecto secundario adverso, y cierto tipo de práctica de meditación puede sentarnos mal si no es la adecuada para nosotros y el momento en el que nos encontramos.

El tercer paso es ser realistas y humildes, tanto alumnos como profesores. Somos simplemente personas, y ninguna persona es infalible, ya sea psicóloga con treinta diplomas en mindfulness o haya nacido en Oriente y lleve décadas siendo monja. Ni siquiera Buda lo era. Y que el profesional/profesor/maestro eche toda la culpa de una situación compleja al cliente/alumno/yogui tampoco soluciona nada. Para ilustrar este punto, me gustaría compartir una historia recogida en las escrituras budistas tempranas.

Cuenta el Vesali Sutta que en una ocasión Buda ofreció a los monjes un discurso sobre las ventajas y beneficios de cultivar la meditación en la repulsividad del cuerpo (asubha-bhāvanā). Tras ello, expresó su deseo de retirarse durante medio mes sin querer ser importunado.

Durante ese tiempo, los monjes se entregaron con fervor a la meditación en la repulsividad, llegando algunos de ellos a sentir tanta repugnancia y disgusto hacia su propio cuerpo que acabaron quitándose la vida.

Cuando Buda regresó de su retiro, notó que el número de monjes había disminuido considerablemente, y al preguntar sobre ello a su asistente Ananda, este le contó lo ocurrido.

Ante esta situación, Buda reunió a los monjes restantes para instruirles en otro tipo de meditación que seguro te resultará más familiar: la meditación de la atención plena en la respiración (ānāpānasati- bhāvanā).

¿Cuál fue la consecuencia de todo esto? Pues que ni Buda cayó en desgracia, ni tuvo ninguna palabra de menosprecio hacia los monjes que se habían suicidado. Lo que sí tuvo fue el sentido común para ver que una cosa no había resultado beneficiosa para esos monjes, y proponer otra que sí lo fuera. De hecho, en la tradición budista existen numerosos objetos de meditación; cada uno de ellos con unas características diferentes y más apropiados para un determinado tipo de persona, para una situación en particular o para superar un obstáculo en concreto. La meditación en la repulsión del cuerpo sigue formando parte de esa lista de objetos de meditación; puede ser útil en determinados casos y no tiene porqué llevar ni remotamente al suicidio a nadie.

Si eres de los que en algún momento ha sentido que la práctica de meditación le sentaba mal y eso te ha hecho sentir confundido y/o incomprendido, quiero que sepas que lo que te ha sucedido puede que no sea lo más común hoy en día, pero sí que es perfectamente normal. Si todavía te encuentras en esa situación, se debería investigar cuál es exactamente la causa del problema para poder encontrar una solución. Aunque dedicaré algunas entradas en el futuro a problemas concretos, hay algunas sugerencias que considero positivas en la mayor parte de los casos más frecuentes:

  • Reduce, cambia y/o pausa por completo tu práctica de meditación. Si te has desestabilizado o bloqueado, hay que intentar que no vaya a más. Si tu práctica es muy intensa, probablemente debas reducirla considerablemente o cambiar de tipo de meditación. En muchos casos la práctica de metta suele resultar beneficiosa. Si no queda más remedio, detén por completo tu práctica de meditación formal temporalmente, que no es ningún pecado.
  • Incluye la práctica de algún tipo de actividad física si no formaba ya parte de tu rutina diaria. Diversos tipos de ejercicio tienen efectos diferentes, pero lo más importante es que notes que te sienta bien. Prueba y cambia de actividad si es necesario hasta dar con la que necesitan tu cuerpo y tu mente. No importa lo simple o poco espiritual que te pueda parecer; deja de consultar por un momento a tu cerebro y tus creencias previas y en su lugar escucha a tu cuerpo en este momento y deja que él te guíe en la elección. Si puedes realizar la práctica física al aire libre y en contacto con la naturaleza, mucho mejor.
  • Busca ayuda externa, ya sea en la forma de terapeuta, maestro o amigo espiritual. Da igual el título de la persona, lo realmente importante es que te escuche de verdad, que comparta tu experiencia, y que te ayude a empoderarte y a encontrar las herramientas para sanar la situación. Si no encuentras a alguien que te ayude, siempre puedes investigar por tu cuenta, aunque sea más difícil y requiera de mayor esfuerzo.

Si la meditación nunca te ha causado problemas, me alegro sinceramente. En ese caso espero que este texto te ayude a abrirte a las experiencias de otras personas que pueden no haber sido tan afortunadas.

Y si es tu caso que has notado que la meditación te sienta mal y te encuentras desorientado, espero que esta lectura te sirva de primer paso para que puedas volver a caminar en la dirección adecuada lo antes posible.

Preparando la mente para meditar

Antes de que nos pongamos realmente a meditar, necesitamos prepararnos. En cualquier ocasión en que queramos hacer algo, necesitamos prepararnos para ello. Si te preparas de verdad para lo que vas a hacer, es sorprendente lo natural y fácil que se vuelve cuando lo haces. Igual que cuando el agricultor o jardinero que quieren cultivar, lo primero que hacen es preparar la tierra. Sin ese paso, simplemente arrojando las semillas, algunas puede que broten, pero es muy probable que se marchiten pronto y no lleguen a dar frutos. Puede que no crezcan adecuadamente porque la tierra carece de nutrientes, no retiene el agua de forma adecuada, o porque su consistencia no permita el desarrollo de las raíces.

Del mismo modo, la persona que quiere cultivar sus cualidades internas tiene que preparar la tierra. Ambas actividades tienen muchas similitudes. Puede que conozcas el significado de la palabra pali “bhavana”. Uno de sus significados es cultivar. Bhavana significa literalmente “hacer crecer algo”. La raíz de la palabra es “bhu”, que significa crecer. Cultivar algo implica que tienes la semilla (o la parte necesaria de la planta), por lo tanto tienes algo que cultivar. Si no tienes semillas, no puedes cultivar nada. Pero tener la semilla no es suficiente, tienes que preparar la tierra. Cuando preparas la tierra, lo primero que haces es quitar las malas hierbas, limpiar el terreno. Esto es algo que también debemos hacer en nuestras vidas. Es natural que aparezcan malas hierbas. Observa tu vida con detenimiento, tu estilo de vida, y descubre qué tipos de malas hierbas hay. Algunas puede que lleven mucho tiempo ahí y hayan desarrollado raíces fuertes, como por ejemplo un mal hábito, y que lleve tiempo arrancarlas. Quitar las malas hierbas, las piedras, o cualquier otro impedimento, es algo muy importante.

Si realmente te gusta hacer algo, no escatimes tu esfuerzo. Mucha gente pregunta cuánto tiempo tienes que permanecer sentado para desarrollar samadhi (concentración), cuánto necesitan meditar para alcanzar Nibbana. ¿Quién puede saberlo? Si realmente disfrutas haciéndolo, eres feliz simplemente por el mero hecho de hacerlo; esta felicidad te brinda mucha motivación. ¡Por favor, no regatees! La gente quiere dar lo mínimo posible y recibir lo máximo. Creo que esta actitud no es la adecuada, especialmente en lo que concierne a la meditación. También en otras áreas de tu vida, como en las relaciones; si quieres dar poco y recibir mucho, al final no obtendrás nada. La verdad es que recibes tanto como das. Si das poco recibirás poco, si te das completamente recibirás mucho. Cuando medites, mira profundamente dentro de tu mente. ¿Por qué estás meditando? ¿Realmente quieres hacerlo? Cuando hagas una cosa, sin importar lo que sea, tendrás que hacer algunos sacrificios, dejar de lado otras. Al igual que para sentarte a meditar o ir a un retiro, tienes que renunciar a algo.

Nuestra naturaleza humana es básicamente espiritual; dentro de nosotros tenemos bellas cualidades como la compasión, el amor incondicional, la atención plena, la paz mental. Ya tenemos las semillas y queremos cultivarlas.

No hay meditación mala

Todas las meditaciones que consideramos malas, en las que nos parece que no nos hemos podido concentrar, ni ha aparecido una gran paz mental ni sosiego, y que nos han dejado frustrados, son las que nos hacen ganarnos nuestro “sueldo”. Es como cuando vas el lunes al trabajo, y después de trabajar todo el día no te pagan. Pero vuelves el martes y trabajas todo el día. Y haces lo mismo el miércoles, el jueves, el viernes… ¿Son esos días de trabajo malos o inútiles? Seguro que al terminar no dices que has tenido un mal día de trabajo solo por el hecho de que no ha sido el día de cobrar. Sin embargo, al final del mes (de la semana, al finalizar el encargo que tengas…) te pagan y ese es un buen día.

Al igual que en el trabajo no esperamos que nos paguen todos los días, tampoco debemos esperar que nos paguen en todas nuestras meditaciones. En las meditaciones difíciles es donde nos ganamos el sueldo, son la razón de nuestro éxito. Cuanto más difícil sea la meditación, más fuerza estamos ganando, igual que cuando hacemos un entrenamiento físico. ¿A que tampoco esperamos que nos crezcan los músculos inmediatamente después de entrenar?

Todas esas meditaciones tienen un efecto acumulativo, y crean la inercia que nos llevará a ser más felices. Cuando hemos trabajado lo suficiente, tenemos una buena meditación. Y, en ocasiones, acumulamos tanto “crédito”, que nuestras meditaciones parecen todas buenas, y nuestra vida también parece permanentemente mucho mejor. Pero debemos recordar que es en las meditaciones «malas» donde nos hemos ganado todo eso.

No hay meditación mala

Meditacion buena ; ) en Yogaconmigo, Lavapiés

  • Por qué meditar

Por qué meditar

Los seres humanos queremos ser felices y no sufrir, y la meditación es el medio más efectivo para cultivar las causas internas que producen la felicidad y erradicar las causas internas que producen el sufrimiento.

Por qué meditar

Meditar tiene numerosos beneficios físicos. Las nuevas tecnologías revelan que una práctica regular de meditación a lo largo de varios años tiene efectos positivos tanto en la estructura como en la función cerebral. Meditar reduce el estrés, y esto a su vez refuerza el sistema inmunológico, dando como resultado una disminución en la frecuencia y severidad con la que enfermamos. El entrenamiento de la mente desarrolla la habilidad de dejar ir estados mentales tóxicos, reduciendo por lo tanto los factores psicosomáticos involucrados en las enfermedades físicas. Habiendo cultivado la habilidad para calmar la mente, los meditadores son capaces de gestionar con destreza los sentimientos de depresión, ansiedad y miedo que a menudo acompañan a la enfermedad. Esa destreza reduce el sufrimiento mental presente en la convalecencia física y acelera el proceso de curación. Cuando la vida llega a su fin, los meditadores experimentados son capaces de abandonar el mundo en paz.

La primera tarea para un meditador es aprender a mantener una atención sostenida sobre un objeto. Esta acción pone de manifiesto la forma normal de proceder de una mente sin entrenar, y puede enseñarnos a identificar y manejar estados mentales de distracción y confusión, así como a cultivar otros que nos nutran. Una habilidad muy valiosa que se aprende llegados a este punto es el control de los impulsos, uno de los predictores más significativos del éxito en todos los ámbitos de la vida. La calma y la sensación de bienestar que resultan de la meditación nos conducen a una autonomía interior. Como resultado, el ansia y la necesidad de buscar placer a través de los sentidos disminuye, y comportamientos dañinos (los adictivos, por ejemplo) son abandonados con convicción y sin pesar. Pensamientos basados en la generosidad y la bondad surgen en la mente de manera natural y con mayor frecuencia.

La mente que ha sido bien entrenada en la meditación posee la suficiente fuerza y claridad para percibir la verdadera naturaleza de las cosas como una experiencia directa. Ver las cosas bajo esta luz nos permite deshacernos de las asunciones erróneas y los apegos que son la raíz del sufrimiento humano. Finalmente, la meditación nos dirige al despertar y a la completa liberación del sufrimiento y sus causas, y a una mente pura y sin obstáculos en sus funciones, repleta de sabiduría y compasión.

  • Meditación

Qué es la meditación

La meditación es una palabra y, por más trivial que pueda parecer, como personas diferentes utilizan las palabras en sentidos diferentes, es muy importante distinguir con exactitud lo que una persona concreta quiere decir cuando utiliza una determinada palabra.¹ Empecemos por lo que nos resulta más cercano y vayamos explorando los diferentes significados de meditación.

Meditación

La definición de meditación según la Real Academia de la Lengua es:

meditación

Del lat. meditatio, -ōnis.

1. f. Acción y efecto de meditar.

meditar

Del lat. meditāri.

  1. tr. Pensar atenta y detenidamente sobre algo.

Ahí tenemos la definición oficial de meditación en castellano. Pero, ¿lo de la meditación no va de dejar la mente en blanco o algo parecido? Dejar la mente en blanco y “pensar atentamente” no parecen lo mismo, sino más bien lo contrario. Lo que define el diccionario como meditar y la idea de meditar que ahora está tan de moda no concuerdan. ¿De dónde viene esa discordancia? Pues de una diferencia cultural/religiosa.

En la tradición judeocristiana existen dos prácticas meditativas: el rezo y la contemplación. Al rezar, nos dirigimos directamente a una entidad espiritual. Al contemplar, dedicamos un prolongado espacio de tiempo a pensar atenta y detenidamente sobre algo (aquí vemos de dónde viene la definición de la RAE), generalmente sobre un ideal religioso o un pasaje de las Escrituras.

Sin embargo las técnicas de meditación que han ganado más popularidad en los últimos años vienen de otra parte del mundo. El mindfulness, el vipassana, el zen los hemos traído de Oriente, de una cultura y una religión diferentes a las nuestras. ¿Por qué hemos traído y adoptado esas prácticas? Su auge ha coincidido con un aumento en nuestro uso de otras palabras como estrés, ansiedad, depresión… vivimos con más bienestar material pero aun así experimentamos desasosiego, insatisfacción y sufrimiento. Y por eso estamos adoptando (y adaptando, haciéndolas nuestras) esas prácticas de origen budista.

Hay muchas cosas en la vida que están más allá de nuestro control. Sin embargo, es posible hacernos cargo de nuestros propios estados mentales, y cambiarlos a mejor. Según el budismo eso es lo más importante que podemos hacer, y nos enseña que es el único antídoto para nuestras penas, ansiedades, miedos, odios y para aliviar la confusión general que aqueja a la condición humana.

En pali, la lengua usada por Buda, no hay una palabra concreta para meditación. El término que se utiliza es bhāvanā, que significa cultivar. La meditación budista consiste de varias técnicas y métodos para desarrollar o cultivar estados mentales saludables y abandonar estados mentales nocivos, de forma que se asientan los cimientos que permiten, a su vez, el cultivo de la sabiduría. Aunque los estados mentales de tranquilidad pueden suprimir con éxito y durante largos periodos de tiempo los estados mentales nocivos, solo la facultad de la sabiduría, el conocimiento directo de cómo funciona nuestra mente, puede arrancarlos de raíz.

Las prácticas de meditación budista enfatizan y desarrollan la concentración y una visión clara de la verdadera naturaleza de las cosas. Estableciendo una práctica de meditación, aprendemos los patrones y hábitos de nuestra mente, y reconocemos nuevas y más positivas formas en las que esta puede funcionar. Con trabajo constante y paciencia, estas experiencias pueden tener un efecto transformador y llevarnos a una nueva forma de entender la vida.

¹ Gunaratana, Bhante Henepola; El libro del mindfulness; (Barcelona), Kairós, (2012).