Eligiendo nuestro objeto de meditación
Cuando meditamos, elegimos donde dirigir (o no dirigir) nuestra atención. Una de las prácticas meditativas más comunes es la de prestar atención de forma continuada a lo que llamamos un objeto de meditación.
Cada tradición meditativa utiliza unos objetos de meditación determinados: visualizaciones, mantras, la compasión, el amor incondicional, la respiración… Aunque cada uno de esos objetos tiene unas características particulares, aplicar la mente de forma constante a cualquiera de ellos nos va a ayudar a desarrollar nuestra concentración (entendida como estabilidad de atención) en cierto grado.
Ahora bien, si voy a comenzar a meditar, ¿qué objeto de meditación elijo? Antiguamente, era común que el maestro asignara un objeto de meditación al alumno. Pero no es imprescindible otra persona para saber qué objeto de meditación usar en nuestra práctica, simplemente tener claros los criterios a la hora de elegir uno.
El primer criterio es que queremos un objeto de meditación que podamos percibir con suficiente claridad. Me pregunto a cuanta gente le habrán pedido que observe la respiración en la punta de la nariz o en el abdomen sin que fueran capaces de percibir nada en esa zona. Puede ser que al poco tiempo de llevar la atención al lugar que nos han indicado comencemos a notar la respiración allí, pero también puede suceder que sigamos sin notar nada, o que lo que notemos sea muy sutil.
Si no percibo nada o mi objeto de meditación es demasiado sutil, es problable que mi mente vaya a buscar otros estímulos y se distraiga, o que me quede dormido o en una especie de trance. Por otro lado, si fuerzo demasiado la atención a permanecer ahí buscando la respiración, es posible que comience a acumular tensión física y mental. Ambas cosas harán que me frustre con mi práctica de meditación.
El segundo criterio es que mi objeto de meditación resulte suficientemente agradable para que mi mente esté dispuesta a trabajar con él y se vaya calmando. Esto no quiere decir que el objeto de meditación tenga que ser muy atractivo o tremendamente interesante. De hecho es muy probable que, por ejemplo, la respiración me resulte aburrida por momentos, o incluso que me genere algo de incomodidad cuando empiezo a observarla. Pero si puedo permanecer suficientemente ecuánime, a lo mejor me es posible experimentar esa incomodidad desde un nuevo lugar, y estar con ella hasta que desaparezca o ya no llame mi atención, y continuar observando la respiración con la mente en calma. Ahora bien, si esa incomodidad se convierte en ansiedad y me desborda, o trae consigo otros estados mentales perjudiciales cada vez más fuertes, es mejor que elija otro objeto de meditación.
Esto último es muy importante: que mi meditación no me haga generar o desarrollar estados mentales perniciosos (parte del «esfuerzo correcto» que comentaba en el Noble Óctuple Sendero). En ocasiones, con la mejor de las intenciones y sin ser totalmente conscientes, porque aunque seguro habrá señales que nos lo indiquen, no queramos escucharlas, en el intento de desarrollar la concentración (samadhi) o la visión clara (vipassana), podemos estar alimentando nuestro deseo con apego, algún tipo de aversión, o desestabilizándonos. Si se diera ese caso, deberíamos revisar nuestra forma de relacionarnos con ese objeto de meditación, cambiar de objeto o técnica meditativa, y/o utilizar otras herramientas durante un tiempo.
En las próximas entradas explicaré tres recursos básicos y complementarios que, en mi experiencia, ofrecen una base sólida para comenzar a desarrollar nuestra práctica meditativa: la atención plena en la respiración (anapanasati), la meditación caminando y la meditación en el amor incondicional (metta).