Desarrollando la sensibilidad: la ley de Weber-Fechner y su relación con el yoga

La Ley de Weber-Fechner debe su nombre a dos científicos que, en el siglo xix, describieron la relación entre la magnitud de un estímulo y la capacidad humana para percibir cambios en dicho estímulo. Aunque con el paso del tiempo la investigación ha demostrado que esa ley no es exactamente precisa en todos los casos, el principio permanece siendo cierto.

El descubrimiento que hizo Weber era que una persona puede, generalmente, notar la diferencia entre dos pesos si estos difieren en 1 o 2 partes de 30. Se entiende mucho más fácil con un ejemplo: si tienes los ojos tapados y sostienes un peso de 30 gramos en la palma de tu mano y yo añado algo que pese más de 1 o 2 gramos, serás capaz de notar la diferencia. Pero si lo que agrego pesa menos de 1 o 2 g, no notarás el cambio.

desarrollando sensibilidad yoga

El punto importante es que nuestra habilidad para notar la diferencia es relativa a la magnitud del estímulo, en este caso el peso. Para que quede claro: no significa que puedas percibir un cambio de un gramo. Si sostuvieras 300 g en tu mano entonces yo tendría que agregar al menos 10 o 20 g para que pudieras sentir la diferencia. En ese caso un incremento de 1 o 2 g sería imperceptible. Si sostuvieras 30 kg y te añadiera 1, 10 o incluso 100 g, no notarías nada, necesitaríamos añadir 1 o 2 kilos para que lo sintieras.

Weber también descubrió que la gente podía notar visualmente la diferencia entre la longitud de dos líneas si estas diferían en 1 parte de 100, independientemente de la longitud absoluta de las líneas. Por lo tanto, nuestra capacidad para notar cambios o diferencias depende del tamaño de lo que estemos intentando percibir.

Este concepto es de inmensa importancia en el proceso yóguico, y puede considerarse como el principio que guía la sistematización del yoga en los “ocho miembros”, según se describe en los Yoga Sutras. Es, posiblemente, el principio rector más importante que se ignora en la mayoría de los sitios hoy en día a la hora de enseñar y practicar yoga. Y es exactamente este concepto el que conduce a experimentar con claridad el sutil funcionamiento interno de la mente y el cuerpo, el que llevó a los sabios a sus descripciones de los nadis y chakras en la antigua India, o al sistema de meridianos en China. Sin este entendimiento, los ocho miembros del yoga pueden parecer prácticas separadas y complementarias, en lugar de un sistema claro para progresar de la percepción bruta a la percepción refinada, la que es capaz de sentir los más profundos niveles del complejo cuerpo-mente.

Repasemos cuáles son esos ocho miembros del yoga:

  1. Yama: no-violencia, veracidad (no mentir), no robar, abstinencia sexual (¡esta es controvertida!) y desapego. Básicamente: abstenerse de (o reducir gradualmente dependiendo de los objetivos o de la etapa en la que esté cada uno en su práctica) las actividades que tienden a perturbar la mente.
  2. Niyama: limpieza física y mental, completa satisfacción, disciplina, estudio y “rendirse a Dios” (también dejaré esta aparte por ahora). De nuevo, básicamente: hacer cosas que tiendan a contribuir a la paz mental.
  3. Asana: hacer que el cuerpo sea estable, la postura cómoda y dejar ir la tensión.
  4. Pranayama: permitir que el movimiento de la respiración se vuelva lento y suave, sentir la conexión entre todos los diferentes procesos respiratorios y las fluctuaciones mentales, descubrir gradualmente los más sutiles movimientos del cuerpo que tienen lugar “bajo las olas” de la respiración.
  5. Pratyahara: “retraimiento de los sentidos”, en el cual la atención ya no se implica con la información sensorial externa.
  6. Dharana: fijar repetidamente la atención en un objeto (concentración).
  7. Dhyana: mantener la atención fija en un objeto de forma ininterrumpida (absorción).
  8. Samadhi: absorción total de la mente en el objeto de concentración hasta el punto de que la sensación de uno mismo como sujeto se desvanece gradualmente para, eventualmente, desaparecer por completo.

Notemos que en los Yoga Sutras, un texto reconocido mayoritariamente como la descripción más exhaustiva y sistemática del proceso del yoga, ¡asana y pranayama se describen como métodos para reducir las fuertes sensaciones que perturban la mente! No hay mención alguna de espectaculares ejercicios gimnásticos, o de curar enfermedades, ni respiración de fuego o bhastrika; todo esto son ejercicios suplementarios, prácticas útiles pero no el verdadero funcionamiento del yoga propiamente dicho. ¿Por qué no? Porque no irán, ni podrán llevarnos, a las verdaderas profundidades de nuestro cuerpo-mente: solo reduciendo los estímulos fuertes podremos hacer que la mente sea suficientemente sensible para percibir los procesos fisiológicos más sutiles y sus conexiones con el aún más sutil funcionamiento de la mente.

La inestabilidad y el malestar físicos son sensaciones fuertes. El reducirlas nos permite sentir procesos más sutiles que tienen lugar dentro del cuerpo. Una vez los movimientos externos del cuerpo han cesado y la tensión física más bruta ha disminuido, los movimientos más amplios que tendrán lugar y que producirán las sensaciones más fuertes vendrán siempre de la respiración, y nos daremos cuenta rápidamente de la íntima conexión entre las fluctuaciones de la mente y los cambios en los movimientos y las sensaciones de la respiración. Suavizar y ralentizar los movimientos de la respiración permite gradualmente a la mente el volverse más sensible al mundo de los más pequeños movimientos internos que están sucediendo constantemente en el cuerpo, como el latir del corazón y el ritmo del flujo sanguíneo a través de las venas y arterias, y la atención a los espacios entre las respiraciones y los latidos del corazón revelará un mundo de procesos fisiológicos aún más pequeños que se producen a un nivel incluso más imperceptible: mundos de increíble profundidad y detalle llenos de rápidos y sucesivos microcambios en el tono dérmico y muscular, de abrir y cerrar pequeños capilares, todo ello sucediendo en respuesta al constante cambio del entorno externo según lo percibimos a través de los sentidos, del entorno interno percibido por el sentido interoceptivo, y del entorno mental a medida que diferentes pensamientos y grados de “apego-aversión” fluyen por la mente. Esta sensibilización respecto al infinito mundo del movimiento interior (los fisiólogos dicen que un humano adulto tiene aproximadamente 10 billones de células vivas) desarrolla de forma natural niveles de pratyahara cada vez mayores. Fijar la atención (dharana) en diferentes partes del cuerpo desarrolla en grado aún mayor la sensibilidad a los cambios internos y sus conexiones con los cambiantes estados mentales (ya que el acto de concentrar la atención incrementa el nivel de detalle que podemos percibir en el objeto mientras que, simultáneamente, inhibe la intrusión de otra información sensorial en nuestro campo de atención), e induce a niveles más profundos de pratyahara, a una respiración más refinada y sutil, y a la habilidad de notar y ajustar los más ínfimos cambios en la estabilidad y comodidad de la postura.

Enlace a la publicación original en ingles: http://ancestralmovement.com/wp-content/uploads/2011/11/Developing-sensitivity1.pdf

Anatomía expresada: Anatomía del Equilibrio

Simplificando, tienes dos opciones cuando se trata de equilibrio. La primera y, desafortunadamente la que mucha gente aprende en yoga, es concentrarse en “hacer” el equilibrio. La segunda consiste en que el equilibrio “suceda”. En la segunda opción, tu mente está libre para observar el proceso que se desarrolla. Esta opción te ofrece la posibilidad de presenciar un proceso que puede ser muy relevante en tu vida; por ejemplo, si adoptas estrategias limitantes cuando te sientes desafiado, cuando te desequilibran o te sacan fuera de tu zona de confort. En esencia, e irónicamente, puedes empezar a reconocer cuanto puede que estés interfiriendo con la capacidad natural de tu propio cuerpo para sostenerte cuando te encuentras con estos desafíos. Entender como nos interponemos en nuestro propio camino es uno de los grandes aprendizajes de la vida, pero no necesitamos esperar a ser viejos para que esto se convierta en una irónica conclusión.

Un truco habitual que aprendí en yoga hace muchos años para mantener el equilibrio fue el de concentrarme en un punto fijo; el problema con esta técnica es que tiende a provocar una sobre-estabilización. De manera que puedo sentirme muy estable, pero hay un gran precio a pagar por ello que es fácil de pasar por alto en ese momento. Esto se traduce en que zonas como las caderas, la parte posterior del suelo pélvico y los pilares del diafragma (¡incluso algunas más!) serán reclutadas para sujetar y estabilizar. Las consecuencias de ello son enormes y podría escribir un libro entero sobre el tema. De hecho, pierdo mi equilibrio interior y me agarro al exterior para encontrar soporte, lo que crea una gran singularidad en la relación; me aferro a ti para tener mi estabilidad. Te sugiero que la próxima vez que intentes una postura de equilibrio lo hagas con un amigo, y a la vez que haces la postura le hables, no sobre lo que estás haciendo en ese momento, sino sobre cualquier otra cosa que no esté relacionada. Después pregúntale sobre la diferencia que ha experimentado. Mejor no contarles de antemano el ejercicio para obtener un feedback más objetivo.

El porqué esto ocurre es sencillo; la visión focal exclusiva (concentrarse en un sólo punto) tiende a inhibir el órgano del equilibrio y tu cuerpo se agarra/contrae, porque cree que se va a caer. Puede que tenga la sensación de que he bloqueado todos los ruidos y perturbaciones, pero este es un estado mental “exclusivo” que usualmente no me sirve para relacionarme con el mundo . De hecho puede crear más dudas, ya que no me llega información suficiente.

Por lo tanto debemos entender lo que estas elecciones realmente significan en cuanto a nuestra capacidad para movernos y expresarnos en el mundo. Después de todo, en la vida real raramente nos relacionamos con la gente mientras estamos en una postura de yoga. ¿Queremos relacionarnos desde un punto de vista tan fijo? ¿Nos ayuda en realidad a tener el espacio necesario para ver “al otro” nuevamente en cada momento y a darnos también el espacio para reevaluarnos a nosotros mismos? Hay una especie de terca insistencia hacia esta actitud fija, como si fuéramos niños pequeños, que en la mayoría de los casos no nos sirve en las relaciones adultas; de hecho nos hace más vulnerables a la manipulación.

Cuando adoptamos esta técnica de “hacer” el equilibrio, podemos estar aprendiendo de forma inadvertida a reclutar los pilares del diafragma. ¿Qué significa esto? Pues que, a menos que estés haciendo algo extenuante, no necesitas estos pilares para estabilizar tu zona lumbar, necesitan estar libres para la respiración, lo que incluye también tu voz y tu expresividad. Cuando se ven reclutados de forma rutinaria en este proceso de sobre-estabilización, puede significar que aprendes también a quedarte bloqueado en una respiración “simpática”, a respirar como si te estuvieras contrayendo porque se percibe una amenaza.

Cuando elegimos la segunda opción, ya esté ocurriendo el proceso de equilibrio o no, tenemos la posibilidad de observar algo bastante extraordinario. Este es, por supuesto, un proceso muy personal, pero comúnmente se desarrolla de la siguiente manera: a medida que entramos en la exigente postura de equilibrio, comenzamos a pasar al modo de respuesta “lucha o huída” (fight or flight), nos paralizamos; creemos que tenemos que concentrarnos más para acallar la mente y utilizar nuestra técnica de equilibrio. Esta estrategia ocupa nuestra mente y, aunque podamos ser capaces de bloquear suficientemente el ruido exterior, es poco probable que mantengamos la presencia necesaria para apreciar honestamente lo que está sucediendo, por lo que no entendemos el precio que pagamos por esta estrategia y lo que significa cuando nos encontramos en una situación similar en nuestra vida cotidiana. Puede que nos sintamos tranquilos y estables pero, ¿qué pasa si el viento cambia y tenemos que responder inmediatamente? ¿Y si necesitamos nuestra mente disponible para relacionarnos o simplemente para estar presentes? Nuestra relación con el mundo nunca permanece estable, estamos constantemente renegociándola; este es un profundo hecho que no debemos perder de vista durante mucho tiempo. Hay una especie de sobre-actividad “de arriba a abajo”; si escuchas, puede que sientas esto como mucho ajetreo, mucha actividad, en el área cortical de tu cerebro. En su lugar, permite que tu cerebro se relaje y esponje, y puede que experimentes cómo la información puede viajar más libremente. Una tensión crónica de estas estructuras puede tener consecuencias de amplio espectro.

Sin embargo, cuando elegimos entrar en el proceso de que el equilibrio “suceda”, nuestro equilibrio será una expresión honesta de la estabilidad de nuestra relación con el mundo, nuestra presencia, en lugar de nuestra habilidad para pensar que estamos en control. Es una experiencia frecuente que, cuando nos retraemos, desconectamos, dejamos de recibir información sobre “el otro” y nosotros en relación, que sentimos la necesidad, el ansia de controlar. Es útil aprender a reconocer esta respuesta y es algo que las posturas de equilibrio (que probablemente deberíamos renombrar) nos pueden ofrecer. Por lo tanto el equilibrio es un proceso y no algo que necesitamos hacer. Una vez más puede ser provechoso, en lugar de intentar planificar una “corrección política” en nuestros cuerpos, entender que nuestro sistema está simplemente ayudándonos a apreciar donde está nuestra mente, cuanta presencia o soporte tenemos.

La diferencia entre estás dos elecciones es un reflejo de nuestra sociedad y nuestra historia, el yoga ha sido coloreado por la sociedad y la cultura, pero también es una oportunidad para reevaluar nuestras metas y nuestros métodos. Hace mucho tiempo, especialmente alrededor del Renacimiento, decidimos que necesitábamos dominar y controlar la naturaleza, nos separamos a nosotros mismos del resto de la vida que hay sobre este planeta. Puede que sea la hora de replantearnos esta elección y preguntarnos si es una elección bien fundada, una con la que deseamos conformarnos. Antes de pensar que tenemos que dominar y controlar, es útil aprender a respetarnos a nosotros mismos y al mundo. Los equilibrios pueden conectarnos de nuevo con un proceso que está vinculado a una expresión elemental de la vida de este planeta, la homeostasis, algo que parece que hemos reducido a un control pseudo-sofisticado. El yoga nos ofrece la habilidad de liberarnos de la esclavitud de nuestra sociedad de consumo, de empezar a entender lo que significa ser un ser humano en este planeta hoy en día, para lo cual parece haber una necesidad acuciante. Si te gustaría descubrir lo que debes hacer, aprender a escuchar y a estar en relación con el mundo en cada momento es una forma de hacerlo. Para la mayoría de nosotros, esto también significa empezar a reconocer cuando nos estamos retirando, evadiendo, de esta relación. No es que esto sea esencialmente bueno o malo; a veces necesitamos retirarnos del mundo exterior o de una relación, pero cuando se convierte en lo habitual, cuando es una respuesta inamovible que hemos aprendido, el yoga puede apoyarnos en el proceso de reencontrar nuestra humanidad, de no sentirnos tan impresionados por la confusión que nos rodea. Esta experiencia es notar que despiertas un soporte más “de abajo a arriba”, hay más actividad en las partes más primitivas de tu cerebro, como el tronco del encéfalo y el cerebelo (el cerebro reptiliano), de forma que el área cortical se encuentra más calmada y libre para asuntos como la presencia, el humor, la inspiración, la creatividad, o cualquier otra cosa para la que esté diseñada en realidad.

Esta es una profunda diferencia. Existe la oportunidad de descubrir verdaderamente para lo que está hecha tu mente, en lugar de interferir con tu experiencia. De esa manera puedes tomar decisiones de forma más fundada sobre el modo en que actúas. Podríamos decir que la segunda opción es un proceso más honesto, es la posibilidad de empezar a ocuparse de la realidad que es y de dejar ir la necesidad de controlar.

Intenta añadir posturas de equilibrio en tus saludos al sol, de forma que entres y salgas de ese tipo de posturas directamente hacia/desde la postura ecuestre (lunge). Prueba a cantar suavemente a la vez que lo haces para comprobar que la respiración está disponible para la expresividad.

La confusión sobre este proceso está incluso expresada en nuestro lenguaje; en que ahora vamos a “hacer” una postura de equilibrio. La mayoría del proceso de equilibrio “sucede” en tu cerebro reptiliano, que necesita recibir información momento a momento sobre dónde te encuentras, y hacerlo desde tu órgano del equilibrio, tus pies y tu visión periférica. Entonces es cuando despertamos el soporte que necesitamos para estar presentes, liberando la mente.

De forma que necesitamos aprender a cuestionar todas las instrucciones que hemos heredado, muchas de ellas son equívocas y no están bien fundadas. El yoga no es una ciencia de información estática; mediante un proceso continuo de reevaluación puede continuar evolucionando y servirnos en nuestras vidas actuales. De esta forma no perderemos el contacto con lo que es más esencial y relevante en este tipo de prácticas. Todas las técnicas necesitan ser cuestionadas, si no podemos establecer una conexión con nuestra vida y nuestras relaciones (el significado más profundo suele pasarse por alto) a menudo se convierten simplemente en rodeos para permitirnos “hacer” una postura. Este hecho puede ser controvertido para la mayoría de estudiantes y profesores, pero nos ofrece la posibilidad de conectar con un propósito y un significado más profundos en nuestras vidas, una forma de encontrar la acción adecuada en todas nuestras relaciones. Todas las relaciones necesitan ser renegociadas con regularidad; la vida, el mundo ahí fuera y nuestro mundo interior están cambiando constantemente. Las ideas, técnicas y principios que permanecen fijos nos pueden proporcionar una sensación temporal de seguridad, pero no nos servirán para toda la vida. Por lo tanto el yoga nos presenta de forma habitual la oportunidad de dejar ir esa necesidad de aferrarnos al control y a los artilugios, y en su lugar empezar a identificar y a ocuparnos de lo que se manifiesta en el momento presente. Todos tenemos mucho bagaje con el que lidiar, tanto personal como colectivo; conectar con lo que significa ser un ser humano en los niveles más elementales nos puede servir de apoyo para encontrar claridad, para mudar toda la desinformación y las distorsiones tanto de nuestro propio pasado como aquellas que hemos heredado. Ser libres de actuar en el mundo de una forma que tenga más significado y propósito, para responder a una pregunta que nunca tiene fin; ¿qué tengo que hacer ahora?

Anatomía del equilibrio

Esta foto es increíble; el pescador se equilibra sobre una barca muy inestable, muy estrecha y poco profunda, a la vez que conversa con otro pescador que se encuentra fuera de escena, está sobre una pierna, remando y estabilizando la barca con la otra, y al mismo tiempo manejando su red de pesca. Aquí tenemos a un verdadero yogui. Tiene el perfecto equilibrio entre estabilidad y movilidad, está respondiendo en cada momento a circunstancias y necesidades cambiantes, está en relación con el mundo a cada instante.

Podéis encontrar el texto original en inglés en la página de Facebook de Leo Peppas. Leo lleva casi 30 años enseñando yoga y movimiento. Actualmente está escribiendo una serie de libros de yoga, impartiendo formaciones y talleres, y haciendo de mentor para otros profesores de yoga.

La Rueda: mi vida en 23 posturas de yoga

Hace unos días, seleccionando libros para una próxima mudanza, descubrí uno en mi estantería con un montón de papelitos asomando en forma de marcapáginas: La Rueda: mi vida en 23 posturas de yoga. Lo cogí e intenté identificar las palabras concretas que hicieron que pusiera allí esos trozos de papel hace unos años. Os dejo aquí una selección de ellas, por orden de aparición en el libro:

“Sin embargo, una clase de yoga me superaba. Como a todo el mundo, me aterraba la idea de meterme en una habitación llena de gente a la que el yoga le resultaba fácil. No tenía ni idea de que solo muy de vez en cuando te encuentras con una sala entera de gente que sabe hacer yoga. Y cuando te pasa, suelen ser imbéciles.”.

“Primero nos tomamos la pierna derecha, meciéndola adelante y atrás en los brazos y disfrutando de la agradable y desconocida sensación de notar los bíceps (los bíceps no pintan gran cosa en el yoga). Luego empezamos a subir el talón derecho hasta poder inclinar hacia delante la cabeza y, todos a una, colocar el pie derecho detrás de la nuca.

No era como pensábamos que acabaríamos al llegar esa noche a clase de vinyasa. Nos miramos entre risitas. Estábamos cómicos.

Nuestra profesora nos sonrió, pero sin traicionar su personaje, si es que era tal. “Respiren la sensación”, dijo, y nosotros inhalamos y exhalamos. Lo habíamos olvidado. Era cierto: cuando respirábamos sentíamos más. Cuando literalmente haces un nudo con el cuerpo, solo puedes respirar: respirar la sensación. Detenerte, tomar aire y descubrir lo que sientes de verdad.

Al rato, dejó de ser divertido y parecía llegado el momento de parar. Nuestra profesora habló con voz hipnótica.

– Quizá estén incómodos. Si es hora de parar, es hora de parar. Pero si pueden, sigan así. ¿Qué es la incomodidad? ¿Qué se siente? ¿Es dolor o simplemente no están familiarizados con la situación? No es un mal lugar para estar. Relajen hombros.

Un asiento incómodo. Justo lo que faltaba a los ejercicios. Quietud. En ello estaba, y daba miedo. Me sentía increíblemente incómoda y no podía evitarlo. No podía moverme más rápido ni concentrarme en la siguiente transición. No había tarea que completar, reloj que mirar, niño que acunar, cena que cocinar, madre a la que llamar, marido triste al que animar, amigo al que consolar, padre al que escuchar, colegio que limpiar, coche al que llenar el tanque, plazo de entrega que cumplir, editor al que tranquilizar. Solo había incomodidad.

Durante años, el yoga había sido el único sitio donde prestaba atención a cómo me sentía. Hacía las posturas y, justo en ese instante, las sentía. Cuando hacía la paloma, sentía la cadera derecha, notaba que me decía algo: que empezara a llevar a los niños en la cadera izquierda de vez en cuando. Las posturas me transmitían información real. Mi mente intentaba perderse por lo que debía o debería hacer, pero las posturas la retenían, la obligaban a quedarse en ese momento donde estaba. No siempre, pero con la asiduidad suficiente.

Entonces empecé vinyasa. Porque lo hacían las tías agradables. Porque salmodiaban. Porque tenía la necesidad constante de progresar con el yoga, de avanzar, de mejorar. Y al consagrarme al vinyasa abandoné la única cosa por la que el yoga me funcionaba: quedarme quieta, en sintonía con lo que sentía. Fran había intentado enseñármelo, pero lo había abandonado por mis ganas de “mejorar”.

Intenté respirar. Noté una sensación que irradiaba de la cadera derecha. Noté algo más y lo reconocí, como un barco en el horizonte: alivio. Por fin notaba mi propia incomodidad, mi incapacidad para estar a gusto en el mundo. Incomodidad, ansiedad, pavor… acechaban desde hacía tiempo y las había esquivado, me había alejado corriendo de ellas tan veloz que no podían manifestarse.

Seguí allí sentada con el pie detrás de la nuca, como una imbécil. ¿Quién se lleva el pie a la nuca?

Me quedé sentada y comprendí lo siguiente: era muy infeliz, mucho.”.

“- Aquellos de ustedes que vengan mal con el yoga, están en el lugar adecuado. Confío en que todos se permitan hacerlo muy mal hoy, alejarse de la perfección. El verdadero yoga no radica en la postura perfecta; en la postura mala, sientes de verdad. Quieres sentir de dentro afuera, más que conseguir la perfección de fuera adentro.

Hicimos una savasana extralarga, lo que me pareció muy Naropa. Estaba claro que la savasana era importante allí. Nos acostamos de espaldas en el suelo del gimnasio.

El gimnasio era una caja rectangular enorme y espaciosa, llena de luz. El suelo estaba plagado de colchonetas. No solo había estudiantes, también habían acudido profesores y oficinistas en su descanso para almorzar. Era mi clase favorita de yoga: llena de todo tipo de personas de constituciones y edades diversas.

Mi colchoneta estaba sucia. ¿La había lavado alguna vez? No creo. La froté con los dedos y encontré una aguja de pino. El hueso de mi nuca presionó contra el suelo; giré un poco la cabeza a un lado y a otro, notando la forma del bulto.

La persona que tenía junto a mí resoplaba y hacía ruiditos como si fuera a dormirse, lo que me pareció muy agradable. El profesor caminaba por la sala. Oía sus pasos. Empezaba a secárseme el sudor y pasárseme el calor. Recogí la sudadera de al lado de la colchoneta intentando no hacer ruido y me la extendí sobre el pecho.

Permanecí echada, sintiendo el polvo en la nariz y el agradable peso de la sudadera sobre el pecho. Y comprendí que estaba meditando. No había nada que temer acechando bajo la superficie. Allí solo había… esto. Esta realidad.

De pronto se me ocurrió algo: ¿y si lo contrario de bueno no era malo? ¿Y si lo contrario de bueno era real?”.

A mí me regaló el libro una compañera cuando hice el curso de profesor de yoga, y creo que ha llegado el momento de regalárselo a otra persona. Si te apetece leerlo, solo tienes que dejarme un comentario en esta entrada diciéndome cuándo vas a venir a clase y te lo llevo.

La Rueda: mi vida en 23 posturas de yoga

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Yoga Puerta del Sol

En abril las clases de yoga tienen lugar en pleno centro de Madrid, muy cerca de la Puerta del Sol, concretamente en la calle Arenal, 9. Por favor, si vas a venir por primera vez, lee todo el texto hasta el final antes de venir o de preguntar. Las clases son de Hatha Yoga, duran una hora y cuarto, y   A continuación tienes todos los detalles:

Horarios:

Lunes y miércoles de 20:30 a 21:45

Martes y jueves de 10:30 a 11:45

Domingos de 19:30 a 20:45

Pinchando aquí puedes ver los horarios en Google Calendar.

Como llegar:

La dirección es calle Arenal 9, 2ª planta. Al entrar en el edificio, puedes coger el ascensor que está a mano izquierda. Una vez en la segunda planta, según sales del ascensor, la sala está al fondo a la izquierda (es La Sala de Yoga con Cris). Metros más cercanos: Sol, Ópera, Callao.

Antes de la clase

Todas mis clases son abiertas, lo que significa que no hay reservas, sino que se van ocupando plazas según el orden de llegada. Puedes asistir independientemente de tu nivel o experiencia en yoga.

Trae ropa que te permita moverte con total libertad y, preferiblemente, tu esterilla de yoga. Si no tienes esterilla, puedes usar las que hay en la sala.

Ven con tiempo, la sala no está a pie de calle y puede que tardes unos minutos en encontrarla. Si vienes a una clase de los lunes o miércoles por la tarde, no esperes justo al lado de la sala. Los de la clase anterior terminan justo antes de que nosotros entremos. Si estamos en la puerta y nos suena el móvil, nos ponemos a hablar o hacemos cualquier otro ruido aunque sea sin querer, les estamos arruinando la parte más importante de su clase de yoga: la relajación.

Hay cuartos de baño donde podéis cambiaros.

Al entrar en la sala

Deja tus cosas (zapatos, mochila…) en el mueble blanco que tienes a la derecha según entras. Hay ganchos en esa misma pared para dejar los abrigos. Si no tienes esterilla, coge una del mueble grande de madera (no de las que has visto en el escaparate, esas ya tienen dueño). Hay bloques y cintas disponibles para hacerte las posturas más accesibles. No dudes en cogerlos y dejarlos a tu lado por si los necesitas en el transcurso de la clase. Están en el mismo mueble que las esterillas.

Si tienes el cuello sensible, recomiendo que te pongas cerca de una pared despejada de manera que, en caso de hacer alguna inversión en la que pueda haber presión sobre el cuello, te sea fácil y rápido colocarte en la pared para hacer una versión adaptada.

Al finalizar la clase

Limpia tu esterilla con el producto disponible en la sala de manera que mantengamos la higiene y el respeto por los compañeros. Enrolla la esterilla con cuidado, de forma que no quede torcida, y colócala de vuelta en el mueble, asegurándote de no arrugarla y dejando espacio a la derecha para colocar los bloques. Encima del mueble hay una cajita con caramelos, una cesta con fruta y un bote de cristal. Tómate un momento para sentir qué quieres coger de la cajita, de la cesta, y qué quieres dejar en el bote.

En las clases de la tarde seguramente ya estará cerrada la puerta del edificio cuando terminemos la sesión de yoga, así que bajaremos todos juntos y os abriré la puerta. Ten eso en cuenta por si tienes un compromiso justo después; no vas a poder salir disparado inmediatamente nada mas terminar. Date unos minutos de margen para no marcharte estresado.

¿Cuánto cuestan las clases?

Mi principal objetivo es que cualquier persona pueda practicar yoga sin que el dinero sea un obstáculo; el principal motivo para la existencia de las clases es tu participación. Nadie te va a pedir o a cobrar nada por las clases directamente, eres tú quien da. Al final de la clase hay un bote para dejar lo que se quiera (dinero u otra cosa). Si no lo tienes muy claro, puedes guiarte por lo que has pagado en otros sitios, por lo que cuestan otras clases de yoga en esta zona (sobre 10€ la clase suelta), por lo que te ha gustado o dejado de gustar la clase, por tu situación económica… Estoy seguro de que si lo piensas un poco, si lo sientes, sabrás, al final de la clase, lo que debes o no debes dar. Yo ni miro lo que deja cada uno ni quiero saberlo; trato a todos por igual y daré las clases ofreciendo lo mejor de mí mientras sea sostenible. Ese momento de coger tu recompensa en forma de fruta o caramelo, y de dar algo de forma anónima al profesor, es parte de tu práctica de yoga, es lo que va a marcar la diferencia entre salir de la sala sintiendo paz y plenitud, o irte ligeramente incómodo por no haber hecho lo que crees justo. No se trata dar más o menos, se trata de ser honesto contigo mismo.

Si no tienes dinero (o no la cantidad que te gustaría) y te sientes culpable o que te estás aprovechando, te diré que es bueno que tengas ese sentimiento, y también te digo que en esta ocasión no debes preocuparte, porque nadie te va a juzgar y la clase te la ofrecemos entre todos los demás, de corazón. Como dice mi amigo Nico: “El Universo sabe perfectamente que los alquileres de sala, la electricidad, la tarima se pagan con dinero… pero el día que no tengas ni un duro, ni una mermelada, ni nada de nada Él no te pide renunciar a tu practica de yoga, ni que vayas sin pagar sintiéndote culpable. Al contrario, te pide que vayas, que te comas un buen caramelo y que lo disfrutes.”

Pues eso, que aquí estamos esperándote al lado de la Puerta del Sol; la sala, la esterilla, el profesor, el yoga, la fruta y los caramelos.

 

Yoga y Meditación en el Centro Lista de Madrid

El 23 de noviembre organizamos un evento especial de yoga y meditación en el Centro Lista de Madrid (calle Ortega y Gasset, 91). Ambas actividades son por donación voluntaria, sin precio establecido. No es necesario haber practicado yoga ni meditación con anterioridad. La asistencia a una de las partes no obliga a participar en la otra, pero por supuesto puedes apuntarte a las dos (¡yoga y meditación son la combinación perfecta!). Os dejo información más detallada de cada una de las sesiones:

Clase de Yoga – 18:00

Empezaremos con una clase de Hatha Yoga de 1h10min de duración. La clase es apta para principiantes, no importa si no has hecho nunca yoga antes.

No hay esterillas en la sala, así que cada uno debe traer la suya propia. Si te vas a quedar a la meditación, no olvides reservar plaza (es un evento aparte, tienes los detalles más abajo).

El espacio es limitado. Hay 15 plazas disponibles que se adjudicarán por orden de inscripción. Puedes apuntarte en este evento de Facebook o escribiendo un correo a niki@monoyoga.es. Recuerda mencionar si te apuntas a la clase de yoga, a la sesión de meditación o a ambas.  Si te inscribes y al final no puedes venir, por favor, avisa para que otra persona pueda aprovechar tu plaza.

Sesión de meditación – 19:15

Meditaremos durante 40 minutos usando la técnica de atención consciente en la respiración (anapanasati). No es necesario haber meditado anteriormente. El principio de la meditación será guiado.

Es importante estar lo más cómodo posible durante toda la sesión, así que recomiendo traer cualquier accesorio (manta, cojín, bloque de yoga, esterilla) que os permita estar sentados durante ese tiempo sin molestias. Hay sillas disponibles en el centro.

El espacio está limitado a 30 plazas que se adjudicarán por orden de inscripción. Puedes apuntarte en este evento de Facebook o enviando un correo a niki@monoyoga.es. Si váis a venir a la clase de yoga previa, recordad que es un evento aparte y hay que apuntarse de forma separada (tenéis la información más arriba). Si te inscribes y al final no puedes venir, por favor, avisa para que otra persona pueda aprovechar tu plaza.

Yoga y meditacion en el Centro Lista de Madrid

 

Yoga en Acacias – Jueves a las 20:00

Las clases de las tardes de los jueves, que en verano se realizaban en el Templo de Debod, se trasladan en otoño al Teatro Residui, en el barrio de Acacias.

Horario

Jueves de 20:00 a 21:00

Estas clases duran menos que las que imparto habitualmente. Es muy difícil encontrar espacios que tengan libre horarios populares para poner las clases, y más aún los precios de alquiler sean asequibles para poder continuar con el modelo económico que hemos seguido hasta ahora.

Os pido puntualidad para aprovechar al máximo nuestra hora de yoga y no interrumpir la clase.

¿Cómo llegar?

El espacio donde nos encontramos para las clases de yoga en el barrio de Acacias es el Teatro Residui. Dirección: calle Ercilla, 48 (hay una farmacia al lado cuya luz verde hace fácilmente identificable el sitio). Las paradas de metro más cercanas son Embajadores (L3), Delicias (L3) y Acacias (L5).

Yoga en Acacias

¿Cuánto cuestan las clases?

Las clases de yoga en el Teatro Residui son de precio libre. Es decir, cada persona decide el precio y paga en función de lo que cree que vale la clase o lo que se puede permitir. Siempre llevo un bote en el que cada cual deja lo que quiere. No cojo dinero en mano ni miro lo que la gente va metiendo en el bote, así que nadie tiene que preocuparse por dejar más o menos; da lo que te dicte el corazón. Lo que sí hay que tener en cuenta es que pago un alquiler por la sala, por lo que la continuidad de las clases está condicionada a que sean sostenibles.

¿Cómo me apunto?

No es necesario apuntarse con antelación.

¿Das clases de yoga para principiantes?

Intento que todas mis clases sean accesibles para principiantes, incluso gente que nunca ha hecho yoga con anterioridad, pero sin olvidar mostrar versiones avanzadas de algunas posturas o dar libertad a los que llevan tiempo practicando.

¿Qué debo llevar?

Lo principal es traer ropa cómoda que te permita moverte con libertad. En segundo lugar, llevar esterilla de yoga o un acolchado equivalente. El suelo puede resultar incómodo con una toalla cuando apoyamos las rodillas, codos, caderas o la cabeza. Además, las esterillas de yoga nos ayudan a no deslizarnos. Si la clase es muy intensa puede que tengas sed, así que llevar una botella de agua es buena idea. No os cortéis y parad para beber siempre que lo necesitéis durante la clase.