Caramelos

Los caramelos que han acompañado mis clases de yoga durante los últimos años cumplen varias funciones. Sirven para que, a quien no le haya gustado la clase, pueda irse a casa con buen sabor de boca a pesar de todo. También son una manera de poder recompensarnos por nuestro esfuerzo y ayudarnos a establecer el hábito de practicar (a nuestro cerebro le encantan las recompensas dulces). Y pueden formar parte de un ritual; como referencia para cerrar el proceso de la clase con conciencia, haciéndonos visitar el centro del círculo de esterillas e invitarnos a observar qué necesitamos llevarnos y qué sentimos dar en ese momento.

En los ya pocos días que restan de clases en el templo, además de los caramelos de la caja de madera habrá más caramelos en botes de cristal. Os invito a que os llevéis un bote (o dos, no os cortéis) a casa. Los caramelos de ese bote pueden ser la recompensa cuando practiquéis a solas, para no perder la rutina. También pueden servir de recordatorio para practicar simplemente estando ahí; que cuando lo veamos surja el impulso de desenrollar la esterilla.

Por último, aunque no menos importante, sirven para compartir. Esa ha sido la intención que ha dado fuerza a mis clases de yoga durante estos años. Se pueden compartir los caramelos en sí mismos, con familiares o compañeros de trabajo. Pero lo que seguro compartiréis y habéis estado compartiendo de manera continua y posiblemente sin daros cuenta, son los frutos de vuestra práctica. Eso es algo que, inevitablemente, habéis estado dando a todas las personas de vuestro alrededor. Y, a lo mejor, en un futuro, también compartís vuestra práctica dando clases. Puede que de manera esporádica a un par de amigos, o de forma organizada como profesores «oficiales» de yoga. Y os daréis cuenta de que la parte más importante de vuestra práctica ya no son los saludos al sol, ni trikonasana, ni siquiera el sentaros en meditación; sino que uno de los pilares más importantes del yoga es, simplemente, compartir.

septiembre 18th, 2019|Tags: , |