Un lago tranquilo

Sentirse insatisfecho no es algo malo. No es insano. La insatisfacción es un síntoma del deseo de libertad de nuestro corazón.

Cuando nos sentimos insatisfechos, en lugar de decir “¡Argh, esto es horrible!”, simplemente date cuenta de que en ese momento somos conscientes de nuestras limitaciones. La insatisfacción es una señal de que hemos llegado al límite de lo que podemos tolerar, nos hemos topado con un muro, y algo dentro de nosotros no quiere ir más allá de ese límite, de ese muro. Pero tenemos una elección: podemos engrosar ese muro (o construir otro) distrayéndonos, o podemos dejar ir, y al dejar ir el muro se desvanece. Cuanto más dejamos ir, más vamos talando el tronco de nuestro “yo”, del ego con el que tenemos que vivir. Dejar ir en este contexto no es solamente un sinónimo de liberación y dicha, sino que es algo muy práctico. Cada vez que dejamos ir, nos estamos liberando a nosotros mismos. 

Buda no dijo que no tuviéramos que tener ningún deseo. Él reconoció que vivimos en un mundo de energía inquieta, de anhelo, de descontento, y nos dio unas enseñanzas que nos permiten investigar la realidad de este mundo. Enseñó un camino de investigación, pero no podemos hacer uso de esa habilidad para investigar el reino de nuestra mente y nuestro cuerpo de forma minuciosa y exhaustiva a menos que hayamos cultivado previamente una cierta cantidad de paz, de sosiego.

La mente es frecuentemente comparada con un lago o estanque. Si las aguas del lago están constantemente agitadas, revueltas, es difícil llegar a ver el fondo. Solo podemos ver el fondo del lago cuando el agua se ha calmado y está quieta. Al igual que un lago, nuestra mente puede estar también agitada, revuelta, o calmada, quieta.

Un lago tranquilo

Una de las condiciones para ser capaces de investigar la naturaleza de nuestra mente es la capacidad de encontrar quietud. Este es el primer paso en la meditación, aprender a sosegarnos. A menos que hagamos esto, estaremos siempre en un estado de inquietud y preocupación. Hasta que no tengamos una cierta cantidad de quietud interior, seremos incapaces de ver con claridad la naturaleza cambiante de nuestras emociones, pensamientos y hábitos, y la manera en que estos nos influyen a nosotros mismos o afectan a otras personas.

Para empezar a meditar, calmamos la mente simplemente concentrándonos, dirigiendo nuestra atención hacia un objeto que sea tranquilizador. Por ejemplo, podemos meditar en la respiración. No necesitamos concentrarnos demasiado intensamente en ella, lo suficiente para notar el ritmo natural de la respiración. Observar la respiración no nos cuesta dinero, y es algo que está siempre disponible, por lo que no tenemos excusa para no aprender a tranquilizar nuestra mente.

Recuerda, no hay claridad mental mientras exista agitación y turbulencia. No seremos capaces de llegar al punto de profunda percepción donde la mente es realmente transformada si tenemos una sensación constante de agitación.

Eso no significa que siempre vayamos a tener éxito cuando intentemos calmar nuestra mente. No significa que nuestros hábitos nunca nos vayan a dominar y a llevarnos de vuelta a nuestra antigua rutina. Pero siempre tendremos una enseñanza, un método, que nos ayudará a salirnos de esa rutina. Con el tiempo, a medida que aumenta nuestra habilidad para ver de forma más clara y profunda, no necesitamos que se produzcan unas condiciones especiales, podremos hacerlo en cualquier circunstancia.

En medio de la situación más intolerable seremos capaces de encontrar quietud, el ojo de la tormenta.

 

Seeds of Dhamma

Ajahn Sundara

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Diez minutos de atención en la respiración

En este ejercicio vamos a contar mentalmente hacia atrás, sincronizando esa cuenta atrás con la respiración, e iremos gradualmente trasladando nuestra atención desde los números hasta que toda ella esté en la respiración.

Siéntate con la espalda erguida y los ojos cerrados. Si puedes sentarte cómodamente en el suelo, hazlo. Si no, usa una silla. Asegúrate de estar cómodo. Si tienes que hacer algo después, puedes poner una alarma a los diez minutos. Si no, date todo el tiempo necesario para que el ejercicio termine cuando tú sientas que ha terminado, sin prisas.

Contarás los números pares según exhales y los impares cuando inhales. Empieza inhalando de forma que sientas esa primera inhalación plena y agradable. Cuando exhales, mentalmente di “cincuenta”. Cuando inhales de nuevo, cuenta mentalmente “cuarenta y nueve”, exhala “cuarenta y ocho”, inhala “cuarenta y siete”, exhala “cuarenta y seis”… y así sucesivamente. Te recomiendo que cuando te digas mentalmente cada número no lo hagas demasiado rápido, para que no quede demasiado tiempo de la respiración sin referencia numérica y te sea más fácil no despistarte. Observa qué sensaciones, qué parte de tu cuerpo te dicen con más claridad que estás inhalando o exhalando. Siempre sabemos en qué parte de la respiración estamos, lo que no solemos hacer es observar de dónde viene esa información. ¿Dónde se hace más evidente la respiración?, ¿en el borde exterior de la nariz?, ¿en el interior de las fosas nasales?, ¿en el movimiento de las costillas?, ¿del abdomen? A lo mejor son varias zonas o incluso todo tu cuerpo al unísono el que te informa de que respiras. Observa la sensación o el conjunto de sensaciones que más atraiga tu atención y úsalo para saber cuándo contar. Recuerda, cuenta pares al soltar aire e impares al cogerlo.

Cuenta hacia atrás tanto en la inhalación como en la exhalación hasta que llegues a veinte, a partir de ahí cuenta solo en las exhalaciones. De forma que dirás “veinte” mentalmente según sueltas aire y, en lugar de contar “diecinueve” al cogerlo, no harás nada, simplemente inhalar. Con la siguiente exhalación cuenta “diecinueve” y sigue así hasta que llegues a cero.

Cuando llegues a cero, deja de contar, pero mantente atento al fluir natural de la inhalación de la misma forma que hiciste cuando estabas contando. Observa la respiración igual que si fueras a contar, pero sin contar. Date cuenta de que sigues sentado, quieto pero no rígido. Tan relajado que no hay movimiento aparente exterior, y a la vez tan atento y sensible que puedes percibir claramente el movimiento interior. Date cuenta de cómo te sientes al observar la respiración; tranquilo, con energía, en calma. Nota como estás atento de manera amable, serena, sin miedo, en paz. Familiarízate con esta sensación de estar centrado y en paz, y descansa en ella dos o tres minutos. Absorbe la quietud. Después prepárate, abre los ojos, y vuelve. No tengas prisa por levantarte, tómate todo el tiempo que haga falta.

Diez minutos de atención en la respiración

Cuando realices este ejercicio, respira de manera natural. No fuerces respiraciones profundas o controles la respiración de ninguna otra forma. Estás aprendiendo a no tener el control, a hacerte a un lado. De forma que en lugar de controlar la respiración, permite que fluya libremente dentro y fuera a su propio ritmo. Aun así, mantente atento a la respiración. Sigue la cuenta. En la primera parte contando cuando inhalas y también cuando exhalas. Cuando llegues a veinte, solo contando en la exhalación. A partir de cero, mantén la atención en la respiración de forma no verbal. No debe haber tensión en la respiración al hacer esto. Permite que sea suave y fácil.

A medida que vas contando, puede que seas más consciente de como tu mente se mueve rápidamente de un estímulo a otro. Puede que seas más consciente de los sonidos, las sensaciones físicas o los pensamientos. Incluso puede que te pierdas al contar. No pasa nada. Todo ello es la prueba de que el ejercicio está dando resultado; te estás volviendo más consciente.

El valor de este ejercicio yace en la capacidad de notar dónde está tu atención en cada momento, qué hay en tu mente, de qué eres consciente. El contar no es solo un elemento de referencia para enfocar la atención y desarrollar la concentración, sino que también actúa como telón de fondo sobre el cual los pensamientos se perciben de forma clara. Poco a poco vamos dejando de contar (que también es un pensamiento) y nuestra referencia, nuestra ancla, nuestro telón de fondo que nos permite ver cómo funciona nuestra mente de manera aún más nítida, es la respiración.

No hagas nada respecto a las sensaciones o pensamientos que vayan surgiendo. Simplemente sé consciente de que están ahí y sigue contando. Gradualmente esa consciencia se hará más sensible, sentirás mayor quietud en tu interior, una quietud dinámica. A medida que te vayas sumergiendo en esa quietud (algo que será más notable a medida que repitas el ejercicio), experimentarás una agradable sensación de satisfacción, de descanso y paz mental.

  • Meditación

Qué es la meditación

La meditación es una palabra y, por más trivial que pueda parecer, como personas diferentes utilizan las palabras en sentidos diferentes, es muy importante distinguir con exactitud lo que una persona concreta quiere decir cuando utiliza una determinada palabra.¹ Empecemos por lo que nos resulta más cercano y vayamos explorando los diferentes significados de meditación.

Meditación

La definición de meditación según la Real Academia de la Lengua es:

meditación

Del lat. meditatio, -ōnis.

1. f. Acción y efecto de meditar.

meditar

Del lat. meditāri.

  1. tr. Pensar atenta y detenidamente sobre algo.

Ahí tenemos la definición oficial de meditación en castellano. Pero, ¿lo de la meditación no va de dejar la mente en blanco o algo parecido? Dejar la mente en blanco y “pensar atentamente” no parecen lo mismo, sino más bien lo contrario. Lo que define el diccionario como meditar y la idea de meditar que ahora está tan de moda no concuerdan. ¿De dónde viene esa discordancia? Pues de una diferencia cultural/religiosa.

En la tradición judeocristiana existen dos prácticas meditativas: el rezo y la contemplación. Al rezar, nos dirigimos directamente a una entidad espiritual. Al contemplar, dedicamos un prolongado espacio de tiempo a pensar atenta y detenidamente sobre algo (aquí vemos de dónde viene la definición de la RAE), generalmente sobre un ideal religioso o un pasaje de las Escrituras.

Sin embargo las técnicas de meditación que han ganado más popularidad en los últimos años vienen de otra parte del mundo. El mindfulness, el vipassana, el zen los hemos traído de Oriente, de una cultura y una religión diferentes a las nuestras. ¿Por qué hemos traído y adoptado esas prácticas? Su auge ha coincidido con un aumento en nuestro uso de otras palabras como estrés, ansiedad, depresión… vivimos con más bienestar material pero aun así experimentamos desasosiego, insatisfacción y sufrimiento. Y por eso estamos adoptando (y adaptando, haciéndolas nuestras) esas prácticas de origen budista.

Hay muchas cosas en la vida que están más allá de nuestro control. Sin embargo, es posible hacernos cargo de nuestros propios estados mentales, y cambiarlos a mejor. Según el budismo eso es lo más importante que podemos hacer, y nos enseña que es el único antídoto para nuestras penas, ansiedades, miedos, odios y para aliviar la confusión general que aqueja a la condición humana.

En pali, la lengua usada por Buda, no hay una palabra concreta para meditación. El término que se utiliza es bhāvanā, que significa cultivar. La meditación budista consiste de varias técnicas y métodos para desarrollar o cultivar estados mentales saludables y abandonar estados mentales nocivos, de forma que se asientan los cimientos que permiten, a su vez, el cultivo de la sabiduría. Aunque los estados mentales de tranquilidad pueden suprimir con éxito y durante largos periodos de tiempo los estados mentales nocivos, solo la facultad de la sabiduría, el conocimiento directo de cómo funciona nuestra mente, puede arrancarlos de raíz.

Las prácticas de meditación budista enfatizan y desarrollan la concentración y una visión clara de la verdadera naturaleza de las cosas. Estableciendo una práctica de meditación, aprendemos los patrones y hábitos de nuestra mente, y reconocemos nuevas y más positivas formas en las que esta puede funcionar. Con trabajo constante y paciencia, estas experiencias pueden tener un efecto transformador y llevarnos a una nueva forma de entender la vida.

¹ Gunaratana, Bhante Henepola; El libro del mindfulness; (Barcelona), Kairós, (2012).