Desarrollando la sensibilidad: la ley de Weber-Fechner y su relación con el yoga

La Ley de Weber-Fechner debe su nombre a dos científicos que, en el siglo xix, describieron la relación entre la magnitud de un estímulo y la capacidad humana para percibir cambios en dicho estímulo. Aunque con el paso del tiempo la investigación ha demostrado que esa ley no es exactamente precisa en todos los casos, el principio permanece siendo cierto.

El descubrimiento que hizo Weber era que una persona puede, generalmente, notar la diferencia entre dos pesos si estos difieren en 1 o 2 partes de 30. Se entiende mucho más fácil con un ejemplo: si tienes los ojos tapados y sostienes un peso de 30 gramos en la palma de tu mano y yo añado algo que pese más de 1 o 2 gramos, serás capaz de notar la diferencia. Pero si lo que agrego pesa menos de 1 o 2 g, no notarás el cambio.

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El punto importante es que nuestra habilidad para notar la diferencia es relativa a la magnitud del estímulo, en este caso el peso. Para que quede claro: no significa que puedas percibir un cambio de un gramo. Si sostuvieras 300 g en tu mano entonces yo tendría que agregar al menos 10 o 20 g para que pudieras sentir la diferencia. En ese caso un incremento de 1 o 2 g sería imperceptible. Si sostuvieras 30 kg y te añadiera 1, 10 o incluso 100 g, no notarías nada, necesitaríamos añadir 1 o 2 kilos para que lo sintieras.

Weber también descubrió que la gente podía notar visualmente la diferencia entre la longitud de dos líneas si estas diferían en 1 parte de 100, independientemente de la longitud absoluta de las líneas. Por lo tanto, nuestra capacidad para notar cambios o diferencias depende del tamaño de lo que estemos intentando percibir.

Este concepto es de inmensa importancia en el proceso yóguico, y puede considerarse como el principio que guía la sistematización del yoga en los “ocho miembros”, según se describe en los Yoga Sutras. Es, posiblemente, el principio rector más importante que se ignora en la mayoría de los sitios hoy en día a la hora de enseñar y practicar yoga. Y es exactamente este concepto el que conduce a experimentar con claridad el sutil funcionamiento interno de la mente y el cuerpo, el que llevó a los sabios a sus descripciones de los nadis y chakras en la antigua India, o al sistema de meridianos en China. Sin este entendimiento, los ocho miembros del yoga pueden parecer prácticas separadas y complementarias, en lugar de un sistema claro para progresar de la percepción bruta a la percepción refinada, la que es capaz de sentir los más profundos niveles del complejo cuerpo-mente.

Repasemos cuáles son esos ocho miembros del yoga:

  1. Yama: no-violencia, veracidad (no mentir), no robar, abstinencia sexual (¡esta es controvertida!) y desapego. Básicamente: abstenerse de (o reducir gradualmente dependiendo de los objetivos o de la etapa en la que esté cada uno en su práctica) las actividades que tienden a perturbar la mente.
  2. Niyama: limpieza física y mental, completa satisfacción, disciplina, estudio y “rendirse a Dios” (también dejaré esta aparte por ahora). De nuevo, básicamente: hacer cosas que tiendan a contribuir a la paz mental.
  3. Asana: hacer que el cuerpo sea estable, la postura cómoda y dejar ir la tensión.
  4. Pranayama: permitir que el movimiento de la respiración se vuelva lento y suave, sentir la conexión entre todos los diferentes procesos respiratorios y las fluctuaciones mentales, descubrir gradualmente los más sutiles movimientos del cuerpo que tienen lugar “bajo las olas” de la respiración.
  5. Pratyahara: “retraimiento de los sentidos”, en el cual la atención ya no se implica con la información sensorial externa.
  6. Dharana: fijar repetidamente la atención en un objeto (concentración).
  7. Dhyana: mantener la atención fija en un objeto de forma ininterrumpida (absorción).
  8. Samadhi: absorción total de la mente en el objeto de concentración hasta el punto de que la sensación de uno mismo como sujeto se desvanece gradualmente para, eventualmente, desaparecer por completo.

Notemos que en los Yoga Sutras, un texto reconocido mayoritariamente como la descripción más exhaustiva y sistemática del proceso del yoga, ¡asana y pranayama se describen como métodos para reducir las fuertes sensaciones que perturban la mente! No hay mención alguna de espectaculares ejercicios gimnásticos, o de curar enfermedades, ni respiración de fuego o bhastrika; todo esto son ejercicios suplementarios, prácticas útiles pero no el verdadero funcionamiento del yoga propiamente dicho. ¿Por qué no? Porque no irán, ni podrán llevarnos, a las verdaderas profundidades de nuestro cuerpo-mente: solo reduciendo los estímulos fuertes podremos hacer que la mente sea suficientemente sensible para percibir los procesos fisiológicos más sutiles y sus conexiones con el aún más sutil funcionamiento de la mente.

La inestabilidad y el malestar físicos son sensaciones fuertes. El reducirlas nos permite sentir procesos más sutiles que tienen lugar dentro del cuerpo. Una vez los movimientos externos del cuerpo han cesado y la tensión física más bruta ha disminuido, los movimientos más amplios que tendrán lugar y que producirán las sensaciones más fuertes vendrán siempre de la respiración, y nos daremos cuenta rápidamente de la íntima conexión entre las fluctuaciones de la mente y los cambios en los movimientos y las sensaciones de la respiración. Suavizar y ralentizar los movimientos de la respiración permite gradualmente a la mente el volverse más sensible al mundo de los más pequeños movimientos internos que están sucediendo constantemente en el cuerpo, como el latir del corazón y el ritmo del flujo sanguíneo a través de las venas y arterias, y la atención a los espacios entre las respiraciones y los latidos del corazón revelará un mundo de procesos fisiológicos aún más pequeños que se producen a un nivel incluso más imperceptible: mundos de increíble profundidad y detalle llenos de rápidos y sucesivos microcambios en el tono dérmico y muscular, de abrir y cerrar pequeños capilares, todo ello sucediendo en respuesta al constante cambio del entorno externo según lo percibimos a través de los sentidos, del entorno interno percibido por el sentido interoceptivo, y del entorno mental a medida que diferentes pensamientos y grados de “apego-aversión” fluyen por la mente. Esta sensibilización respecto al infinito mundo del movimiento interior (los fisiólogos dicen que un humano adulto tiene aproximadamente 10 billones de células vivas) desarrolla de forma natural niveles de pratyahara cada vez mayores. Fijar la atención (dharana) en diferentes partes del cuerpo desarrolla en grado aún mayor la sensibilidad a los cambios internos y sus conexiones con los cambiantes estados mentales (ya que el acto de concentrar la atención incrementa el nivel de detalle que podemos percibir en el objeto mientras que, simultáneamente, inhibe la intrusión de otra información sensorial en nuestro campo de atención), e induce a niveles más profundos de pratyahara, a una respiración más refinada y sutil, y a la habilidad de notar y ajustar los más ínfimos cambios en la estabilidad y comodidad de la postura.

Enlace a la publicación original en ingles: http://ancestralmovement.com/wp-content/uploads/2011/11/Developing-sensitivity1.pdf