La primera vez que fui a una clase de yoga lo hice para intentar aliviar el dolor de espalda producido por innumerables horas en mala postura delante del ordenador. Como la clase estaba lejos de mi casa y el yoga fue tan efectivo (el dolor desapareció en apenas un mes), decidí aprender los movimientos principales de las secuencias para hacerlos en casa cuando el problema volviera a aparecer. Así he mantenido mi espalda libre de ese problema durante años.

La segunda ocasión en la que me apunté a clases de yoga fue motivada por el estrés. De nuevo se mostró eficiente, pero el estrés volvía a aparecer al no llevar un estilo de vida satisfactorio, por lo que un par de horas semanales de yoga no era suficiente. Después de darle muchas vueltas, y con la flexibilidad que me ofrecía trabajar por internet, decidí comprarme un billete sólo de ida a Tailandia con la esperanza de encontrar un entorno más relajado, gente que compartiera mi forma de ver la vida y una cultura diferente que me permitiera llenar ese vacío que sentía en mi interior.

En verano de 2011, tras una cirugía por fractura de clavícula que me hizo tener que decir hasta luego a la escalada y al muay thai, un amigo me invitó a ir a una clase de yoga gratis para poder volver a la actividad física de forma suave. La clase era en casa de una pareja de geniales profesores de yoga que trabajaban en diferentes espacios, pero daban clases en casa a un grupo reducido de amigos y conocidos. Resultó que la clase me encantó y que no era gratis exactamente, sino por donación voluntaria. Ese día me enganché definitivamente al yoga y se plantó la semilla de lo que hoy es MonoYoga. Al vivir en Chiang Mai, una ciudad con una gran comunidad de yoguis, tuve el privilegio de poder asistir regularmente a clases de muy diversos estilos de yoga con profesores de todos los rincones del mundo. Siempre terminaba cada clase de yoga sintiéndome mucho mejor que al empezar.

En diciembre de 2012 asistí mi primer retiro de meditación en Wat Suan Mokkh, y es una de las mejores cosas que he hecho en la vida. Estoy seguro de que si no hubiera practicado hatha yoga durante ese año y medio antes de ir al retiro, la experiencia no hubiera sido ni de lejos tan enriquecedora. Así que, aunque ya llevaba tiempo pensando en hacer un curso de profesor de yoga para mejorar mi práctica personal, tras el retiro de meditación decidí que quería ayudar a otras personas a alcanzar la claridad mental y el bienestar que yo había experimentado. Tomé rumbo a Rishikesh, India, para estudiar con Surinder Singh, uno de los profesores más apreciados en la denominada “Capital del Yoga”.

Regresé a España a mediados de 2013 y, al no tener apenas experiencia, decidí empezar a dar clases gratis. Contacté con varios espacios y en octubre di mi primera clase en el CSOA La Morada. Ya había clases de yoga en otros centros similares, pero nunca se había hecho yoga en La Morada. Al principio era una clase a la semana, pero al poco tiempo empezó a funcionar bien y puse otra clase más, de forma que hasta mayo de 2014 daba allí dos clases a la semana. Desde cero, se creó un grupo de hasta más de 40 personas en las últimas semanas; no cabía nadie más.

En mayo de 2014, con la llegada del buen tiempo, trasladé las clases gratuitas de La Morada al Templo de Debod y de ser gratis pasaron a ser por donación voluntaria (no he avanzado lo suficiente en el yoga como para vivir del aire). Tuvieron de inmediato una gran acogida, por lo que empecé a aumentar el número de clases, empezó a aumentar el numero de participantes… y en verano de 2015 algunos días llegamos a ser más de 100 personas practicando yoga.

Al terminar el verano decidí volver a Asia para profundizar en mi práctica de meditación, pasando dos meses en el sur de Tailandia (de nuevo Wat Suan Mokkh, además de Down Kiem y Dipabhāvan) y un mes en Pa-Auk, Birmania.

Y a finales de marzo de 2016 aterrizé de nuevo en Madrid 🙂 Podéis pinchar aquí para ver los horarios actuales de mis clases de yoga.