El funcionamiento de las clases se basa en la generosidad. La generosidad de mis padres y mis amigos, que sin ser conscientes de ello fueron mis primeros maestros y continuan siéndolo. La generosidad de mis primeros profesores de yoga, que me abrieron las puertas de su casa, prestaron sus esterillas, dedicaron tiempo y atención con la motivación principal de transmitir algo importante para ellos, sin exigir a cambio un precio determinado. La generosidad de los monjes que me han enseñado meditación, y se la enseñan a miles de personas, viviendo con poco más de lo mínimo imprescindible y sin demandar dinero. La generosidad del conjunto de personas que asisten o han asistido a mis clases, que hace posible que, después de cinco años, todo el que quiera pueda seguir practicando yoga y que yo siga viviendo exclusivamente de enseñarlo.

No hay un precio establecido para poder asistir, ni nadie que te vaya a pedir dinero por haber venido. El hecho de que yo pueda ofrecer este número de clases de yoga y que cualquiera pueda asistir libremente es gracias al compromiso y la generosidad de las personas que han asistido anteriormente, y la continuidad de las clases futuras sigue dependiendo de ese compromiso y esa generosidad. Al final de cada clase dejo en el centro del círculo de esterillas una caja con caramelos y un bote.

Generosidad

Los caramelos son para asegurarme de que te llevas al menos un buen sabor de boca de la clase, y el bote por si deseas contribuir a su continuidad.

Por favor, no te sientas en la obligación de dar dinero. El principal objetivo de este modelo es, precisamente, que el dinero no se convierta en un obstáculo. Nadie debería sentir que no puede venir a clase porque no esté en situación de dar dinero. Lo más importante es que vengas si crees que las clases te aportan algo.