Silencio y oración

A medida que mi oración se hacía más atenta e introspectiva,

iba teniendo cada vez menos que decir.

Finalmente, me quedé completamente en silencio.

Comencé a escuchar,

que es incluso más opuesto a hablar.

Primero pensaba que rezar implicaba hablar.

Entonces aprendí que rezar es escuchar,

no simplemente estar callado.

Así es como funciona.

Rezar no significa escucharse a uno mismo hablando;

rezar significa estar en silencio,

y permanecer en silencio,

y esperar hasta que se escucha a Dios.

Søren Kierkegaard

julio 10th, 2019|Tags: , , , , , |

Frecuencia, volumen, intensidad.

La frecuencia, el volumen y la intensidad son tres de los parámetros con los que trabajamos cuando entrenamos. Según cada persona, considerará su práctica personal más como un entrenamiento físico o como un entrenamiento mental o espiritual. Independientemente de la etiqueta que le pongamos podemos jugar con esos mismos parámetros, aunque de manera diferente según la intención que tengamos.

Frecuencia, volumen, intensidad

Frecuencia

La frecuencia es la cantidad de veces en un período de tiempo en que se realiza un entrenamiento, y posiblemente sea el primer parámetro que incrementaremos cuando nuestra práctica se haga más seria.

Si practicamos hatha yoga, notaremos una gran diferencia si vamos a clase con una frecuencia de una vez a la semana o tres. Generalmente, entrenar una vez a la semana nos hará mantener nuestras capacidades o que disminuyan lo mínimo posible. Una frecuencia de tres veces a la semana nos debería dar un progreso bastante palpable, aunque depende de los otros parámetros. Y una de las diferencias que suele haber entre los alumnos y los maestros es que los primeros practican con poca frecuencia y los segundos han llegado a ser lo que son porque han practicado a diario durante años.

Muchas veces vamos a talleres de yoga y aprendemos cosas intelectualmente que en ese momento no podemos plasmar físicamente. La clave para llegar a esto último es una práctica frecuente en casa o en clase. De hecho, es muy común que la gente use los talleres como si fueran una clase, pero se ahorrarían mucho dinero y progresarían mucho más si lo aprendido en el taller lo practicaran a menudo en casa. Dos ejemplos clásicos, aunque parezcan muy distintos son hacer el pino y meditar. Si vamos solo de vez en cuando a un taller sobre el tema, nuestro progreso será lento y difícil. Aunque en total vayamos a muchos talleres, si la frecuencia es baja seguramente no tendremos mucho éxito.

Si nuestra práctica es meditativa, también es muy importante la frecuencia. En un retiro de meditación la frecuencia es máxima; se medita todos los días y además con muchas sesiones al día. Si no estamos en un retiro, podemos sentarnos a meditar también todos los días en casa. Y muchos meditadores disciplinados sacan tiempo para dos o tres sentadas diarias.

Además de las meditaciones formales largas, podemos tomarnos uno o varios momentos durante el día para reconectar con nuestra meditación. Una respiración, un minuto, dos, cinco… Aunque pueda parecer poco (porque es poco volumen), el hecho de hacer que la frecuencia sea alta nos ayuda en nuestra práctica. Si nos sentamos por la mañana para encender el fuego de la meditación, esos otros breves momentos nos sirven para que ese fuego no se apague a lo largo del día.

Idealmente, nuestra meditación acabará permeando nuestra vida, y al final llegaremos a una frecuencia máxima: nuestra vida será meditación.

Volumen

El volumen se podría definir como la cantidad total de actividad efectuada en el entrenamiento. En el caso del yoga y la meditación, el indicador más común para medir el volumen sería el tiempo.

Si practicamos yoga un par de veces a la semana durante una hora y media y queremos empezar a practicar más, lo más lógico es aumentar antes la frecuencia (tres, cuatro, cinco días) que el volumen (hacer dos clases seguidas o una de tres horas). Es mucho más beneficioso hacer una hora todos los días que varias horas un día y nada el resto de la semana.

Si ya tenemos una frecuencia alta, como por ejemplo hacer todas las mañanas cuatro saludos al sol o meditar cinco minutos, lo que incrementaremos será el volumen/tiempo de práctica.

Cuando vamos a clases de yoga, la duración de las mismas suele ser de entre una hora y hora y media, pero cuando practicamos en casa creo que tendemos a la pereza y a hacer bastante menos. ¿Os pasa que las prácticas se vuelven automáticamente más cortas si os ponéis a solas que si vais a clases dirigidas? Hay varias maneras de alargar nuestras sesiones de hatha yoga; mantener las posturas durante más respiraciones, añadir posturas, incorporar pranayama, aumentar el número de repeticiones en los ejercicios, realizar una relajación al terminar, o unir la meditación a la práctica de asanas.

En la práctica formal de meditación creo que hay una dosis mínima para notar una gran diferencia y pasar ese primer escalón grande que nos solemos encontrar cuando empezamos a meditar. Diría que sentadas de 30 o 45 minutos dan muchos más frutos que las que duran menos de 20. Obviamente, es un 50 % o un 125 % más de volumen, pero la diferencia en los resultados es exponencial. Aunque depende de cada persona, creo que hay una línea que normalmente no da tiempo a pasar si no le dedicamos ese tiempo a la sesión de meditación. Nuestra mente, al igual que ciertos alimentos, necesita un mínimo de tiempo de cocción. Lamentablemente, cuando se trata de meditar, no todos tenemos una olla express ni podemos comprar una mente ya «cocinada» como hacemos con la comida.

Intensidad

En Occidente estamos cada vez más adaptando el yoga a nuestra mentalidad. Parece que si una práctica no es verdaderamente intensa físicamente, no vale para nada. La cultura que nos dio el yoga no pretendía desarrollar ejercicios gimnásticos espectaculares, pero para muchos occidentales eso es lo que el yoga representa por muchas palabras bonitas con las que los adornemos. No nos damos cuenta de que el yoga no vale como un entrenamiento occidental, sino que es una meditación dinámica donde la respiración y el movimiento se vuelven uno, creando distintos grados de movilidad, estabilidad, resistencia, fuerza, paciencia y concentración que pueden aumentar la calidad de nuestro día a día.

Si nuestro yoga se vuelve demasiado intenso nos hará perder sensibilidad y quedarnos sin respiración. El movimiento y la respiración ya no serán uno. La meditación dinámica se verá interrumpida.

La manera de aumentar la intensidad en la meditación no es mediante la fuerza bruta, sino aumentando los dos parámetros anteriores: la frecuencia y el volumen. Eso es un retiro de meditación, y eso es lo que esperamos que sea finalmente toda nuestra vida. Practicar constantemente durante horas, días, semanas, meses, años… en cada acto que realicemos. Nuestra sensibilidad no solo no disminuirá, sino que aumentará de forma que muchos no pueden ni imaginar. El fuego de la meditación nos permitirá ir quemando obstrucciones, penetrar el velo de la realidad cotidiana y, finalmente, ver la realidad última.

Despertando cuerpo, respiración y mente

Durante algunas temporadas he realizado esta rutina matutina que, sin ser una secuencia de asanas a las que estamos acostumbrados, sí considero que es una secuencia de yoga. Pinchando en cada nombre de la lista podéis leer la entrada correspondiente a cada práctica:

  1. Levantarse y hacer las cosas que habitualmente se hacen en el baño.
  2. Nauli
  3. Jala Neti
  4. Kapalabhati
  5. Rotaciones articulares
  6. Respiración alterna
  7. Meditación

Ducharse con agua fría ayuda a despertar el cuerpo, la mente y la respiración. Observad cómo distintas formas de respirar hacen que se soporte de forma diferente el frío del agua. Si no queremos ducharnos a primera hora podemos optar por lavarnos la cara y, si queremos espabilarnos un poco más, remojar con agua fría la nuca, el interior de los codos y las muñecas.

Cepillarse los dientes también ayuda a despertarse. Limpiarse la lengua es una práctica yóguica muy antigua.

Evacuar a primera hora sería en teoría lo más recomendable. A algunas personas les activa beber un vaso de agua, a otras el café…

Nauli se puede realizar de varias maneras y algunas de ellas creo que pueden ser contraproducentes a largo plazo. A pesar de que lo practico, todavía no tengo clara cuál es la mejor forma de hacerlo, así que ese artículo lo tengo pendiente.

Normalmente se realizan los pranayamas juntos y aquí algunos podéis pensar que están separados, ya que he listado las rotaciones articulares entre kapalabhati y la respiración alterna. En realidad, neti, nauli y kapalabhati son shatkarmas (purificaciones del cuerpo o ejercicios de limpieza del hatha yoga).

La cantidad y tipo de rotaciones articulares que realicemos va a marcar una gran diferencia en nuestro estado físico y energético. Aunque es un clásico hacer 10 repeticiones de todo, os invito a que durante algunos días probéis a realizar 20 o 30 rotaciones en cada sentido para observar los cambios.

La dosis o ausencia de kapalabhati o de la respiración alterna dependerá de los efectos que notéis que dichas prácticas tienen en vosotros, y de la activación o calma que necesitéis ese día para encontrar vuestro equilibrio.

La respiración alterna, además de equilibrar los efectos de kapalabhati, es especialmente ideal como preparación a la meditación si nuestro objeto meditativo es la respiración, ya que nos vuelve más sensibles a esta.

El enlace de la lista os lleva a un ejercicio simple (que no siempre significa fácil) para meditar en la respiración durante unos diez minutos. En mi práctica personal hago una meditación algo más larga, lo que hace que toda la secuencia me lleve aproximadamente una hora, pero es muy fácil ajustar los tiempos para que en tan solo 30 minutos hayáis despertado cuerpo, respiración y mente.

Jala Neti, Vishnu mudra, contar respiraciones
Jala Neti. Vishnu mudra para la respiración alterna. Cuenta atrás para ayudarnos a concentrarnos en la respiración.
junio 10th, 2019|Tags: , |

Cáscara de Coco

El deseo es una obstrucción mental. Pero primero debemos tener deseo, a fin de que comencemos a practicar el Camino. Supón que fuiste a comprar cocos en el mercado y mientras los estás trayendo a casa alguien te pregunta:

«¿Por qué compraste esos cocos?»
«Los compré para comerlos».
«¿Vas a comer la cáscara también?»
«¡Por supuesto que no!»
«No te creo. ¿Si no vas a comer las cáscaras, entonces por qué
las compraste?».

Bien, ¿qué dices? ¿cómo vas a responder a esa pregunta? Practicamos con el deseo para empezar. Si no tuviéramos el deseo, no practicaríamos. Contemplándolo de esta manera puede emerger la sabiduría, ¿sabes? Por ejemplo, esos cocos: ¿vas a comer la cáscara también? Por supuesto que no. ¿Entonces por qué los llevas? Son útiles para llevar los cocos cubiertos. Si tras comer los cocos, tiras las cáscaras, no hay problema. Practicamos de la misma manera. No vamos a comer las cáscaras, pero aún no es el momento de tirarlas. Las mantenemos al principio, de la misma manera que lo hacemos con el deseo. Así es la práctica. Si alguien quiere acusarnos de comer cáscaras de cocos, es su problema. Sabemos que no lo estamos haciendo.

Del libro Un árbol en un bosque de Ajahn Chah. Puedes descargarlo en pdf, epub o mobi pinchando aquí.

mayo 9th, 2019|Tags: |

La joya

Un joven en su búsqueda espiritual llega un día a la morada de una mujer a la que los lugareños consideraban la más sabia de la región. Esta le recibe y, tras unos minutos de conversación, saca un paño cuidadosamente doblado y descubre la más increíble de las joyas.

Al verla, el joven queda asombrado y piensa en el incalculable valor de la joya y en los poderes que seguramente posee, de forma que le dice a la mujer: «¿Podría quedarme con esta joya? ¿Me la daría? Seguro que me ayudaría muchísimo».

La mujer contesta sin dudarlo: «¡Claro!», y se la entrega.

El buscador se pone nervioso y, temiendo que la sabia mujer se arrepienta, se despide rápidamente para continuar su viaje. Pero después de un par de horas, el joven vuelve a la casa de la mujer. Se acerca a esta y, con gran humildad y respeto, deposita la joya en el suelo ante ella diciendo: «Perdone, pero me gustaría hacer un trato. Quiero cambiar esta joya».

«¿Cambiarla por qué?», pregunta la mujer.

«Me gustaría cambiarla por el conocimiento de cómo conseguir una mente capaz de desprenderse de la joya más maravillosa del mundo sin pensárselo dos veces».

abril 29th, 2019|

Instructor, profesor, maestro, amigo.

Recuerdo a una compañera de mi época en el instituto que se dirigía a los profesores usando la palabra «maestro». Al principio esto producía risas entre los alumnos y sonrisas incómodas en los docentes. Algunos de ellos le pedían que no lo hiciera, pero ella siguió a lo suyo y con el paso del tiempo se convirtió en rutina y todo el mundo dejó de darle importancia.

A mí se me ha hecho siempre raro que me llamen maestro (que por fortuna suele pasar muy poco) y por lo general suelo hacer algún apunte al respecto cuando sucede, aunque hay gente que sigue a lo suyo al igual que mi antigua compañera de clase. En el último año también he empezado a escuchar más instructor, y se me hace igualmente raro.

Instructor de yoga, instructor de meditación

Aunque instructor es alguien que instruye, y eso me suena positivo, normalmente en estos contextos me parece que esta palabra no honra dicha acepción en la mayoría de los casos. A mí me trae a la cabeza a alguien que simplemente da instrucciones mecánicas, órdenes, a una o varias personas que las siguen, sin un proceso reflexivo o de verdadero aprendizaje. Supongo que la palabra instructor se está popularizando aquí porque en inglés se ha vuelto más frecuente. También creo que se usa para reconocer el primer nivel en las formaciones y certificaciones de yoga o meditación que tienen varios grados. Y seguro que muchas veces, sin ser consciente de ello, he dado clase de forma automática como el instructor que no quiero ser.

Profesor de yoga

Esta es la forma a la que más estoy acostumbrado. Aquí sí que veo un contexto en el que hay una intención de enseñar por parte de la persona que dirige, y un intento por aprender por parte de las personas que asisten a clase. Cuando alguien me ha llamado maestro o instructor, normalmente he puntualizado que me identificaba más como profesor, o al menos mi intención era serlo.

Una vez leí a una mujer que decía que ella no era una yogui (sic), sino una profesora de yoga. Entiendo que esto sea posible, aunque me parece lógico y recomendable haber pasado por el proceso para enseñar, al igual que se hace en la mayoría de las psicoterapias. A pesar de que considero que el yoga o la meditación, siendo potencialmente terapéuticos no son terapia, sí que llevan a un proceso de desarrollo personal que creo importante haber recorrido para poder guiar mejor a otros, aunque el camino de cada uno sea único.

El profesor con el que hice mi formación en India decía que él no enseñaba, sino que compartía su práctica. Esa idea me ha acompañado desde entonces y es lo que he intentado hacer. No siempre es sencillo, ya que cuando dar clases se convierte en la manera en la que te ganas la vida es fácil que tu práctica se vea mermada, que sin darte cuenta se transforme en algo que ya no sirve para llevarte donde realmente querías ir, o que directamente dejes de practicar.

También puede suceder que el gran público no busque lo mismo que tú, por lo que es muy posible que tu práctica no le interese a mucha gente. Si esto sucede y nos empeñamos en ganarnos la vida dando clase, es muy probable que no solo acabemos sacrificando nuestra práctica, sino también traicionando nuestros valores. Es por ello que mantener una práctica personal nos permite tener una referencia para ver hacia dónde vamos y cómo lo hacemos. Y también para, cuando damos clase, comprobar si estamos llevando en esa misma dirección a nuestros alumnos.

Maestro

En nuestros días, creo que esta palabra ha perdido valor para la mayoría, sobre todo en el mundo del yoga. Casi cualquiera da una masterclass o se autodenomina maestro. En el mundo de la meditación siento que aún se guardan más las formas y son más comedidos a la hora de nombrar las cosas. Para mí la diferencia entre un profesor y un maestro no reside tanto en la cantidad de conocimiento, sino en el grado de integración del mismo. Un maestro practica lo que enseña y enseña lo que practica. No enseña desde la cabeza o desde los libros, enseña desde su vida.

Un profesor enseña lo que sabe, un maestro enseña lo que es

Me encanta la fábula en la que un eminente rabino, a pesar de su alto estatus y de estar muy ocupado y tener que atender muchas obligaciones, invertía varios días de viaje para ir periódicamente a ver a su maestro. «¿Por qué todavía vas a verle?», le preguntaron. «Para estar cerca de él y ver cómo se ata los zapatos», contestó.

Los seres humanos aprendemos de las personas que están en nuestro entorno. Lo hacemos sobre todo cuando somos pequeños y todavía tenemos todo por aprender. Pero lo seguimos haciendo el resto de nuestra vida en mayor o menor medida, y muchas veces sin darnos cuenta. Por eso es importante elegir bien a la gente que nos rodea; a nuestros maestros, a nuestros amigos.

Por otro lado, el maestro hace que tengamos fe en que nuestro ideal es posible de alcanzar, que la práctica dará sus frutos, porque es la encarnación misma de ese ideal, la prueba de que se pueden desarrollar esas cualidades o habilidades a las que aspiramos. Ajahn Amaro, uno de mis monjes favoritos, dice sobre el maestro Ajahn Chah:

Ajahn Chah era muy estricto y ortodoxo como monje; seguía una agenda muy apretada y era muy estricto con la disciplina de la vinaya [conjunto de normas que siguen los monjes]. Solían decir en Ubon que tres meses en el templo de Nong Pah Pong eran como diez años en cualquier otro monasterio. Ajahn Chah estaba orgulloso de que la comida en Nong Pah Pong fuera la peor del mundo. En aquellos días era totalmente cierto, lo experimenté personalmente.

Era difícil vivir allí, y él era muy disciplinado, pero aun así estabas con él y te dabas cuenta de que ese era el hombre más feliz del mundo.

Un hombre que no tiene límites pero a la vez tiene todas esas reglas y no tiene tiempo para sí mismo. Tiene gente visitándole todo el día, todos los días. ¿Cómo es que esta persona con tantas responsabilidades, con tantas normas, con una agenda tan apretada y una férrea disciplina, cómo es posible que sea totalmente libre?

Lo que surgió en mi corazón como novicio fue que cualquier cosa que tuviera que hacer para ser como él, la haría.

El amigo espiritual

En el budismo theravada se utiliza el término kalyāṇa-mitta, que se suele traducir como «buen amigo» o «noble amigo». Buda habló de ese amigo espiritual y le dio mucha importancia. Lo más común es utilizar ese término para nuestro maestro; alguien que ya ha andado gran parte o la totalidad del camino. Pero también lo puede ser alguien que simplemente ha avanzado un poco más que nosotros y que nos sirve de ayuda porque tiene experiencia reciente en el terreno en el que nos encontramos, u otras personas virtuosas que nos acompañen en nuestro sendero.

Antes me identificaba como profesor, y supongo que si nos dieran a elegir, la mayoría querríamos llegar a ser maestros. Pero no le doy mucha importancia. Me conformaría con ser un kalyāṇa-mitta, un buen amigo, aunque nunca nadie me vaya a dar un certificado con ese título.