Mas allás del McMindfulness

En esta entrada os dejo un texto que encontré hace unos seis años sobre el denominado «McMindfulness» y que me ha venido a la cabeza recientemente. A pesar del tiempo transcurrido, me parece que el tema sigue muy vigente.

El texto original en inglés fue escrito por Ron Purser y David Loy y publicado en The Huffington Post. La traducción al castellano, que fue lo que encontré primero, es obra de José, quien muy amablemente me ha dado permiso para compartirla aquí. Os invito a visitar su web, Meditaminas, donde podéis encontrar otros artículos sobre meditación, así como sus cursos y clases.

Más allá del McMindfulness

De repente, la meditación mindfulness se ha convertido en un fenómeno de masas, abriéndose camino hacia escuelas, empresas, prisiones y agencias de gobiernos, incluyendo el Ejército americano. Millones de personas están recibiendo beneficios tangibles de su práctica de mindfulness: menos estrés, mejor concentración, quizá un poco más de empatía. No es necesario decir que esto es un gran avance que debe ser bienvenido, pero que tiene una sombra.

La revolución del mindfulness parece ofrecer una panacea universal para resolver casi todas las áreas de las preocupaciones diarias. Libros recientes sobre el tema incluyen: Padres mindfulness, Comer (de forma) mindfulness, Política mindfulness, Terapia mindfulness, Liderazgo mindfulness, Una nación mindfulness, Recuperación mindfulness, El poder del aprendizaje mindfulness, El cerebro mindfulness, El camino del mindfulness a través de la depresión, El camino del mindfulness hacia la autocompasión.Casi diariamente, los medios citan estudios científicos que informan de los numerosos beneficios para la salud de la meditación mindfulness y cómo una práctica sencilla puede producir cambios neurológicos en el cerebro.

La popularidad creciente del movimiento mindfulness también se ha convertido en una lucrativa industria artesanal. Los consultores promueven la formación en mindfulness prometiendo que mejorará la eficiencia laboral, reducirá el absentismo e incrementará las habilidades sociales cruciales para el éxito laboral. Algunos incluso afirman que la formación mindfulness puede actuar como una «tecnología disruptiva», reformando incluso las compañías más disfuncionales en organizaciones más amables, compasivas y sostenibles. Hasta el momento, no obstante, no se han publicado estudios empíricos que sostengan dichas afirmaciones.

En sus esfuerzos de promoción, los partidarios de la formación mindfulness habitualmente incluyen en el prólogo que sus programas están «inspirados en el budismo». Hay un cierto caché a la hora de decir a los neófitos que el mindfulness es un legado del budismo, una tradición famosa por su antigüedad y sus métodos de meditación probados. Pero, al mismo tiempo, los consultores a menudo aseguran a sus patrocinadores corporativos que su particular marca de mindfulness ha retirado todos los lazos y afiliaciones con los orígenes budistas.

Desligar el mindfulness de su contexto ético y religioso del budismo es un movimiento comprensible para hacer dicha formación como un producto viable en el mercado. Pero la urgencia para secularizar y acomodar el mindfulness a una técnica de mercado puede llevar a una desafortunada desnaturalización de esta antigua práctica, cuyo objetivo es mucho más que aliviar una jaqueca, reducir la presión sanguínea o ayudar a los directivos a estar más centrados y ser más productivos.

Generar una técnica más simplificada y secularizada (lo que algunos críticos empiezan a llamar «McMindfulness») puede volverla más apetecible al mundo empresarial, pero esta descontextualización del mindfulness de su propósito original de liberación y transmisión de ética social tiene algo de «negocio fáustico». En lugar de aplicar mindfulness como una forma de despertar a personas y organizaciones de las malsanas raíces de la avaricia, la aversión y la ignorancia, habitualmente se moderniza hacia técnicas banales, terapéuticas y de autoayuda que en verdad refuerzan esas raíces.

La mayor parte de las opiniones científicas y populares que circulan por los medios han retratado el mindfulness en términos de reducción de estrés y mejora de la atención. Los beneficios de estas habilidades son una herencia sine qua non del mindfulness y es su mayor atractivo para las empresas actuales. Pero el mindfulness, entendido y practicado dentro de la tradición budista, no es meramente una técnica éticamente neutra para reducir el estrés y aumentar la concentración. En su lugar, el mindfulness es una cualidad distintiva de la atención que depende y se ve influida por muchos otros factores: la naturaleza de nuestros pensamientos, acciones y palabras, nuestra forma de ganarnos la vida y nuestros esfuerzos para evitar comportamientos poco saludables y desarrollar otros comportamientos que propicien acciones sabias, armonía social y compasión.

Los budistas diferencian entre mindfulness correcto (samma sati) y mindfulness incorrecto (miccha sati). La distinción no es moral; la cuestión es si la calidad de la consciencia se caracteriza por tener intenciones saludables y cualidades mentales positivas que lleven a la prosperidad y al bienestar a los demás y a uno mismo.

De acuerdo con el Canon Pali (las primeras enseñanzas registradas de Buda), incluso una persona que cometa un crimen premeditado y cruel puede estar practicando mindfulness, el incorrecto. Claramente, la atención mindful y la concentración de un terrorista, un francotirador o un criminal de guante blanco no es la misma cualidad de mindfulness que el Dalai Lama y otros adeptos del budismo han desarrollado. El mindfulness correcto está guiado por intenciones y motivaciones que se basan en la contención, estados mentales correctos y conductas éticas, objetivos que incluyen pero superan la reducción del estrés y el incremento de la concentración.

Otro malentendido común es que la meditación mindfulness es un asunto privado e interno. A menudo se comercializa el mindfulness como un método para la autorrealización personal, como una forma de aplazar los problemas y tribulaciones del sofocante mundo laboral. Dicha orientación individualista y consumista hacia la práctica de mindfulness puede ser efectiva para la autoconservación y el desarrollo personal, pero es esencialmente inútil para mitigar las causas del sufrimiento colectivo y empresarial.

Cuando la práctica del mindfulness se «paquetiza» de esta forma, la interconexión de los motivos personales se pierde. Hay una disociación entre la transformación personal de cada uno y el tipo de transformación social y organizacional que tiene en cuenta las causas y condiciones del sufrimiento en un entorno más amplio. Esta colonización del mindfulness también tiene un efecto de instrumentalización, reorientando la práctica hacia las necesidades del mercado en lugar de una reflexión crítica de las causas de nuestro sufrimiento colectivo o «dukkha social».

Buda enfatizó que sus enseñanzas trataban sobre la comprensión y cesación del dukkha (sufrimiento en el sentido más amplio). Así pues, ¿qué ocurre con el dukkha generado por cómo funcionan las instituciones?

Muchos defensores del mundo empresarial argumentan que el cambio transformador comienza en uno mismo. Si la mente de cada uno pudiera estar más centrada y en paz, entonces la transformación social y empresarial vendría después. El problema con esta formulación es que las tres motivaciones que el budismo señala (avaricia, odio e ignorancia), hoy por hoy no están confinadas a las mentes individuales sino que se han institucionalizado en fuerzas más allá del control personal.

Hasta el momento actual, el movimiento del mindfulness ha evitado cualquier consideración seria de por qué el estrés es tan generalizado en las modernas instituciones empresariales. En su lugar, las empresas se han subido a la moda del mindfulness porque desplaza, de manera muy conveniente, la carga de la responsabilidad al individuo: el estrés se encuadra dentro de un problema personal y el mindfulness se ofrece como la medicina correcta que ayuda al empleado a trabajar de manera más calmada y eficiente dentro de un entorno tóxico. Envuelto en un aura de cuidado y humanidad, el mindfulness se pone de moda como una válvula de escape, una manera de liberar la tensión, una técnica para afrontar y adaptarse al estrés del mundo laboral.

El resultado es una versión atomizada y altamente privatizada de la práctica de mindfulness, que se ha confinado en lo que Jeremy Carrette y Richard King (en su libro Vendiendo Espiritualidad; la conquista silenciosa de la religión) describen como una orientación acomodaticia. La formación en mindfulness resulta atractiva porque es un método de moda para suavizar el «disconfort» de los empleados, promoviendo una aceptación tácita del statu quo y un instrumento para mantener la atención centrada en los objetivos empresariales.

En muchos aspectos, la formación de mindfulness en las empresas (con su promesa de que empleados más calmados y menos estresados serán más productivos) tiene muchas similitudes con el movimiento, actualmente desacreditado, de las «relaciones humanas», populares en las décadas de 1950 y 1960. Esos programas de formación fueron criticados por su uso manipulador de las técnicas de asesoramiento como las de «escucha activa», establecidas como un método de pacificar a los empleados haciéndoles sentir que se oían sus preocupaciones, aunque las condiciones laborales permanecían inalteradas. Esos métodos terminaron siendo conocidos como cow psychology porque las vacas (cow en inglés) dóciles producen más leche.

Bhikkhu Bodhi, un monje budista occidental, ha advertido: «Ausentes de crítica social aguda, las prácticas budistas pueden ser fácilmente utilizadas para justificar y estabilizar el statu quo, convirtiéndose en un refuerzo del capitalismo consumista». Desafortunadamente, un punto de vista del mindfulness más ético y socialmente responsable se percibe hoy como una preocupación secundaria, o como una politización innecesaria del viaje personal de autorrealización.

Uno tiene la esperanza de que el movimiento del mindfulness no siga el camino habitual de la mayoría de modas empresariales —entusiasmo desenfrenado, aceptación sin crítica del statu quo y desilusión final—. Para convertirse en una fuerza genuina para la transformación positiva personal y social, debe reclamar un marco ético y aspirar a propósitos más nobles que tengan en cuenta el bienestar de todos los seres vivos.

enero 21st, 2020|Tags: , , |

Los tres hermitaños

Hace muchos años, tres parientes de mediana edad, dos hombres y una mujer, se hartaron de vivir en la gran ciudad. Habían tenido suficiente de la vida mundana: de los hijos, de sus parejas, de los trabajos, de las visitas, del dinero y, sobre todo, de la constante cháchara y parloteo que había que soportar al llevar una vida «normal».

Frustrados y cansados de ese estrés incesante, anhelando quietud y soledad, decidieron retirarse a las montañas y mantener noble silencio. Para sentirse más seguros, se fueron juntos a la búsqueda del lugar donde pudieran comenzar sus herméticas y aisladas vidas.

Tras vagar durante más de un año, encontraron un lugar ideal en una remota región de los Himalayas, donde un arroyo, cuevas, árboles frutales y multitud de plantas comestibles les proporcionarían todo lo que los tres ascetas pudieran necesitar. Allí se asentaron para pasar el resto de sus vidas con la ecuanimidad que solo una vida a resguardo de la sociedad les podría ofrecer.

Al cabo de poco tiempo los tres empezaron a recuperar su vitalidad y su salud, y con ellas, una sensación de paz, de felicidad y de armonía. Viviendo al ritmo de las estaciones, escuchando los cantos de los animales del bosque, junto al susurro de la brisa, el ulular del viento y el sonido del agua, practicaron yoga, meditación, y contemplaron el universo interior y exterior. Los tres disfrutaban su soledad, la cual hacía que se desplegara un espacio infinito dentro de ellos, y adoraban su silencio, el cual les sabía igual que la más dulce de las mieles.

Un día, un elegante potro salvaje apareció en su territorio, pastó un poco, y cabalgó hacia el interior del bosque de nuevo.

«¡Qué caballo negro tan bonito!», dijo uno de los hombres tres meses después.

«No era negro, era marrón», le corrigió el otro ermitaño cuando habían pasado otros seis meses.

Un año más tarde, fue la mujer la que habló enfurecida: «Si no dejáis de hablar, ¡me marcho de aquí!».

enero 16th, 2020|Tags: , |

A tres valles de distancia

La sabiduría popular tibetana nos dice que debemos vivir a tres valles de distancia de nuestro maestro. Suficientemente cerca para poder recibir las enseñanzas y, al mismo tiempo, lo bastante lejos para no vernos absorbidos por la infraestructura, la política y las disputas que suelen rodearles, especialmente si son famosos. También para evitar verlos en su día a día, en un contexto ordinario donde pudiéramos ver sus faltas, ya fueran realmente las del maestro o el resultado de nuestras propias proyecciones. Creo que esta última es la manera más frecuente de interpretar el dicho.

En mi opinión hay otra ventaja muy grande en el hecho de que el acceso a nuestro maestro sea limitado: que aprendamos a no ser totalmente dependientes de esa persona. Si me surge un problema o una pregunta y no me cuesta nada consultar con alguien que sabe más que yo, es fácil que siempre recurra a otro para solucionar mis problemas. Sin embargo, si sé que tengo que esperar una semana o un mes para ver a mi maestro, entonces tengo que lidiar todo ese tiempo con el problema/pregunta o tengo que intentar encontrar una solución/respuesta por mí mismo. Si me decido por lo segundo, es probable que llegado el momento de ver a mi maestro ya no tenga nada que preguntarle.

Es mi impresión que en nuestra sociedad estamos cada vez menos acostumbrados a intentar resolver los problemas por nosotros mismos, y somos cada vez más dependientes de una autoridad externa. En estos tiempos da igual que nuestro maestro viva a tres valles de distancia; le puedo llamar por teléfono, escribir un email, o consultar en su lugar al omnisciente Google o al gurú YouTube. La consecuencia de esto son personas con escasos recursos, nula creatividad y poca autoestima. Incluso aunque acumulemos mucho conocimiento, si no intentamos usarlo de manera práctica sin la guía de un maestro, de poco nos va a servir.

Por el contrario, si intento buscar mis propias soluciones, desarrollaré mi capacidad para resolver problemas, mi creatividad, y haré uso de conocimientos previos que integraré de manera más profunda. Es posible que encuentre numerosas soluciones fallidas, pero eso me permite aprender de mis errores, que es la mejor y más antigua forma de aprendizaje. Y me permitirá también en el futuro, si llego a enseñar a otras personas, saber por experiencia propia si algo que están haciendo mis alumnos les va a llevar por el camino equivocado.

Por supuesto que no hay nada de malo en consultar con nuestro maestro, porque para eso está, entre otras cosas. Pero mejor si mantenemos entre él y nosotros una distancia saludable, tanto en sentido literal como figurado. Por ejemplo, tres valles de distancia.

Precio sugerido

El dinero suele ser un tema problemático de abordar cuando nos dedicamos a enseñar yoga o meditación. Aunque no utilicéis la fórmula literal del precio sugerido (yo no lo hago), creo que este artículo que he traducido de otro profesor de yoga puede ser útil tanto para alumnos como para profesores si necesitáis un punto de vista diferente que os pueda ayudar a ordenar vuestras ideas sobre las alternativas a los precios fijos en este tipo de actividades (y a lo mejor también en otras).

Iulia me ha comunicado que hay un problema con mi próximo taller de yoga en torno al dinero, concretamente que algunas personas han expresado un sentimiento de que el precio es demasiado alto. Voy a intentar hablar sobre ese tema en esta entrada.

Si estás buscando una respuesta corta que te proporcione satisfacción inmediata, seguramente te voy a decepcionar. Si estás interesado en reflexionar conmigo sobre este asunto, te invito a seguir leyendo.

He estado reflexionando, pensando e indagando mucho sobre el dinero en los últimos años. Mientras escribo estas líneas estoy en mi segunda lectura del libro de Charles Eisenstein Sacred Economics, y a punto de empezar En deuda de David Graeber.

Personalmente…

Mi relación con el dinero ha sido difícil desde que tengo uso de razón. Cuando abrí mi primera cuenta bancaria deposité 100 shekels (el equivalente israelí al euro) y, siguiendo el consejo de mi padre y la sabiduría popular, lo puse todo en un plan de ahorros a corto plazo… para inmediatamente encontrarme con una deuda de 20 agorot (el equivalente israelí al céntimo) debido al coste de la transacción. Ya entonces tenía la impresión de que el dinero era algo difícil de conseguir, que nunca puedes tener suficiente y que es una fuente inagotable de preocupación y ansiedad.

Incluso cuando tenía una buena carrera profesional y recibía un buen salario y vivía de forma modesta me sentía inseguro. Sentía que debía medir con cuidado cómo gastaba el dinero y siempre estaba preocupado por lo que ocurriría si perdía mi empleo… cómo me gestionaría económicamente. Al final le puse fin a mi carrera profesional cuando me di cuenta de 1) que no importaba cuánto dinero ganara que nunca era suficiente para sentirme ni remotamente seguro económicamente y, 2) que era infeliz en mi persecución de ese fantasma llamado «seguridad económica».

Resumiendo una larga historia: la felicidad me encontró (al menos durante un tiempo), pero incluso vivir modestamente en un país con precios de Europa del Este seguía siendo caro y la inseguridad se apoderó de mí nuevamente. Esta vez de forma más aguda; el dinero se estaba terminando hasta que al final… se terminó de verdad.

Para entonces mis preguntas sobre el dinero se habían convertido en una única y muy diferente pregunta. En mi mente el dinero venía a representar una relación entre mi propia persona y la comunidad o sociedad en la que vivía. No tener dinero significaba no tener una relación con la sociedad que habitaba. Ofrecer mis dones y ser rechazado significaba que la sociedad en la que vivía no necesitaba o valoraba mis dones. De cualquier forma, se convirtió en una cuestión sobre relaciones y comunidad. Ya no era sobre el dinero en sí mismo.

Resumiendo una historia aún más larga: mi esperanza de venir a Rumanía era crear una vida en la que el dinero tuviera un papel más pequeño. Mayormente, de forma sorprendente y a través de un proceso demandante, eso es lo que ha sucedido. Ahora me encuentro en un lugar donde la inseguridad empieza lentamente a ser reemplazada por la seguridad (aunque este viaje está lejos de terminar). Sin embargo, una de las pocas cosas que me faltan en esta nueva vida es la capacidad de expresar mis dones.

Don (regalo)

Charles Eisenstein (y otros) hablan de la economía del don [gift economy, traducido literalmente: economía del regalo. N.d.T.]. Mi impresión es que mucha gente interpreta esto de manera superficial, significando una economía en la cual las cosas son dadas como regalos «gratis»; sin un intercambio de dinero. Creo que esto es un malentendido y puede inducir a error.

Creo que una economía del don describe un mundo en el cual la gente vive sus vidas en sus dones. En esta visión subyace la idea de que todos tenemos un talento especial, que estamos aquí para manifestar nuestros dones y que el hacerlo nos brindará una experiencia de plenitud y alineación con un sentido de propósito.

Uno de mis dones es el yoga, y vivir en una aldea rumana (con una comprensión básica del idioma rumano) no me ofrece la oportunidad de expresar ese don. La invitación de Iulia para dar un taller de fin de semana en Targu Mures es una oportunidad fascinante para estar en mi don.

Eso nos deja con la cuestión del intercambio y cómo el dinero se ajusta a ello.

Dar como medio para el intercambio

Antes de ponernos con el dinero, quiero hablar un poco sobre «regalar» como acto de dar. Aunque normalmente se nos enseña que antes del dinero estaba el trueque (10 pollos por 1 cabra), resulta que no es cierto. Es una asunción en lo más profundo de la economía moderna que ha sido refutada (hay evidencia que prueba lo contrario).

Una forma de intercambio más corriente era la de una cadena de regalos que creaban deuda (¡!) dentro de una comunidad. Esta forma de intercambio nos da acceso a una cualidad humana interesante: responder a la generosidad con más generosidad. Querer dar más de lo que has recibido. Resulta que la razón para esto no es un sentimiento profundo de altruismo, sino una comprensión intuitiva de estar en deuda (muy diferente a la deuda basada en el dinero, ya que no tiene que ser cuantificada). Si te ayudo en tiempos de necesidad, querrás ayudarme a cambio.

Sin embargo, los hilos que mantienen unida a una comunidad no son los intercambios en sí, sino la deuda (sin cuantificar) resultante. Una comunidad es una colección de deudas donde todo el mundo debe algo a los demás. Todas esas deudas, ya sean grandes o pequeñas, crean una sensación continua de dependencia y de relación. Un intercambio basado en el dinero es aquel en el que todas las deudas se cancelan y no hay necesidad de una mayor relación. Si le traigo garrafas de agua a mi vecina cuando vengo del centro del pueblo con el coche, ella querrá darme algo a cambio. Huevos, por ejemplo. Y me dará una cantidad generosa de ellos, y yo querré ayudarla otra vez… y así continuamente. Si compro huevos de la mujer del mercado, no existe necesidad para una relación entre nosotros más allá de ese intercambio limitado. ¿Te preocupas por tu supermercado: quiénes son los dueños, quién hace los productos, quién repone los estantes, la persona que te cobra en caja, etc.?

Para un intercambio basado en el dar es necesaria una relación, una comunidad. Tiene que existir una red de relaciones continuas y de confianza a lo largo del tiempo para que el dar pueda fluir. Un intercambio de esta naturaleza no es muy probable entre dos extraños que posiblemente nunca se vuelvan a ver. De hecho, la evolución del dinero está ligada en numerosos aspectos a las guerras. Una forma de intercambio basado en el dar que genera deuda puede haber existido en las aldeas del pasado, pero cuando un soldado pasaba por una aldea querías que te pagara en monedas. Era posible que nunca le volvieras a ver, que muriera al día siguiente. No era alguien con quien quisieras establecer una relación recíproca a largo plazo.

Recuerdo dos cosas que comprendí aquí en el pueblo. La primera me sorprendió por su obviedad: que es más fácil dar algo de lo cual tienes en abundancia. Si tengo una cosecha generosa de calabazas, es fácil para mí dar calabazas. La segunda me decepcionó; la mayoría de los actos de dar en el pueblo son, en efecto, medios para endeudarse o pagar deuda, hay muy poco «regalar».

Así que parece que «economía del regalo» es un nombre engañoso, ya que en realidad está basada en deuda creada al dar. Puede que debiera llamarse «economía de la deuda». Lo cual nos lleva al…

Dinero como medio para el intercambio

Hay muchas definiciones y usos del dinero. Uno de ellos es como medio de intercambio. Este puede ser un tema escabroso de abordar porque asumimos el dinero sin saber realmente qué es y cómo se crea. Me gustaría intentar ver el dinero de otro modo, el dinero como una expresión del dar que sí tiene sentido de comunidad y de regalo. Veamos cómo encaja esto y apliquémoslo en una situación real: un taller de yoga en Targu Mures.

Vamos a reunirnos. Yo no os conozco a ninguno de vosotros y vosotros no me conocéis (aunque puede que algunos os conozcáis entre vosotros). Con suerte será un buen taller y una experiencia valiosa para vosotros. Estoy deseando compartir las enseñanzas que son preciadas para mí y hacerlo de una manera que las haga preciadas también para vosotros. De manera natural querréis dar algo a cambio y querréis hacerlo con un espíritu de regalo. Querréis sentiros generosos y mantener una sensación de continuidad, relación y comunidad. ¿Cómo hacer esto posible?

Ya que no somos (de momento) parte de una comunidad ya existente, no es probable que tengáis algo que yo quiera o necesite (apenas me conocéis, ¿cómo podéis saber lo que quiero o necesito?). Por lo tanto, suponed que me pudierais dar un símbolo de gratitud; un objeto que diga «esto es para indicar que me has dado algo valioso y estoy en deuda contigo».

Ese objeto sería simbólico para ti. Yo podría quedármelo hasta que en alguna ocasión en el futuro nos volvamos a encontrar y me dieras algo que yo quisiera o necesitara y yo te devolviera el objeto simbólico. O puede que tengas un amigo en deuda contigo (tienes un símbolo que ese amigo te entregó) y tu amigo me dio o hizo algo por mí y a cambio le di a tu amigo el símbolo que tú me diste. Ahora tú y tu amigo tenéis un objeto simbólico del otro, y aquí es donde las cosas se ponen interesantes. Podéis intercambiar vuestros símbolos y cancelar vuestras deudas, dando por finalizada esa dinámica. O podríais quedaros los símbolos, permanecer en deuda el uno con el otro, e intercambiar los símbolos con otros dejando que vuestras deudas sigan fluyendo.

Digamos que queremos hacer lo segundo. ¿No sería genial si tuviéramos objetos que son símbolos que todos hemos acordado y que representan una noción de valor compartida? Estos objetos podrían fluir más lejos y de manera más dinámica. Serían más fáciles de intercambiar y llegarían a más gente. El dinero es ese objeto, o al menos podría llegar a serlo si fuéramos capaces de alejarnos de las cualidades menos agradables que asociamos a él.

Precio sugerido

Para hacer esta experiencia más suave para vosotros y para mí, he optado por hacer un experimento: transformar un intercambio de dinero en algo más maleable. Darnos a todos la oportunidad de reflexionar sobre nuestra relación con los demás y con el dinero.

Es por ello que el taller tiene un precio sugerido y no uno fijo. Un precio sugerido transmite una reflexión de mi valoración. Un precio sugerido te invita a hacer tu propia elección. Esta reflexión será mucho más relevante tras el taller, cuando tengas una sensación directa de la experiencia. Establecer tu propio precio te da la oportunidad de reflexionar no solo sobre un número, sino sobre el valor, el dar, y el dinero en sí mismo. Es una oportunidad de conformar una relación conmigo, con el yoga, con tu propia práctica, con el dinero, con el dar.

Soy consciente de que esto puede resultar un desafío para vosotros. Lo es también para mí. El mundo en el que vivimos actualmente parece estar desalineado en muchos aspectos. El sistema monetario en el que vivimos ha hecho que el dinero sea algo escaso y que se atasca, en lugar de ser abundante y fluir. Estoy abriéndome a explorar una nueva narrativa y nuevas relaciones, y ofreciendo un precio sugerido estoy invitándote a unirte en esa exploración.

Si este taller te llama pero estás pensando «no puedo permitírmelo», piénsalo otra vez. No es cierto, es una limitación que te pones a ti mismo. Aunque haya una cuota, cuánto das depende de ti. Al final del taller puedes decidir cuánto dar. Puedes dar el precio sugerido, puedes dar más, puedes dar menos. Si crees que es adecuado pedir una devolución, puedes no pagar nada. Confío en mí, en mis profesores, en las enseñanzas que me han dado… y confío en ti.

diciembre 21st, 2019|Tags: , , , , |

Autobiografía en 5 capítulos breves

I

Camino por la calle.

Hay un agujero profundo en la acera.

Me caigo dentro.

Estoy perdida…

Estoy desesperada.

No es culpa mía.

Tardo una eternidad en salir de él.

II

Camino por la misma calle.

Hay un agujero profundo en la acera.

Finjo no verlo.

Me caigo dentro otra vez.

No puedo creer que esté en el mismo lugar.

Pero no es culpa mía.

Todavía tardo bastante tiempo en salir.

III

Camino por la misma calle.

Hay un agujero profundo en la acera.

Veo que está ahí.

Aun así caigo dentro… es un hábito.

Mis ojos están despiertos; sé dónde estoy.

Es culpa mía.

Salgo inmediatamente.

IV

Camino por la misma calle.

Hay un agujero profundo en la acera.

Paso por el lado.

V

Camino por otra calle.

Traducción libre del poema original de Portia Nelson «Autobiography in 5 Short Chapters»

octubre 2nd, 2019|

Caramelos

Los caramelos que han acompañado mis clases de yoga durante los últimos años cumplen varias funciones. Sirven para que, a quien no le haya gustado la clase, pueda irse a casa con buen sabor de boca a pesar de todo. También son una manera de poder recompensarnos por nuestro esfuerzo y ayudarnos a establecer el hábito de practicar (a nuestro cerebro le encantan las recompensas dulces). Y pueden formar parte de un ritual; como referencia para cerrar el proceso de la clase con conciencia, haciéndonos visitar el centro del círculo de esterillas e invitarnos a observar qué necesitamos llevarnos y qué sentimos dar en ese momento.

En los ya pocos días que restan de clases en el templo, además de los caramelos de la caja de madera habrá más caramelos en botes de cristal. Os invito a que os llevéis un bote (o dos, no os cortéis) a casa. Los caramelos de ese bote pueden ser la recompensa cuando practiquéis a solas, para no perder la rutina. También pueden servir de recordatorio para practicar simplemente estando ahí; que cuando lo veamos surja el impulso de desenrollar la esterilla.

Por último, aunque no menos importante, sirven para compartir. Esa ha sido la intención que ha dado fuerza a mis clases de yoga durante estos años. Se pueden compartir los caramelos en sí mismos, con familiares o compañeros de trabajo. Pero lo que seguro compartiréis y habéis estado compartiendo de manera continua y posiblemente sin daros cuenta, son los frutos de vuestra práctica. Eso es algo que, inevitablemente, habéis estado dando a todas las personas de vuestro alrededor. Y, a lo mejor, en un futuro, también compartís vuestra práctica dando clases. Puede que de manera esporádica a un par de amigos, o de forma organizada como profesores «oficiales» de yoga. Y os daréis cuenta de que la parte más importante de vuestra práctica ya no son los saludos al sol, ni trikonasana, ni siquiera el sentaros en meditación; sino que uno de los pilares más importantes del yoga es, simplemente, compartir.

septiembre 18th, 2019|Tags: , |