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Beneficios de la meditación metta

Los beneficios de la meditación metta son numerosos y variados. Cuando practiquemos metta, seguramente algunos de estos beneficios serán más tangibles que otros dependiendo del contexto en el que nos encontremos, nuestra intención y nuestras necesidades.

Los beneficios de la meditación metta según el Canon Pali

Comenzamos por los beneficios de la meditación metta que mencionan directamente las escrituras budistas más antiguas. En el Metta Nisamsa Sutta¹, Buda enumera once beneficios que cosechará aquella persona que cultive metta, more en pensamientos de amor universal y actúe en consonancia con ellos:

  1. Dormirá plácidamente.
  2. Despertará reconfortado.
  3. No tendrá pesadillas.
  4. Será apreciado por el resto de seres humanos.
  5. Será apreciado por los seres no humanos.
  6. Los devas le protegerán.
  7. El veneno, las armas y el fuego no le harán daño².
  8. Su mente se calmará con rapidez.
  9. Tendrá una complexión radiante.
  10. Morirá en paz.
  11. Si no alcanza la iluminación, volverá a nacer en un reino feliz.

Meditación metta acorde al temperamento

En el Visuddhimagga se clasifica a los meditadores en seis tipos de temperamentos, de manera que según nuestro temperamento habrá unos tipos de meditación concretos que nos resulten más adecuados y beneficiosos que otros. En el caso de la meditación metta, el Visuddhimagga la recomienda para personas de temperamento iracundo (dosacarita).

Meditación metta como antídoto

Otro de los beneficios de la meditación metta es que sirve como antídoto para varios obstáculos que nos podemos encontrar en nuestra práctica de meditación.

Históricamente, se reconocen cinco estados mentales negativos (pali: pañca nivarani) que impiden lograr el éxito en la meditación. El segundo de ellos, vyapada, se suele traducir como mala voluntad, e incluye todo sentimiento de ira, odio, aversión, resentimiento y desprecio. La práctica de metta es mencionada en las escrituras como uno de los antídotos para ese segundo obstáculo², y creo que es el que más se utiliza tradicionalmente.

También es usada por algunos profesores como antídoto para el embotamiento, cuando notamos que a nuestra mente le falta energía al meditar. La meditación metta nos puede ayudar a incrementar esa energía ya que es un tipo de meditación más proactivo y estimulante, al tener que crear y mantener la visualización, recitar las frases y generar y alimentar continuamente el sentimiento de amor universal.

Para finalizar esta entrada, quiero mencionar otro beneficio muy importante de la meditación metta del que no se suele hablar mucho. Y es que en situaciones en las que la meditación nos haya producido efectos adversos, como desenraizarnos o ciertos tipos de bloqueos energéticos, puede ser de mucha ayuda cambiar nuestra práctica de meditación y comenzar a cultivar metta.

¹ Anguttara Nikaya 11.16.

² Los tres kleshas; la codicia, el odio y la ignorancia, son los venenos, armas y fuego de los que metta nos protege.

³ Samyutta Nikaya 46.51 y Majjhima Nikaya 62

junio 29th, 2020|Tags: , , , , , |

El origen de la meditación metta

Metta (pali) o maitri (sánscrito) se suele traducir como amor bondadoso, amor universal o bondad amorosa. En el budismo, metta es el primero de los cuatro inconmensurables (brahmaviharas, también llamados las cuatro moradas sublimes). Los otros tres: compasión, alegría empática y ecuanimidad, crecen a partir de metta, y son mantenidos y nutridos por este. 

El origen de la meditación metta precede los tiempos de Buda, ya que es mencionada, por ejemplo, en los Upanishads, y no es exclusiva del budismo, siendo practicada en otras tradiciones como el jainismo o el hinduismo. 

El origen de la meditación metta en el budismo

Cuenta la historia que Buda envió a un grupo de monjes a meditar a un bosque durante el retiro de la estación lluviosa. Dicho bosque estaba habitado por espíritus, a los que les incomodaba la presencia de los monjes en su territorio. Viendo las intenciones de los monjes de quedarse durante varios meses, los espíritus del bosque intentaron disuadirles de esa idea. De manera que empezaron a producir olores repugnantes y ruidos inquietantes para hacerles imposible la meditación, y se manifestaron como fantasmas para asustarles.

Así, con miedo y viendo frustrada su práctica, los monjes abandonaron el bosque y fueron a contarle lo sucedido a Buda, esperando que este les asignara otro lugar en el que pasar los meses lluviosos.

En lugar de eso, Buda les sorprendió diciendo: «Monjes, la primera vez que fuisteis a ese bosque estabais indefensos, pero ahora os proporcionaré la única protección que necesitaréis». Y esta fue la primera vez que Buda enseñó la meditación metta, descrita en el Karaniya Metta Sutta:

Aquel que busca promover su bienestar,

y aspira al estado de perfecta paz

debería ser hábil y recto,

directo y amable en su habla.

Humilde y no engreído,

contento y fácil de satisfacer.

Con pocas obligaciones y de vida simple,

de sentidos controlados, prudente y discreto.

No orgulloso ni de naturaleza demandante.

Sin cometer el más mínimo acto

que los sabios pudieran reprobar.

Cultivando el pensamiento:

¡Que todos los seres estén felices y a salvo!

¡Que sean felices de corazón!

Que todos los seres que existen,

ya sean débiles o fuertes, sin omitir a ninguno,

grandes, poderosos, medianos, cortos o pequeños,

visibles o invisibles,

aquellos que viven cerca y los que viven lejos,

aquellos nacidos y por nacer,

que todos los seres sin excepción sean felices.

Que nadie engañe a otro,

o desprecie a ningún ser cualquiera que sea su estado.

Que nadie desee daño a otro

debido a la ira o al resentimiento.

Como una madre protegería a su único hijo

aun a costa de su propia vida,

así, con un corazón sin límites

debe uno apreciar a todos los seres vivos.

Irradiando bondad sobre el mundo entero:

expandiéndola hacia arriba a los cielos,

hacia abajo a las profundidades;

hacia afuera y de forma ilimitada,

libre de odio y malicia.

Ya sea de pie o caminando, sentado o tumbado,

mientras esté despierto,

uno debe cultivar esto,

considerado el estado sublime.

Al no aferrarse a creencias erróneas,

el puro de corazón, teniendo claridad de visión

y siendo libre de todos los deseos sensuales,

de un vientre no vuelve a nacer.

Los monjes volvieron al bosque y practicaron metta. Los espíritus que allí habitaban se conmovieron con la belleza de las palabras, los actos y la energía que emanaba de los monjes al practicar metta de forma continua. De manera que, en lugar de volver a intentar ahuyentarles, decidieron cuidar de ellos, protegerles y ayudarles en lo que pudieran.

junio 22nd, 2020|Tags: , , , , , |

Reflexión sobre los alimentos

En varios centros de Tailandia donde he meditado, es costumbre recitar una reflexión sobre los alimentos que se van a tomar. Es una adaptación de la reflexión que deben hacer los monjes a la hora de hacer uso de la comida que les es donada cada día. La traducción al castellano de la fórmula usada en dichos centros me ha quedado así:

Con sabia consideración tomo esta comida,

no para distraer mi mente,

ni para embriagarme.

No para engrandecer mi cuerpo,

ni para embellecerme.

Solo para nutrirme,

seguir con vida y con salud;

para alimentar la vida espiritual.

De esta forma, dejo ir las sensaciones desagradables

sin provocar otras nuevas.

Así, el proceso de la vida continúa,

libre de culpa, en paz.

En un retiro es muy fácil hacer una pausa, teniendo tu plato de comida ya listo, para hacer esta reflexión sobre los alimentos antes de comer, porque todo el mundo hace la pausa y se recitan esas frases en grupo. En casa, sin embargo, es muy probable que la impulsividad que solemos acarrear nos invite a no hacer ninguna pausa, sino a comer con el mismo ritmo frenético y la poca conciencia de lo que estamos haciendo con los que realizamos casi todas las actividades en nuestro día a día.

Me parece muy interesante tomar verdaderamente un momento con la comida delante de nosotros y reflexionar sinceramente también en casa antes de empezar a comer. ¿Voy a comer esto porque lo necesito o para evadirme de mis emociones o pensamientos? ¿Es de alguna manera alguno de estos alimentos tóxico para mi mente o cuerpo? ¿Es realmente nutritiva y saludable esta comida? ¿Me alimento para resultar más atractivo o impresionar a los demás? ¿Me he servido y voy a comer lo justo para saciar mi hambre, o voy a terminar todo lo que haya en el plato aunque sienta que voy a reventar?

En los retiros de meditación suele haber una especie de bufé en el que nos servimos la cantidad que consideramos adecuada, la calidad de la comida es buena, y el tipo de alimentos que nos ofrecen facilita la práctica de la meditación. En la mayoría de centros ofrecen dos comidas al día (desayuno y almuerzo), aunque es tradicional que los yoguis y monjes coman solo una vez por día. Resulta curioso observar los distintos comportamientos y actitudes de la gente a la hora de servirse, sobre todo cuando algún alimento en concreto, por ejemplo los dulces, están «contados».

Reflexión sobre los alimentos durante un retiro de meditación en Wat Suan Mokkh (Tailandia)
Comida y tarjeta con la reflexión que se recita en los retiros de Suan Mokkh y Dipabhavan

Si prestamos atención a lo que comemos, podemos aprender mucho. Puede que descubramos que nuestro cuerpo literalmente nos pide ciertos tipos de alimentos, e incluso podremos diferenciar cuándo nos los pide porque los necesita para funcionar correctamente de cuando lo hace para tapar algún agujero emocional. Notaremos qué cosas digerimos mejor, y cuáles nos producen sensaciones desagradables como menciona el texto de arriba, ya sean de pesadez, somnolencia, acidez, etc. A lo mejor llegamos a observar incluso cómo distintos alimentos promueven distintos estados mentales y emocionales en nosotros.

Os aconsejo que toméis un momento para reflexionar antes de cada comida, para ser conscientes de vuestros hábitos actuales, y para tomar conciencia de qué tipo de vida estáis, literalmente, alimentando.

junio 15th, 2020|Tags: , , , |

Tu linaje

Atrás han quedado los tiempos en los que alguien, cuando encontraba un maestro, se quedaba con este varios años para aprender de él. No solo ha ocurrido en el contexto del yoga y la meditación, sino también en los oficios y en las artes. Antes era muy fácil saber quién o quiénes eran nuestros maestros y a qué linaje pertenecíamos.

Hoy en día lo más común es ir de una actividad a otra, de una profesora a otra, de un retiro de unos días a otro o de un curso de unas cuantas horas a otro. Me parece que esto hace más difícil que desarrollemos un sentimiento de pertenencia (no confundir con exclusividad) y hace que muchas veces no seamos conscientes de nuestro linaje, de nuestras raíces, de nuestras influencias.

En la actualidad, nuestros maestros no tienen por qué acompañarnos siempre en carne y hueso. Podemos aprender a través de libros, vídeos y audios también. Aunque creo que esto no puede igualarse a la presencia de un ser humano que encarne lo que aspiramos a aprender y a ser, sí que opino que pueden ser influencias e inspiraciones muy importantes.

Hoy te propongo un ejercicio para que puedas visualizar tu linaje, aunque creas que no tienes uno. Porque ninguna de las ideas que tienes o las cosas que haces son completamente una originalidad tuya; todas las has copiado (aunque sea de manera inconsciente) o tienen su semilla en algo que te ha dado otra persona.

Para empezar, coge papel y lápiz, literalmente, no el móvil ni el ordenador. Ahora piensa en profesores que hayas conocido y de los que hayas aprendido en persona. ¿Cuáles son los que realmente admiras? Apúntalos en el papel. Piensa después en algún maestro o maestra cuyos libros te hayan resultado fascinantes; a lo mejor alguien que consideras probable que se haya iluminado o esté cerca de ello. Escribe también su nombre. Deja que venga a la mente algún pensador, escritor, artista, activista o alguien que tengas como modelo, aunque no sea del mundo «espiritual», y añádelo a la lista. Por último, ¿hay alguien que forme parte de tu vida cotidiana que te inspire? Alguien que veas a diario, o con quien hables al menos una vez a la semana o, como mínimo, una vez al mes.

Tu linaje

Con esos nombres que has apuntado puedes dibujar el árbol genealógico de tu linaje, aunque si has escrito nombres en todas las categorías que he mencionado, verás que perteneces, al menos parcialmente, a varios linajes. Párate un momento a pensar por qué son tus modelos. ¿Tienen alguna cualidad en común? ¿Qué tienes en común tú con ellos?

De esas personas, elige una, y aprende todo lo que puedas de esa persona. Si está viva, ve a sus clases, cursos, retiros (puedes hacer este otro ejercicio después de ellos). Pregúntale directamente quiénes son sus referentes, quién le ha inspirado, de quién ha aprendido (siempre me ha dado mala espina la gente que no quiere compartir quiénes han sido sus maestros). Si no vive o no la puedes tener presente, lee y aprende todo lo que puedas de esa persona. Una vez te hayas empapado de ella, intenta encontrar de una a tres personas que hayan sido sus principales influencias, para así poder expandir esa rama de tu árbol genealógico al menos una generación.

Una vez hecho esto, elige otra persona de ese árbol genealógico y repite el proceso. Puede ser una de las que apuntaste originalmente, o un brote de esa última rama que ha crecido. Así, en distintas direcciones, verás cómo crece tu árbol genealógico. Cada una de esas ramas es un linaje, porque puedes pertenecer al mismo tiempo a un linaje familiar, a otro religioso o espiritual, a uno artístico… De hecho, es posible que algunos de tus linajes, aunque al principio surjan separados, se unan en algún momento.

Cuando hayas profundizado en tus raíces y te hayas nutrido de ellas, lo que te han aportado se transformará dentro de ti. Que se transforme no significa que pierda su esencia, simplemente será expresado y encarnado a través de ti de manera única. Y cuando lo compartas, porque siempre estás compartiendo lo que eres con aquello en lo que estás en contacto, estará creciendo la rama de tu propio linaje.

junio 8th, 2020|

La práctica

Si practicamos yoga o meditación durante varios años es muy natural que los motivos por los que empezamos a practicar y los motivos por los que al cabo del tiempo continuamos haciéndolo no sean exactamente los mismos, incluso que no tengan nada que ver. No hay nada de malo en ello. Pero si cambian nuestras motivaciones y objetivos, también deberíamos revisar si nuestra práctica sigue siendo adecuada a esos cambios o deberíamos adaptarla.

La práctica hace la perfección

Esta frase es muy popular, pero una frase más cierta sería que «la práctica hace permanente». Si practicamos algo con asiduidad se convertirá en un hábito (la práctica misma se hará permanente) y además lo que estemos practicando quedará impreso en nuestro cerebro, creándose y/o reforzándose determinadas conexiones neuronales. El hecho de repetir una acción solamente te hace mejor a la hora de volver a realizar esa acción. Solo la práctica perfecta haría la perfección. El simple hecho de repetir no suele ser suficiente para la mejora y el aprendizaje. Debe haber una lección o reflexión detrás de cada repetición. Si no estás activamente observando y aprendiendo en cada una de ellas, es posible que lo que estés aprendiendo y reforzando sean algunos errores. Cuando los errores se repiten se convierten en hábitos, y un mal hábito es muy difícil de corregir. No solo porque nuestro sistema nervioso se ha adaptado, sino porque muchas veces se convierten en parte de nuestra identidad, y es muy difícil vaciar nuestra taza de té para que entren nuevas ideas cuando las antiguas llevan siendo parte de quienes somos durante mucho tiempo.

La práctica automática

Cuando meditamos en casa, al cabo del tiempo el sentarnos puede convertirse en algo mecánico y automático. Puede que nos ayude a estar tranquilos en nuestro día a día, pero, ¿estamos realmente presentes cada día en nuestra meditación? Recuerdo una temporada en la que me sentaba a meditar todos los días, y al cabo del tiempo me di cuenta de que llevaba semanas sin meditar. No había dejado de sentarme ningún día, pero estaba siempre permanentemente distraído. Mi mente se había calmado un poco y mis distracciones ahora eran solamente pensamientos agradables. Como eran agradables, me perdía en ellos sin darme cuenta y los disfrutaba durante todo el tiempo de la meditación, sin ser consciente de que ese no era el objetivo con el que, en teoría, me sentaba. Sí, ese rato me hacía sentir bien, pero era un callejón sin salida y un engañarme a mí mismo, pensando que me sentaba a hacer una cosa y luego haciendo otra.

Nuestra práctica de yoga (asanas) también se puede volver automática, sobre todo si practicamos siempre la misma secuencia. ¿Estamos presentes en nuestro cuerpo, en nuestro estado emocional y mental, y adaptamos consecuentemente las posturas o la manera de hacerlas? ¿Somos conscientes de cómo nuestro cuerpo se siente diferente cada día? ¿Tenemos todos los días el mismo objetivo y las mismas necesidades cada vez que nos ponemos a realizar posturas y ejercicios sobre la esterilla? ¿O se han convertido las posturas en simples elementos a tachar en nuestra lista de cosas por hacer?

Practica y todo llegará

Esta es una frase que casi todo el mundo que lleva en yoga un tiempo ha escuchado. Para mí tiene diferentes interpretaciones. Una podría ser el desapego a los logros, limitarnos a poner las condiciones adecuadas y esperar a que los resultados lleguen como parte del proceso natural. Me gusta esa interpretación. Pero la mayoría de la gente a la que se la oigo decir o escribir me transmite algo muy diferente. No, no va a llegar «todo». Va a llegar aquello que has estado cultivando. Y si no prestas atención a lo que realmente estás cultivando y a lo que va creciendo en tu jardín, te puedes esperar que crezca cualquier cosa, o incluso que no crezca nada.

Atención al camino

A veces no necesitamos una razón para hacer algo, o al menos no de manera consciente, y eso está bien. Pero si tienes un objetivo claro, no te desvíes del camino. Al menos hasta que ese objetivo cambie, que probablemente lo hará. Cada práctica, cada repetición, debe llevarte un paso más en la dirección adecuada, aunque su efecto no sea manifiesto de manera inmediata. Aprende constantemente. Si cometes un error, identifícalo como tal y descubre por qué te aleja de tu camino. Decir «lo he hecho mal» o «no puedo hacerlo bien» no es suficiente; encuentra el porqué. Cometer errores no es malo; es algo natural. Lo malo es repetir el mismo error constantemente sin darnos cuenta de ello, ni hacer nada para dejar de cometerlo. Si una sesión fue buena, intenta comprender lo que hizo que fuera así, de manera que puedas crear las condiciones para más buenas sesiones en el futuro. Practicar debería ser algo más que simplemente repetir una cosa hasta la extenuación esperando que en algún momento funcione.

Práctica adecuada

Aun con la práctica adecuada, para alcanzar la maestría en cualquier cosa se necesitan muchísimas prácticas, muchísimas repeticiones, y muchísimo entusiasmo y paciencia para llevarlas a cabo. La próxima vez que vayas a practicar, sea yoga, meditación o cualquier otra cosa, observa con qué intención lo haces, y si lo que haces y cómo lo haces están alineados con esa intención. Esa será la práctica adecuada que, a su debido tiempo, acabará dando los frutos que deseas.

¿Alumno o cliente?

Me resulta curioso tanto el lenguaje que se utiliza como las dinámicas que suceden en torno a las clases de yoga y meditación. Solemos hablar más de alumnos que de clientes, al igual que cada vez nos gusta hablar más de donación o aportación y menos de precio. Me gustaría compartiros algunas de mis reflexiones al respecto, y para ello os hablaré sobre el alumno perfecto y el cliente perfecto. Espero que también os invite a reflexionar a vosotros.

Según la RAE en dos de sus acepciones, una clase es una «lección que explica el profesor a sus alumnos» y «un grupo de alumnos que reciben enseñanza en un mismo aula».

Si voy al colegio, al instituto, a la universidad, o incluso a una academia de alemán, es normal decir que estudio matemáticas, biología, literatura, o que estoy aprendiendo alemán. Si vas a clases de yoga o de meditación, ¿alguna vez dices que estudias yoga o que estás aprendiendo a meditar?; ¿y la gente que conoces? Yo dudo de si lo he escuchado decir a alguien siquiera una vez.

Pensad por un momento que sois profesores y le queréis enseñar algo a alguien. Un alumno perfecto sería el que aprende todo lo que le queréis enseñar, ¿no es así? Incluso podemos ir más allá: un alumno perfecto aprendería lo que le enseñáis y lo usaría para aprender de otros profesores que saben más que vosotros, para descubrir o inventar cosas nuevas, superándoos así a vosotros, sus profesores.

Esto, que igual os puede sonar un poco peregrino, es lo que sucede de manera natural en nuestro sistema educativo. Para un profesor de primaria o de la ESO, que enseña las materias generales de historia, lengua y literatura, matemáticas, biología, inglés, etc., es normal que sus alumnos, cuando ya han aprendido lo que ellos les tenían que enseñar, pasen a otros profesores que les enseñarán cosas cada vez más complejas. Algunos de esos alumnos en el futuro serán diplomados o doctorados, y superarán ampliamente en conocimiento a sus antiguos profesores. Es algo normal.

Ahora pensad en vuestras clases de yoga y comparad con el párrafo anterior. ¿Creéis que vuestros profesores esperan que aprendáis todo lo que ellos os pueden enseñar? ¿Creéis que esperan que aprendáis lo que ellos saben, o enseñaros al menos hasta cierto punto, y que os vayáis después con otros profesores? ¿Sería algo natural? ¿Cómo les sentaría?

Cambiemos ahora el término alumno por el de cliente. Piensa en el cliente perfecto. Pero de verdad: antes de pasar al siguiente párrafo, párate un minuto o dos, deja de leer y piensa cómo sería o qué cualidades tendría el cliente perfecto si fueras un empresario.

Algunas de las cualidades que tendría mi cliente perfecto serían:

  • Tener siempre alguna necesidad que yo le pueda satisfacer. Esto es, o bien satisfago una de sus necesidades y le hago tener otra nueva para que siga siendo mi cliente (y repito el ciclo continuamente), o le satisfago parcialmente su necesidad pero nunca completamente, de manera que siga siendo mi cliente porque le aporto valor, y no deje de serlo porque siempre me va a necesitar.
  • Que no aprenda o que no aprenda demasiado. Mi cliente perfecto siempre va a necesitar mi conocimiento. Si aprende todo lo que yo sé, es probable que deje de ser mi cliente y que se vaya con otro profesor.
  • Que nunca sea autónomo. Mi cliente perfecto debería ser siempre dependiente de mí, de manera que siempre necesitara mis servicios.

Si fuera empresario y se cumplieran los puntos anteriores, me ahorraría mucho trabajo. Si cada vez que adquiero un cliente, le hago dependiente de mí a largo plazo o de por vida, no necesito invertir en captar muchos clientes.

Podría hacer más larga la entrada y entrar en muchos más detalles y sutilezas, pero creo que es suficiente para invitaros a pensar y reflexionar, que es realmente mi objetivo. ¿Vas a clases de yoga o de meditación? ¿Aprendes yoga? ¿Aprendes a meditar? ¿Eres cada vez más autónomo? ¿Crees que es una intención manifiesta de tu profesor el enseñarte? Cuando acabas un curso, ¿tienen otro para venderte? ¿Te animan tus profesores a que vayas a aprender de otros que saben más que ellos o que enseñan cosas diferentes? ¿Crees que tu profesor te considera alumno o cliente? Y tú, ¿te consideras alumno o cliente? Recuerda que varias de estas preguntas no son dicotomías; la respuesta no es solo blanco o negro, y puede cambiar con el paso del tiempo.